Opinión Como quien elige un amante

Como quien elige un amante

Para amar en silencio

 

Leer tiene su encanto, ya se sabe. Y también sus desencantos. Y, además, su matemática privada.

 

Primero, diré que cuando comienzas a leer no te aferras a un dios implacable, como es escribir y como lo dijo Capote, pero sí a un destino impredecible. Nunca sabes tus próximos pasos o tus siguientes hallazgos.

 

Y los hallazgos pueden ocurrir de diferentes maneras, dependiendo de las costumbres de quien lee. Menciono tres.

 

Una es ir de una obra a otra de un autor que nos sedujo con alguna novela o un conjunto de cuentos. Y devorarlo todo, lo que se encuentre en bibliotecas, en casas de amigos, en librerías. Mientras experimentamos el miedo porque las posibilidades de títulos nuevos se agotan, o en la mayoría de casos una decepción, porque el encanto con el que leímos el primer libro es irrecuperable.

 

Una variante de esta es hallar en internet (en un artículo o un post) un poema que nos atrae con fuerza en una primera lectura. Y darse cuenta de que no existe nada de este autor en las bibliotecas o librerías cercanas. Y dedicarse a una cacería de poemas en blogs, redes sociales o revistas digitales.

 

Una más es sumar lecturas a partir de lecturas. Leer en la solapa de tu libro de devoción actual que hay un escritor en la misma línea, de donde este ha bebido para hacer lo que ahora nos emociona. O leer un nombre que se cita con pasión. O un título. O un fragmento que nos obliga a ir detrás de quien ha unido las palabras de esa manera tan exacta y conmovedora.

 

 

Otra es caminar sin rumbo entre los estantes de una biblioteca o una librería. Sacar un libro por su color. Acercarse a uno más por la ilustración de su portada. O abrir otro por su título: No entres tan deprisa en esa noche oscura. ¿No? ¿Y en cuál noche? ¿Y por qué y para quién esta extraña advertencia?

 

Una seducción.

 

Y un buen espacio para presenciar esto es una feria del libro. O fiesta, como se llama en Medellín. La fiesta de la seducción. Y justo en la pasada Fiesta del Libro y la Cultura de esta ciudad, realizada del 9 al 18 de septiembre, fue invitado el editor español Enrique Redel, quien ha definido con exactitud este ir y venir, caminar entre otros lectores, destapar libros, abrir libros, sostener libros contra el pecho, mirar de reojo a quien toca el libro que vimos primero y deseamos tocar, leer primeras frases, leer notas biográficas, leer últimas páginas, leer un poema al azar, mirar portadas con una sonrisa, leer un título una y varias veces. Redel ha dicho, refiriéndose a la feria del libro de Madrid: “Es un momento maravilloso (…) de pronto leer se convierte en algo festivo, carnal (…) Me encanta ver mucha gente interesándose por libros, tocándolos, preguntando, actuando como quien elige un amante”. (Ver entrevista)

 

Tocando. Preguntado. Como quien elige un amante. Como quien lo elije y se va con él a un espacio más íntimo.

 

 

Olvidar amantes

 

Encontrase con un amante olvidado es una cuestión extraña.

 

Es posible que hayas pasado muchas horas y noches fugaces a la sombra de una pasión, de un amante llamado Santuario, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, El llano en llamas o El retrato de Dorian Gray. Hablo de esas primeras pasiones, de esos primeros encuentros donde sentimos que leemos de manera adulta.

 

Es posible esto. Y que pasen los años y el azar te ponga un día cualquiera frente a uno de esos libros, cuando lo creías borrado. Y ahora es un libro, una historia y un recuerdo que no habla de ti y que, en muchos casos, te asombra haber amado y leído. Y te lo encuentras mientras tu hermano menor o tu sobrino adolescente lo lee. O cuando te esfuerzas, hasta hacer reír a los ángeles y a la mujer de enfrente, para saber qué lee la mujer que va a tu lado en el metro. Y de golpe está ahí.

 

De golpe: el vacío.

 

Te topas con lo que creías que ya no vivía en ti y que, en efecto, se ha esfumado casi todo. Y sientes asombro, pues lo leíste muchas veces y pensaste con seguridad que no existía un libro mejor. Pero ahora solo hay sombras fugaces. El recuerdo de algunos nombres, quizá la atmósfera de un lugar, probablemente una anécdota a medias. Puros fantasmas. Solo eso. Y un saludo frío y extraño entre él (amante olvidado) y tú.

 

 

Libros que multiplican hombres

 

Todos tenemos un libro (a veces dos o tres) que abrimos cada semana. Un libro que miramos cuando salimos de viaje. Y él nos mira.

 

Pensemos en un ejemplo. Un joven que ha enloquecido de amor con los poemas de César Vallejo. Y pasan los meses y por fin, después de ahorrar, tiene la obra completa. Una edición barata, quizá la de Oveja Negra, comprada en una librería de libros leídos.

 

Cuando lo leyó por primera vez, en la biblioteca universitaria, transcribió este verso en una libreta: “Simplificado el corazón, pienso en tu sexo”.

 

A los veinticinco años, ya en la edición barata y apunto de graduarse, señaló estas líneas: “Tengo pues derecho / a estar verde y contento y peligroso...”.

 

Y antes de cumplir los treinta, tras comprar una edición mejor, subrayó estos versos: “¡Cuídate de los nuevos poderosos! (…) ¡Cuídate del cielo más acá del aire / y cuídate del aire más allá del cielo!”.

 

Y recién cumplido los treinta resaltó los siguientes: “Todos los días amanezco a ciegas / a trabajar para vivir”.

 

Y a los treinta y cinco esto, en una edición pasta dura y conmemorativa: “Murió mi eternidad y estoy velándola”.

 

Y a los cuarenta: “Hoy es la primera vez que me doy cuenta de la presencia de la vida”.

 

Y a los cuarenta y seis: “Y, desgraciadamente, / el dolor crece en el mundo a cada rato, / crece a treinta minutos por segundo…”.

 

Y a los cincuenta: “Bestia dichosa, piensa; dios desgraciado, quítate la frente. / Luego, hablaremos”.

 

Y quizá más adelante subrayará: “Y hembra es el alma de la ausente. / Y hembra es el alma mía”.

 

Y más adelante: “…te odio con ternura”.

 

Y si al morir pudiera ver cada fragmento señalado con un color diferente, según sus edades, si pudiera, se odiaría con menos ternura. Y a todos los hombres que fue, que un solo libro supo describir, leer y multiplicar.

 

 

Nosotros y el resto

 

 

Los lectores jóvenes y apasionados guardan con celo sus mejores lecturas. Las protegen de la vulgaridad de los otros. Leer a C. los hace diferentes. Mágicos. Y únicos.

 

Con la edad se sigue conservando esto, aunque en menor medida, pues se ha entendido que leer también incluye compartir el amor. Y los bellos secretos.

 

Y ese celo, cada tanto y disimuladamente, parte los días en dos. Allá los otros, los que no. Aquí yo y este otro que, de repente, lee a W. como lo leo yo. Lo lee cuando creí que nadie descubría su encanto.

 

Y algo debe unirnos a estos lectores. Nosotros: los lectores de G. Algo más allá de la superficie. Algo que W. ha sabido poner en sus libros. Y que el resto no, definitivamente no tiene. O no ha visto.

 

 

 

Fotografías Flickr Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín