Abraham Calero y la fotografía constructiva

Abraham Calero y la fotografía constructiva

La inteligencia más superficial y anímica no se corresponde con este hombre renacentista, sino la fuente de vida y de partícula que se refuerza por la costumbre de abordar con perfección y lógica algún nuevo proyecto. Trabajador incansable, no se tira al abismo de la comodidad. No flirtea con un pincel sin la maestría que lo va a despedazar cuando atienda su calima apreciada, un fondo abisal metadónico y una luz concreta hacia ninguna parte.

 

Piensa en el bagaje como hacían los viejos intérpretes de teatro histórico. Guión sobresaliente y muy atentos al clímax. Sus reflexiones son conocimiento y dureza de quien se conoce al dedillo los defectos, pero no esconde esa estocada, la escancia para sufrir borbotones de piedad que diluir en sus piezas, en esa obra llena de originalidad y búsqueda de nuevos contrastes.

 

foto durante la entrevista

 

En su obra no pierde la distancia con el espectador. Lo agasaja de un acercamiento que no quiere evitar el choque. Quiere accidentarse con el espectador para tender esa mano creadora de espacios en el tiempo. Postales como puzles, cristales como llamas, promesas como dramas y un contratiempo cuando tu ojo no entiende por qué está todo enfocado.

 

Su última aparición ha sido participando en el proyecto multidisciplinar colectivo “El niño en el pozo” en donde pudimos conocer de cerca su nueva inmersión en la pintura. Su obra va creciendo con calma. Ha participado en ARCO, Photoespaña, ArtMadrid y expuesto en multitud de galerías alrededor de la geografía española de forma colectiva e individual. La Fundació Pilar i Joan Miró fue la base para la realización de su obra “MATRIU_” y un largo etcétera de futuros posibles a los que se abalanza con su barba espesa y alargada de belleza indómita.

 

  

 

¿Cómo pasa un licenciado en Ciencias del Mar, un científico a ser fotógrafo?

 

En realidad, siempre han convivido las dos disciplinas. De pequeño hacía fotos, le cogía la cámara a mi padre hasta que me compraron una. En la Universidad empecé a hacer foto submarina. De hecho, la primera vez que vine a Mallorca fue para realizar un proyecto sobre Cabrera con la Fundación Cousteau como fotógrafo y científico. Cuando terminé de estudiar Ciencias del Mar en Vigo me desplacé a Barcelona y estudié fotografía. Hasta ese momento era autodidacta. Ahí te das cuenta de lo importante que es que alguien te enseñe. En un año y medio aprendí más que en quince practicando solo. El paso importante para mí no es a la fotografía como tal sino al arte.

 

 

 

¿En qué momento aparece el Abraham artista?

 

Aparece cuando empiezo a tener mi propio lenguaje, en el momento en el que empiezo a intervenir en la fotografía. Aquí empieza a haber una pequeña separación entre el artista y el científico. Porque el Abraham fotógrafo se nutre del Abraham científico pero el Abraham artista está en lucha con el Abraham científico. Sería como el Doctor Jekyll & Mr. Hyde, es decir, la parte científica, controlada, experimentadora, consecuente, responsable, frente al Mr. Hyde más visceral, de las emociones, de lo profundo, de la destrucción, del fuego. Estos dos alter egos míos van dialogando constantemente. A veces gana uno otras el otro. En este diálogo es donde se encuentra mi obra, que se desplaza hacia la parte científica, analítica de Matriu, Olvidados o hacia el Niño en el Pozo, las Reconstrucciones, los Cristales, los Fragmentos y toda esta parte más destructiva. Lo que estoy viendo es que la parte que sale del Abraham científico es obra seriada, son cinco ejemplares por pieza. Sin embargo, lo que sale de la parte del artista, es obra única. Me gusta ese diálogo en el que lo visceral es único y lo científico repetible 

 

¿En qué ha consistido el proyecto multidisciplinar “El niño en el pozo”?

 

El Niño en el Pozo es un proyecto multidisciplinar colectivo en colaboración con Katharina Pfeil, Manuel Santiago, Marie-Nöelle Ginard Féron, Robert Lopez Hinton y Vito Mardaras, que tiene su origen en un dicho alemán que traducido viene a significar “¿Qué hacemos si el niño ya se ha caído al pozo?”. Hace referencia a nuestros esfuerzos como sociedad o como padres a la hora de dar herramientas a los niños para evitar que se caigan en el pozo, “no vayas ahí que te vas a caer, te vas a hacer daños”, pero no se dan pautas para enseñarles cómo tienen que gestionar la situación si se caen dentro. Me pareció que es una metáfora muy fuerte de cómo funciona la sociedad en realidad.

 

 

Todo el proyecto gira alrededor de C’an Monroig (Inca), que es propiedad de Robert y Nöelle. Cada jueves desde hace 6 meses nos reunimos para pintar mientras Vito improvisa música electrónica en directo. La casa tiene un pozo en el jardín que abrieron al hacer las obras de reforma y al abrirlo Nöelle empezó a soñar y dibujar convulsivamente niños. Empezó a crear sus Meninas, que son unas muñecas con un punto perverso, morboso, muy vinculados con la muerte. Yo sentí lo mismo al empezar a pintar allí. Roberto investigó y sacó a la luz un estudio de un historiador que había estado trabajando sobre el barrio judío de inca y donde se encuentra un documento de 1390 o por ahí en el que se habla de 3 niños judíos que fueron tirados a los pozos.

 

Me acogí a esta idea y como estaba trabajando alrededor de la dignidad de las cosas olvidadas, vi la posibilidad de darle voz a este acto y a los niños que estaban silenciados, sintiendo que ese era el pozo donde los habían tirado. Pero independientemente de que ese pozo fuera o no donde los habían lanzado, representa de forma simbólica un hecho que ha pasado en España y seguro que en otros lugares del mundo. Los pozos eran lugares donde desaparecían las personas. Pozos, simas, fosas…

  

 

Mi trabajo empezó dando vueltas a las sensaciones que podía tener un niño dentro del pozo, intentando evocarlas, sentirlas y haciendo escritura no consciente, buscando esas palabras, esas emociones de estar dentro del pozo. Hice varias piezas, pero había algo que no me terminaba de convencer y decidí meterme dentro del pozo. Metimos una escalera y me puse el equipo de escalada. Al bajar me di un ostión porque calculamos mal la forma del pozo que estaba bajo el agua. Me arañé la espalda, y me golpeé la cabeza, lo que fue positivo porque en todo el análisis que estaba haciendo sobre que un niño estuviera abajo, me surgían sensaciones de miedo, de frío, de soledad, impotencia, pero en ningún momento había pensado en el dolor. Porque mi visualización de la situación era estar dentro del pozo, pero al pozo te tiran y si caes de unos cuantos metros tu primera sensación es el dolor. Eso transforma completamente el enfoque de la obra.

 

Dentro había una mezcla de sensaciones que me producía cierto miedo y paz a partes iguales. Necesitaba meterme para poder sacar a la luz esto. Hice fotos de las paredes para incorporarlas a las piezas. Fui investigando con el material. A partir de ahí hice, un díptico con una pieza sobre la muerte y el dolor (muy oscura con un punto claustrofóbico) y otra sobre el perdón y la culpa. Nuestra capacidad de perdonar y nuestra responsabilidad en el perdón. Culpa como sociedad por haber permitido que sucediera y se olvide y esa sensación del que está en el pozo y puede llegar a perdonar a los que le han hecho eso.

 

No he utilizado las fotos en la obra porque al final ésta es una historia completamente pictórica, aunque yo no pinte. La opción de un proyecto de estas características, primario, inconsciente, muy de dentro me obligaba a trabajar con algo más inmediato; porque para mí la fotografía no es inmediata, es un proceso que puede tardar semanas o meses porque voy haciendo capas. No quería que fuera algo tan racional sino impulsivo; servir un poco de canal entre unas emociones que no son mías y que quiero transmitir. Todas las obras están hechas en C’an Monroig aunque algunas me las traigo a casa para darles algún retoque. La base es Vito musicando y nosotros pintando.

  

Sucedió en otra sesión distinta en que experimenté con otro material pictórico en la que constantemente me salían rejas, me salían estructuras como de cárcel y profundicé en ellas. Así que me fui al pozo a sentirlo y resulta que estaba tapado con una reja. Esto lo que conectaba todo. Cogí esa reja físicamente y la transporté a las piezas, dejé de repetir patrones de reja simbólica y empecé a repetir ese patrón en concreto. Es un tema casi de grabado poniendo el papel encima y dibujando. Trabajé estas piezas y ha quedado un tríptico. La pieza que lo termina de redondear todo y que une todas estas pinturas es una cámara dentro del pozo, en circuito cerrado, para que puedas ver lo que está ocurriendo en tiempo real en el pozo, enfocando la verja, como si estuvieras mirando hacia arriba.

 

  

Cuéntanos cómo fue tu experiencia con la Fundación Pilar i Joan Miró en la que pudiste realizar el proyecto “MATRIU”

 

Me siento muy orgulloso de ese trabajo. No tenía claro que fuera a ser capaz de hacerlo y constituyó todo un reto personal. Recuerdo el olor a tinta al desembalar las matrices de Barbarà; la piel de gallina al abrir y hojear “Lapidari”; la sensación de privilegio de poder ver las matrices por detrás; ponerme nervioso pensando que se me podían caer al suelo...

 

Quiero resaltar especialmente el apoyo y confianza de varias personas de la Fundación. Este apoyo fue decisivo, sobre todo en momentos difíciles, les estaré eternamente agradecido por ello.

 

 

Matriu es la constatación de que hay que atreverse a hacer las cosas. El no ya lo tienes así que si tienes una buena idea atrévete a preguntar. La mayoría de las veces te dirán que no, o te pondrán trabas. Pero si no preguntas, si no te expones al rechazo nunca lo sacarás adelante. 

 

A veces las cosas fluyen. Se pueden hacer grandes proyectos de forma diferente a cómo se supone que hay que trabajar... y lo que empieza siendo un proyecto de investigación personal, sin ninguna pretensión (a parte del placer de realizarlo), se termina transformando en una exposición en uno de los mejores espacios de las islas. 

 

 

 

  

 

 

Es una pena que ya no exista la web de "reservasmarinas.com" para poder disfrutar de aquel proyecto. Fuisteis un grupo de trabajo muy heterogéneo que centró su labor en el fondo marino del Parque Natural Marítimo Terrestre de Cabrera. ¿Qué recuerdos o anécdotas nos puedes contar?

 

Ese proyecto me salvó de muchas cosas. Me sacó de una Barcelona que me estaba ahogando y me hizo reencontrarme con la naturaleza. Fue un buen año, lo recuerdo con mucho cariño. El silencio de Cabrera por la noche. El acceso a lugares especialmente protegidos. Sa Vall en invierno. Conocer a mucha gente interesante. Frailecillos cerca de La Imperial. Quitarnos el frío escuchando Los Chichos, mientras quemábamos puertas de armarios recogidos de la calle en la chimenea de la casa de la Colonia.

  

 

Tu labor de observación del entorno en la que escoges los momentos que han de perdurar en tu obra, te hace partícipe de alguna forma del momento social. ¿Pretendes de algún modo ser un elemento integrador de las circunstancias que ocurren aquí y ahora?

  

No creo. No tengo tal aspiración.

 

Pretendo ser un elemento integrador de una persona con sus propias emociones y sentimientos. Y también un espejo que dé perspectiva y nos permita ver otra cosa que no sea nuestro propio ombligo.

 

 

 

 

La técnica de enfoque que podemos ver en algunas de tus colecciones como “OLVIDADOS (DIGNUS)” es de una delicada dedicación. ¿Cómo llegaste a este método de trabajo y en qué consiste?

 

En realidad, eso fue un descubrimiento al que llegué juntando varias fotografías para aumentar la cantidad de información y poder hacer copias de mayor tamaño. Hay muchos artistas que trabajan con esta fórmula, yo llegué a ella de forma accidental y autodidacta, tratando de resolver un problema, pero ni de coña lo he inventado yo. Creo que a muchos fotógrafos nos pasó lo mismo al pasar de analógico a digital y hemos ido encontrando nuestras propias soluciones, muchas de ellas comunes.

 

Mi escuela es la fotografía analógica; el cambio a digital me supuso muchos conflictos y muchos disgustos ante la pérdida de calidad de mis imágenes.

 

En la necesidad de superar las limitaciones que me imponía la fotografía digital (limitación en el rango dinámico, calidad y tamaño de impresión), encontré que podía hacer cosas impensables en la fotografía analógica, como integrar diferentes perspectivas en una misma imagen o llevar la profundidad de campo en macrofotografía a niveles impensables con mis medios.

