Concierto sorpresa

22/11/2016

Concierto sorpresa

Reconozco que no puedo hablar de música. No tengo formación musical como para aportar un punto de vista revelador, en base a mis conocimientos de teoría musical, ni de historia de la música. Del mismo modo, carezco de recursos para explicar la relación entre un músico y el  tiempo que le ha tocado vivir como contexto para la generación de su obra. Cero. Nulo. Disfruto leyendo sobre ello, pero mis aportaciones al conjunto ni están ni se las espera… Digamos que mi curiosidad al respecto está debidamente cubierta leyendo a Alex Ross, por ejemplo.

 

Declaro que me aburren soberanamente las críticas musicales pretenciosas e interesadas, que comparan esto con lo otro y que repiten la misma fórmula  una y otra vez, como el horóscopo. Eso sí, me llama la atención el otro extremo del proceso comunicativo, el receptor. Mejor dicho, la predisposición de uno para recibir, atender, apreciar la obra de un músico en un momento de su vida. Sobre la predisposición a ésta, y cómo se crea, he disfrutado leyendo "Música de mierda" de Carl Wilson una agradable y reveladora lectura.

 

 

A veces han llegado a tus manos discos oportunos en el momento adecuado...ni mejores ni peores, sencillamente acertados.. Otras veces, he recibido con gran indiferencia a discos que supuestamente le darían la vuelta a mi universo, como le había pasado a millones antes que a mi… y como si nada. Las que menos me he "obligado" a que me gustara algo, y no ha habido forma, y las que más, se han dado a lugar felices coincidencias, encuentros afortunados de sensibilidades, y ciertos discos o momentos se han quedado conmigo para siempre.

 

 

 

Llevaba pocos meses viviendo como estudiante en Granada cuando por casualidad, en un cartel en la Facultad de Filosofía y Letras, ví anunciado un concierto de Come. Lo tuve que leer varias veces para asegurarme que era la banda de Boston, la que había sido puesta en el punto de mira tras el aluvión de elogios por su primer single publicado por Sub- Pop en 1991. Bob Mould, Joe Mascis y Kurt Cobain hablaban maravillas de ellos. Su debut en largo con Matador fue sonado. Posiblemente no despuntara más porque en esos meses el público todavía estaba asimilando "Nevermind", "Ten" o el "Out of time" recién lanzados, y esperaba réplicas de estos para ayudarles a entender que estaba pasando.

 

"Eleven: eleven" era otra cosa: Largos desarrollos para contener viajes desde lo más sutil hasta lo abrupto, guitarras entrelazadas, dinámica, feedback, una textura de blues denso, oscuro envolviendo la voz  de la gran Thalia Zedek.

 

Tensión, contención, explosiones..  El batería fundador de Codeine, Chris Brokaw, cambiaba de registro para abordar con otra perspectiva, pero comparable acierto, algunos lugares explorados ya antes a las baquetas de esa imprescindible banda de principios de los 90.

 

El caso es que tocaron en una discoteca de las afueras y el público no llegaba a cincuenta personas.  Cuando llegué, miraba extrañado a todos lados mientras me sentaba a pocos metros del escenario sin llegar a creerme que pudiera ponerme tan cerca de un banda de esa talla. Salieron a escena y, sí, eran ellos.

 

 

Fue un concierto íntimo, recogido por las características del espacio y el escaso público pero por otra parte fue enorme, inmenso por la constante exposición al abismo de esos cuatro gigantes por su riqueza de recursos. Recuerdo que "German Song" me cautivó, me perdí tras esas guitarras que dibujaban figuras, que crecían como enredaderas hacia arriba… y como fuegos artificiales detonando justo en lo más alto para iluminar nuestras caras asombradas y descubrir toda la belleza, toda la tensión acumulada, una explosión de música.

 

Los desarrollos tenían su espacio, y era mucho, pero la voz también… y era más que necesario para descubrir a Thalia Zedek,  esa voz rajada e intensa, que mecía las melodías susurrando, para acabar acuchillándolas, machancándolas a guitarrazos. Ha sido la única vez en mi vida que he pedido un autógrafo, y se lo pedí tanto a Chris como a Thalia, tenía la necesidad de corresponder, de agradecerles tanto ese concierto...

 

Me gasté todo mi dinero en comprarle dos discos para que me pudiesen firmar, y tan solo me salió de la boca un " Muchas gracias, ha sido un concierto increíble".

 

Volví andando a casa, hice casi diez kilómetros andando a oscuras hasta que llegue a mi piso, cerca de las doce. No recuerdo nada del viaje, ni siquiera que tocara el suelo mientras caminaba. Por eso, por ese momento, esta canción y ese " Don't Ask, Don't tell" estarán siempre conmigo.

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David Delgado

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