Contratiempo: El cine español se doctora en el Thriller

Contratiempo: El cine español se doctora en el Thriller

Hace muy poco tiempo se estrenó en Netflix una obra maestra llamada ‘7 años’, dirigida por Roger Gual, que explotaba el género conocido como “thriller”, o suspense para los más puristas. Innovaba esa maravilla jugando en un terreno hasta ahora poco explotado en el cine español, especialmente porque la historia se desarrollaba prácticamente en un único escenario, con solo cinco personajes en todo el reparto.

 

‘Contratiempo’ del catalán Oriol Paulo, decide explorar este terreno, pero más a lo grande, con más decorados, protagonistas enormemente conocidos del cine patrio, mayor presupuesto, junto a unos giros de guion mucho más complejos, aunque no por ello innovadores.

 

 

La historia es muy simple: una pareja de amantes, de gran renombre social, se encuentran en un hotel para pagar el chantaje que un desconocido les exige para no divulgar su romance. El evento acaba con la mujer muerta en la habitación del hotel, con el hombre como único sospechoso. Este contrata a una experta abogada, especialista en preparación de testigos, para que el joven y famoso emprendedor económico no acabe en la cárcel, privado de su mujer e hija. Junto a esta profesional, el acusado revivirá lo sucedido no solo aquel día, sino también durante otros momentos previos que desencadenaron la fatal situación, con la idea de poder vestir la verdad con la credibilidad suficiente para que un juez sea capaz de considerarle inocente.

 

 

 

Oriol Paulo ha creado una gran película visual, especialmente en los momentos de transición entre cada uno de los momentos que exige la narración. No faltan los homenajes a Hitchcock, Paul Verhoeven e incluso con toques de David Lynch, con planos aéreos impresionantes, trasladando al espectador por las carreteras y montañas que adornan la trama, primeros planos escalofriantes, además de un guion perfectamente escrito. Como sucedía en ‘7 años’, esta película gana enteros en las distancias cortas, es decir, cuando algunos de los cuatro protagonistas viven escenas creadas para elevar la temperatura de la historia, atrapando al espectador, casi sin darse cuenta, en espacios muy reducidos (despachos, habitaciones…).

 

 

Quizás uno de los peros de la narración es lo mucho que peca el director usando clichés propios del cine de suspense. Es decir, son tan claras las fórmulas que el guion utiliza en su historia, que no es nada difícil descubrir desde el principio quiénes son las víctimas y quiénes no. Eso hace creer en giros que no conviertan esto en algo tan predecible, motivo por el cual estos se suceden, y no en pocas ocasiones. Se esperan, pero son tan buenos y, sobre todo, están tan bien narrados, que la camuflada simpleza de la película no pierde fuerza por ello. Se habla continuamente en la película de “perspectivas”, y por eso son tan importantes e imprescindibles los cambios de carril en la historia que plantea Paulo.

 

 

Mario Casas, Bárbara Lennie, José Coronado, Ana Wagener y Francesc Orella conforman el grueso del reparto que hace de este relato una fantástica película de género. Ellos dan coherencia a los múltiples giros que ofrece la cinta, más complejos según avanza la trama, aunque quizás por ello más y más previsibles. Aunque algo que consigue Paulo es que todos nos convirtamos en cada uno de los personajes. Odiando a los malos, amando a los buenos, llegando incluso a empatizar con los motivos de unos y otros para convertirse en lo que son, o en lo que se ven forzados a tornarse. Nadie va a descubrir a Coronado porque ya es una leyenda del cine, que disfruta y hace disfrutar, al igual que a Lennie, que a pesar de su juventud ya es una realidad de nuestro cine, con un talento innato y unas virtudes cada vez menos comunes en este país, reconocidas con premios por doquier. Así mismo, Francesc Orella, regresa por la puerta grande a la gran pantalla, tras muchos años dejándose ver mayormente en televisión (‘Cuéntame’, ‘Carlos, Rey Emperador, ‘Merlí’, ‘Ministerio del Tiempo’), con un papel a medio camino entre villano y redentor. Pero la estrella sin duda de la película es Ana Wagener, soberbia, sublime, espléndida, inspirada y terrorífica, dando vida a un personaje muy difícil, que ella convierte en un paseo por el parque. Demasiada diferencia entre ella y Mario Casas, en los múltiples cara a cara que se pueden disfrutar en la historia, aunque no desentona nada esta balanza desequilibrada, ya que su personaje está de vuelta de todo, contrastado por el exceso de confianza del que interpreta Casas.

 

 

Lo peor, o mejor dicho, para ser justos, lo menos bueno, son los defectos de Mario Casas. Es un muy buen actor, con muchas virtudes, que trabaja como nadie la explosividad, especialmente cuando la acción o la imagen se centran exclusivamente en él, con la idea de imponer al espectador con su presencia consiguiéndolo siempre. Pero falla en lo que se ha comentado antes que es uno de los mayores aciertos de la película: las distancias cortas. Cuando se alcanza la calma no vemos al personaje que interpreta Casas, sino al propio Casas en su día a día. Mientras que en aquellas escenas en las que se eleva la tensión, la voz, o sale a relucir el cuerpo a cuerpo, Mario Casas es uno de los mejores del cine español, al menos de su generación. Sucede en la gran parte de su filmografía –a excepción de ‘Las Brujas de Zugarramurdi’ (2013, Alex de la Iglesia), donde borda su papel gracias a su relajación latente- que queda muy en evidencia su suspenso en interpretación lingüística, especialmente si le sitúas en la misma escena junto a monstruos como Lennie, Wagener o Coronado. Es en los momentos donde se requiere calma donde resalta descaradamente que Mario está interpretando, cuando debería pasar desapercibido, porque eso hace perder la atención en el estupendo largometraje que se está viendo. Para un actriz/actor es un error muy grave, casi imperdonable. Es urgente que Casas mejore en ese aspecto, porque siempre llega un momento en el que vemos al actor por encima del personaje. Y aquí, Adrián Doria (fantástico el paralelismo con Dorian Grey del apellido) tiene la suficiente potencia como joven ficticio como para quedar encumbrado por Mario Casas.

 

 

A excepción de ese tic del protagonista principal, que muy por seguro acabará mejorando, como ya hicieron antes Bardem o Banderas, la película demuestra la buena salud de la que goza el cine español en general, gracias a talentos catalanes como Paulo, Gual o Gay, o el sevillano Paco León, sin olvidar al maestro Amenábar.

 

Oriol Paulo ya demostró con ‘Los ojos de Julia’ (2010, guion) y ‘El cuerpo’ (2012, dirección y guion), que es un maestro del suspense, alumno aventajado del cine americano del género de los años 40, 50 y 60, aderezado con el más moderno de finales del siglo XX, o el actual, jugando con las palabras, las imágenes, la cámara, sus escenarios, todo unido, para situar a los peones, su reparto, estratégicamente donde corresponde en cada momento.

 

 

CALIFICACIÓN: 7.8 / 10