 

Ahora hay programas que facilitan mucho el trabajo, pero antes había que hacerlo todo a mano, pieza por pieza. Era una matada.

 

Este proceso consiste básicamente en hacer la misma fotografía enfocando en diferentes lugares y luego utilizar todas esas imágenes para hacer un fotomontaje digital en el que voy sustituyendo las zonas desenfocadas de una fotografía por zonas enfocadas de otra fotografía.

 

 

 

 

 

 En la colección de retratos de tus viajes a Cuba y Senegal se puede apreciar una actitud de fotoperiodista muy agudizada. ¿Te sientes cómodo en ese rol?

 

La verdad es que no me siento nada cómodo. Me cuesta mucho robar una foto o preguntarle a alguien si le importa que le tome una foto.

 

Esos dos viajes fueron muy diferentes. Al cubano le gusta relacionarse y   hablamos el mismo idioma. Además, he ido mucho y tengo muy buenos amigos allí, con lo que también es más fácil acercarse a las personas y entrar en confianza. 

 

Al senegalés por el contrario le molesta. Hay que tener en cuenta que la actitud de los blancos en África deja bastante que desear incluso hoy en día. En nuestra forma de relacionarnos con ellos hay mayoritariamente abuso o al menos cierto sentimiento de superioridad. Es normal que no quieran que les hagamos fotos. Era muy común ver turistas en autobuses o taxis con las ventanillas bajadas haciendo fotos en plan Safari.... una cebra, un león, un negro.... bastante desagradable.

 

Basta mirar las dos series para darte cuenta de la diferencia de actitud de los adultos ante la cámara.... otra cosa diferente son los niños. En los niños hay una especie de lenguaje corporal universal con el que siendo respetuoso y empático puedes aproximarte a su mundo.

 

 

 

 

 

 

 La serie “CRISTALES” es una forma apoteósica y brutal de ensamblar piezas ligadas a un Total. Además, fagocitas los elementos principales haciendo resurgir un inconsciente que levita por encima de las piezas. Quizás algún día te pidan institucionalizar algún retrato a través de esta técnica…

 

No creo, pero si algún día tengo que hacer un retrato de la familia Real estará más cerca de los retratos de Goya que del de Antonio López, eso seguro... 

 

 

 

Nos puedes contar cómo te enfrentes a una nueva colección. Cómo nace la idea, cómo la desarrollas…

 

Ideas tengo muchas. Lo difícil es saber diferenciar las buenas de las mediocres. Al principio todas son buenas. Es el paso del tiempo y el madurarlas lo que las transforma en obra o en una línea en mi libreta.

 

También hay ideas que no dan para una colección, cosas puntuales que te apetece trabajar, encargos, colaboraciones, cosas que haces por el mero hecho de pasártelo bien, etc.

 

Normalmente las colecciones salen de un sentimiento que no se apacigua sólo con la creación de una obra. Sentimientos que se vuelven muy obsesivos y necesitan de un mayor desarrollo para encontrar la paz.

 

O ideas que necesitan más de una perspectiva.

 

 

 

¿Cuáles son algunos de tus referentes?

  

Una vez dije que mis referencias están en una mesa de Madrid en la que están sentados Antonio López, Isabel Quintanilla, Manuel Franquelo y Cesar Galicia bebiendo absenta y hablando de la vida... cuando están borrachos entran en el bar David Nebreda y Francis Bacon y se unen a la charla.

 

Pero hay otros grandes referentes evidentes... Hockney, Peter Beard, Joel-Peter Witkin, la biblioteca del polvo de David Maisel....

 

 

Peli, disco y libro

 

Peli: Requiem for a dream, de Darren Aronofsky. Tan buena que no he sido capaz de volver a verla.

 

Disco... el concierto de Aranjuez de Jim Hall acompañado por Paul Desmond, Steve Gadd, Ron Carter, Roland Hanna y Chet Baker... casi nada. Para mi gusto mejor que el de “Sketches of Spain” de Miles Davis.

 

Libro: ¿Vale un cómic? “Gritos en la noche” 1992. Batman. Archie Goodwin y Scott Hampton.

 

 

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