Ficciones ¿Cuántas veces?

¿Cuántas veces?

Ramón se afana en recoger los papeles de encima del escritorio y alojarlos en el interior de una carpeta. Se le ve animado y se esmera en acabar. Ramón ronda los sesenta años, de pelo canoso y dueño de un prominente buche, digno de no haberse privado nunca de nada. Se levanta y se da la vuelta hacia el archivador.

 

A su espalda, la puerta se entorna despacio. Oye el golpeteo de unos tacones al andar que a medida que se acercan se le hacen más evidentes, pero eso no le impide terminar su tarea y guardar la carpeta en el archivador bajo llave.

 

   -Sea lo que sea tendrá que esperar a mañana –Ramón ni se molesta en darse la vuelta para comprobar quién es.

 

   -Puedes apostar ese raquítico culito a que eso no va a pasar.

 

Un escalofrío recorre la espalda de Ramón. Cree reconocer la embaucadora dulzura en la voz de la mujer y su reacción se muestra tardía. Cuando por fin reúne el valor para darse la vuelta, no puede evitar esbozar una mueca de pánico y, aunque ya lo intuía, también de sorpresa. Su cuerpo recula hasta que se golpea con el archivador con un sonoro y doloroso golpe.

 

Frente a él se encuentra una atractiva mujer, morena, esbelta y de semblante decidido, que posa ante él como un maniquí de El Corte Inglés. Su hombro sujeta una pequeña mochila que desentona con su elegante atuendo.

 

Alma lo observa en silencio y dibuja una siniestra sonrisa en el rostro. Con intención, espera tranquilamente a que sea Ramón el primero que hable y deleitarse así con su creciente estado de nerviosismo.

 

   -¿Qué... qué cojones haces aquí?

 

Alma baja la cabeza con decepción y levanta la mano moviendo el dedo índice a modo de negación. Ramón recula hasta guarnecerse detrás del escritorio en un espejismo de protección.

 

Alma levanta la vista y clava su mirada en él.

 

   -Esa no es manera de saludar, Ramón.

 

Ramón traga saliva y se frota los brazos como si acabara de entrar por la puerta una repentina ráfaga de aire frío.

 

   -Lo siento... Ho... hola... a... a

 

Ramón duda, no recuerda su nombre. El lapsus de memoria no podía haberle llegado en peor momento. Alma esboza una sonrisa irónica y vuelve a negar, esta vez con la cabeza.

 

   -Alma; ni guapa ni preciosa ni cariño, me llamo Alma. Es de lo poco que no ha cambiado desde la última vez que nos vimos.

 

   -¿A qué has venido?

 

   -¿Llamaste tú a la policía?

 

Ramón no contesta, pero baja la cabeza con sofoco.

 

   -La llamaste o no. Porque estuvieron un buen rato en casa.

 

   -¿Por qué iba yo a hacer eso?

 

   -No lo sé, dímelo tú. Que salieras corriendo de casa como alma que persigue el diablo, me ha hecho llegar a esa conclusión.

 

   -Intestaste atarme a la cama –contesta Ramón muy asustado.

 

   -No me seas nenaza, si a los tíos os encanta ese juego.

 

   -¡Con alambre de espino!

 

Alma suelta un bufido, en un intento por restarle importancia al detalle.

 

   -Ni que fuesen concertinas.

 

Alma avanza hacia él y deja la bolsa sobre la mesa del despacho, junto a un abrecartas. Alma ya no sonríe.

 

   -Y por favor... que sea la última vez que me levantas la voz.

 

Ramón comprende enseguida que es mejor no replicar. Se muerde la lengua y observa con curiosidad la mochila sobre la mesa, que Alma aún sujeta con una mano.

 

   -¿Para qué es la bolsa?

 

Alma abre la cremallera de la mochila, muy despacio, como si se tratara de un proceso complicado que hubiese que hacerse con cautela. Su rostro vuelve a recuperar la sonrisa.

 

   -Hay que terminar lo que empezamos

 

   -¿Cómo?

 

Alma extrae unos guantes de cuero negro de la mochila y se los enfunda sin dejar de hablar con Ramón.

 

   -Sales corriendo de mi casa, llamas a la policía... Me estás obligando a improvisar Ramón y eso es algo que odio.

 

   -Oye, yo, yo solo quería pasar un buen rato, nada más.

 

Alma continúa hurgando en el interior de la mochila.

 

   -Bla, bla, bla... sexo sin compromiso, un polvo rápido, ya te llamaré, me conozco esa historia demasiado bien.

 

 

Alma le muestra el cañón de un revólver. Ramón instintivamente levanta los brazos, gesto que Alma observa con disgusto.

 

   -Ramón baja los brazos, no te estoy atracando –echa un vistazo a su alrededor-. Tienes un bonito despacho, ¿es aquí donde hacéis los plenos?

 

   -¿Cómo me has encontrado?

 

Alma adopta una postura aburrida, cansada por el derrotero que está tomando conversación.

 

   -Tendrías que estar dete...

 

  - ¿Detenida? –le interrumpe-. Cariño, en casa no guardo cadáveres en el armario ni cabezas cercenadas en el congelador... tengo otro lugar para eso. Les preparé un delicioso café y se fueron pidiéndome perdón.

 

Alma observa la expresión bobalicona de Ramón dibujada en un rostro necesitado de una mayor explicación.

 

   -¿Una llamada anónima a la policía? ¿En serio, solo se te ocurrió eso? Otro intento rastrero como ese y te juro que me rasgo la ropa aquí mismo y les digo que has intentado abusar de mí, ¿cuánto crees que durarías en el cargo?

 

   -¡Dios mío, estás loca!

 

   -¿Y ahora te das cuenta? Mira que eres tonto. Anda sal de ahí, no me obligues a ir a buscarte porque te pegaré un tiro en la rodilla y te acordarás de mí a cada paso que des.

 

Alma levanta el cañón y apunta en dirección a Ramón, que no se mueve. Alma, con serenidad, amartilla el arma. Solo entonces Ramón avanza despacio y sale de la quimera de cobijo que supone el escritorio. Alma arrastra una silla y la coloca entre los dos mientras le indica con el cañón del arma que se siente. Ramón obedece y lo hace de espaldas a ella.

 

Alma vuelve a echar mano de la mochila y saca un par de bridas.

 

   -Coloca las manos a la espalda.

 

Ramón intenta darse la vuelta, pero Alma apoya el cañón en su nuca y le obliga a devolver la mirada al frente.

 

   -Qué parte no has entendido.

 

Ramón acata la orden y Alma le aprisiona los brazos a la espalda.

 

   -Coloca los pies alrededor de las patas.

 

Ramón la ignora una vez más, provocando la reacción de Alma que le arrea una sonora colleja.

 

   -Si quieres seguimos jugando a esto, a ver quién se cansa antes.

 

Ramón obedece de nuevo.

 

Después de apresarles las piernas a las patas de la silla, deja el revólver en el interior de la mochila y extrae un martillo. Lo sopesa con satisfacción, incluso se diría que con devoción y da la vuelta a la silla. Se coloca junto a Ramón, que se asusta y a punto está de caer al suelo con la silla al ver el utensilio.

 

 

   -¡Espera, espera, qué coño vas a hacer con eso!

 

Alma observa la cabeza del martillo antes de apoyarlo, primero sobre una rodilla y después sobre la otra.

 

   -Elige; izquierda o derecha -mueve el martillo hacia la entrepierna de Ramón.

 

   -O prefieres el centro.

 

   -No, por favor, no. Tengo mujer y una hija.

 

Alma se muerde el labio sin ocultar un gesto de rabia.

 

   -Oh, que callado lo tenías. Ahora sí que me apetece aplastarte los cojones.

 

   -Oye, no... no puedes hacer esto. No está bien.

 

   -¿Bien? ¿Engañar a tu mujer está bien? ¿Engañarme a mí está bien?

 

   -¿No podemos ser solo amigos?

 

   -Sí claro, y agregarnos al Facebook y enviarnos fotos de gatitos y frasecitas de Paulo Coelho. ¿Eso te gustaría?

 

   -¡Si no hicimos nada!

 

   -Es la intención lo que cuenta. ¿No lo habías oído nunca, puto falso de mierda?... