Cuando Mortadelo (re)encontró a Filemón

Cuando Mortadelo (re)encontró a Filemón

Un hombre calvo, con levita y camisa blanca abrochada hasta el cuello pidió un café en la barra. Se lo sirvieron, se sentó con él en una de las mesas situadas al fondo del local. A los pocos minutos hizo aparición otro calvo, con apenas dos pelos asomando por su coronilla, unos llamativos pantalones rojos, y camisa blanca adornada con una pajarita pasada de moda.

 

El de la levita alzó el brazo, a modo de señal, y el de la pajarita hizo lo propio al verle. Con una extraña señal de su mano derecha, indicó al camarero que le pusiera también un café y, tras servírselo, ocupó el asiento frente al otro hombre calvo al que acababa de saludar.

 

-Ha pasado mucho tiempo, Mortadelo.

 

-Sí. Diez años, diría yo.

 

-No lo sé, he perdido la cuenta.

 

-Le agradezco que haya aceptado venir, Filemón. ¿Filemón? ¡Filemón!

 

-¿Eh? Perdone, tantos años llamándome "jefe"...

 

-Bueno, ha llovido mucho desde entonces. Pero si lo prefiere así…

 

-No, no. Está bien -dijo Filemón, dándole un sorbo a su café.

 

 

Mortadelo saboreó también su bebida y, al devolver la taza sobre el platillo, miró fijamente a su acompañante.

 

-Coño, Mortadelo, no me mire así. Que me intimida. A ver, ¿por qué razón quería verme?

 

-Por varios motivos. Pero antes de nada, ¿se enteró del fallecimiento de Vicente?

 

-¿Vicente? ¿Qué Vicente?

 

-"El Súper", joder.

 

-¿Ha muerto ese gusano? No, no lo sabía. Pero después de lo que nos hizo no puedo decir que me dé pena.

 

-Hace dos semanas. Murió en su casa. Solo, y envenenado. La policía cree que se suicidó con algún brebaje antiguo de Bacterio.

 

-Otro que tal baila...

 

-No es tiempo de rencores, Filemón. Hay pasar página en algún momento -de repente, Mortadelo se transformó en un libro gigante, y con un brazo negro diminuto movió de un lado a otro una de las hojas.

 

Una señora que echaba monedas en una máquina tragaperras vio lo ocurrido y, con los ojos como platos, emitió un grito ahogado.

 

-Joder, ¿todavía está con esas mierdas de los disfraces? Y luego me habla a mí de pasar página. Manda pelotas.

 

-Vaya, lo siento. A veces ni me doy cuenta; funciona por propia inercia.

 

-Yo estoy acostumbrado, pero el resto de las personas en este bar que le hayan visto es probable que se hayan cagado encima.

 

-Por esa razón le he llamado también.

 

-¿Porque sufre incontinencia?

 

 

Mientras carcajeaba, Filemón levantó un dedo pidiendo una pausa. Se levantó, y sin emitir sonido alguno vocalizó algo parecido a "voy a mear". Tres minutos después volvió a aparecer, recuperó su sitio, y cruzando los brazos apretó los labios, esperando a que Mortadelo siguiera hablando.

 

-Verá... ¿Desde hace cuánto nos conocemos? ¿Cincuenta? ¿Sesenta años?

 

-Podría ser. A finales de los años 50 ¿no?

 

-Correcto -Mortadelo se desabrochó el botón superior de su camisa, y con la palma de una mano secó el sudor que comenzaba a brotarle por su frente-. ¿Y recuerda cómo éramos entonces?

 

-Supongo que inocentes, alocados, inexpertos...

 

-…Me refiero a cómo éramos físicamente –interrumpió Mortadelo.

 

-No sabría decirle.

 

-No puede. ¿Sabe por qué? -Filemón negó con la cabeza-. Porque seguimos siendo exactamente igual que entonces. Ni una arruga, ni una cicatriz, ni una pequeña artrosis, o una cojera después de tanta explosión y accidentes. Ni siquiera hemos engordado un gramo.

 

Filemón miró a Mortadelo fijamente, incrédulo. Y repasó su cuerpo con las dos manos, palpándose manos, piernas, pecho y cara.

 

-No le sigo. Yo siempre he sido "metrosexual", y he llevado a rajatabla una dieta muy mediterránea, como le llaman ahora a tener una vida sana.

 

-Nunca entendí por qué le hicieron jefe. Tiene ingenio, pero es tonto del culo.

 

-¡Oiga! No le consiento que me hable así.

 

Su puño derecho creció hasta alcanzar el tamaño de su cabeza, y provocó que la señora de la máquina tragaperras saliera corriendo despavorida del bar, ignorando el premio especial que acababa de aparecer frente a ella.

 

-Tranquilícese, Filemón. Piense por un momento: nos han estallado bombas encima, nos han mutilado, golpeado hasta el desmallo, hemos perdido dientes, uñas, e incluso creo que hemos podido morir alguna vez. Por mucho que nos cuidemos, es extraño que no conservemos ni una sola cicatriz de esas barbaridades.

 

-Ahora que lo dice... Joder, aquella bomba atómica en el edificio de la agencia debería habernos provocado al menos secuelas. Cuanto menos.

 

-Sin embargo, aquí estamos. No hemos cambiado nada. El tiempo pasa, el mundo envejece, las personas a quienes conocíamos mueren, y nosotros como si nada -respiró hondo, cerró los ojos, y se acercó a Filemón-. Somos inmortales, jefe.

 

 

Los ojos de Filemón se quedaron en blanco, como si de pronto toda su vida estuviera cruzando ante él. Tras un minuto, todo recuperó la normalidad y observó con pavor a Mortadelo.

 

-Joder. Esto es grave. Nunca había reparado en ello. ¿Cómo no nos hemos dado cuenta antes?

 

-Y eso no es todo. ¿Qué me dice de mis putos disfraces, las armas que aparecen como por arte de magia, o cosas como el puño gigante de cuando le he insultado?

 

-Mierda. ¿Qué vamos a hacer, Mortadelo? Supongo que si me está contando todo esto es porque ya ha pensado algo. Usted nunca da puntada sin filo.

 

-Hilo.

 

-Deje de corregirme, coño.

 

Mortadelo suspiró.

 

-Sí, tengo algo en mente. Y una teoría, pero pienso que por mucho plan que llevemos a cabo, será complicado arreglar este entuerto.

 

-¿Por qué ha llegado a esa conclusión?

 

-Filemón. Somos... dioses -el bar fue iluminado por una luz celestial; Mortadelo se convirtió en un señor de barba blanca, túnica del mismo color, y sobre su cabeza apareció un aro dorado resplandeciente.

 

El dueño del local sacó una escopeta que tenía bajo el mostrador, y disparó contra los dos calvos, poseído por el terror.

 

-¡A tomar por culo de mi casa! ¡Iros de aquí, hijos de puta! ¡Sois la reencarnación de Satanás en la Tierra!

 

Los dos salieron arrastrándose como pudieron del sitio, mientras a su espalda sonaban disparos, y aparecían agujeros en su ropa. Aunque tras alejarse unos cincuenta metros, su vestimenta estaba exactamente igual que unos minutos antes, sin daño alguno u orificios de bala.

 

-Joder, Mortadelo. Tiene razón. Esto tiene que acabar de una puta vez.

 

-Lo sé. Y ahí está el problema. ¿Cómo se mata a un dios?

 

-¿Es una pregunta trampa o solo quiere tocarme los huevos?

 

-Es sincera. Y le daré una respuesta: a un dios se le mata cuando se deja de creer en él.

 

-No envejeceremos, ni tendremos rasguños, pero con el paso del tiempo usted está cada vez más gilipollas, Mortadelo.

 

-No me sea imbécil. Piense un poco. ¿Dónde están ahora los dioses griegos, los romanos o los egipcios? Cuando la gente les olvidó, dejaron de existir.

 

-Y eso nos lleva a...

 

-Hay que hacer desaparecer todas esas tiras cómicas, tebeos, cómics, y mierdas en las que nos han dibujado. Así la gente no recordará quiénes éramos, y podremos morir de viejos o desvanecernos. La maldición desaparecerá.

 

 

Filemón se sujetó el mentón con una de sus manos, inclinó una de sus cejas y de pronto apareció a su lado una bombilla enorme, que a los pocos segundos explotó.

 

-¡Eso es! ¡Ya está! ¿Tiene por ahí cinco euros?

 

-Sí, creo que sí -Mortadelo sacó su cartera del interior de la levita, y le entregó un billete a su amigo.

 

-Gracias. Joder, me han entrado unas ganas enormes de comerme un helado de turrón.

 

-No puede estar hablando en serio. Lo que yo decía: tonto, tonto sin remedio.

 

Sobre las manos de Mortadelo se materializó un mazo gigante de madera, y con él aplastó a Filemón, abriendo un agujero en el suelo con el calvo de los dos pelos dentro.

 

Al pasar unos minutos, Filemón salió del asfalto sin un rasguño, y con su ropa impoluta.

 

-Bueno, Mortadelo, tiene razón. Hay que ponerle fin a esto. Pero deshacerse de todo lo que existe sobre nosotros es imposible. ¿Se hace una idea de la cantidad de cosas que Ibáñez ha...? Un momento. ¡Lo tengo, lo tengo! ¡Creo que dado con la solución!

 

-Soy todo oídos -como era de esperar, las orejas de Mortadelo multiplicaron por cien su tamaño.

 

-No es tarea sencilla, pero nuestro problema pasa por cometer un crimen: matar a Ibáñez.

 

-¿Usted cree?

 

-¿Le suena aquello de "muerto el perro se acabó la rabia"? Pues si matamos a ese viejales, nuestro creador, la pesadilla tornará en sueño.

 

-Joder, jefe, sigue logrando sacarme la lagrimilla con sus palabras. Es usted todo un poeta.

 

-Déjese de hostias, nenaza.

 

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Dos días después, en las noticias:

 

"Tras despistar a las autoridades inicialmente, los dos descerebrados que intentaron matar al famoso dibujante Francisco Ibáñez han sido localizados en un pequeño iglú rosa del polo norte. El propio artista pidió colaborar activamente en la investigación, para dar con el paradero de esos dos hombres calvos y feos a rabiar. Acompañando sus palabras con un guiño desconcertante, manifestó a este noticiario: "solo tuve que pensar en ellos y dibujar"”.

 

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