Opinión Colorimetría inventada

Colorimetría inventada

El pasado viernes fui a recoger un pedido para la empresa en la que trabajo, tras una semana intensa, llena de minutos en los que deseas que se dividan, como células, para conseguir más tiempo.

 

Mi cabellera reflejaba mi alma, despeinada y queriendo amansarse tras las orejas.

 

Un error en el pedido me hizo bajar los niveles de acetona pues debía esperar, así que marché a derrochar el tiempo que no tenía, tomando café en un lugar cercano; un sitio curioso, con una terraza improvisada en medio de un callejón trasero y trastero, donde unas señoras conversaban sobre el carácter grosero de algunas palabras, y por ende, el nacimiento de otras sinónimas, cuya existencia se reduce al único fin de dulcificar a las primeras. Véase, asistenta del hogar en lugar de criada… Las mesas colindantes se llenaron de golpe, ahogando la conversación, de la que era espectadora, en balbuceos sin sentido.

 

Regresé a recoger el pedido y aún faltaban diez minutos, así que seguí derrochando el tiempo, y resignada me senté en una fea silla, de plástico, color naranja. Ciertamente no recuerdo el color, pero sí que era fea, así que debía ser naranja. En ese momento entró en el local un chico con una colorimetría textil verde kaki, adjetivo que no tiene nada que ver con el color de la fruta, que es como la silla en la que estaba, sino con las tropas británicas y el origen de la palabra hindú “polvo”.

 

El chico de unos 36 a 42 años (gozamos de una horquilla interesante de despiste colectivo sobre ciertas edades en según qué edades) cruzó la tienda y entró familiarmente tras el mostrador, para luego salir cargado con un largo tubo de cartón, culpable junto con el kaki, de que le otorgara la profesión de arquitecto “progre”. El chico de kaki llamó mi atención, aunque no sabría decir por qué. Los motivos no los puedo concretar, pero… ahí está la magia no?

 

Le seguí furtivamente con la mirada hasta la puerta y observé como se marchaba en una bicicleta de color beige, aunque en realidad no vi el color de la bicicleta, pero supuse que era beige como el gran Gatsby, pues me parece un tono luminoso y que no molesta.

 

Al día siguiente pensé en la curiosidad que te pueden despertar ciertas personas desconocidas a simple vista, o con un simple gesto, o con unas palabras,  y no siempre relacionada con la atracción física. En esa magia que te hace inventar historias. Fue en ese instante cuando cogí mi móvil y entré en una de las redes en las que a veces creemos nadar, y de repente, alguien publica una noticia que me informa de cómo se llama, a qué se dedica, y su estado civil y mercantil, además de su predilección por el verde en todo su pantone.

 

Bueno… pues se acabó… ya no hay pistas que descubrir, ni colores que inventar.

 

Nota de la autora: Si esto se publica, probablemente el de kaki lo lea, y entonces espero que pierda el misterio, y se fastidie tanto como yo.



Fotografía de portada: Juanjo Alfonso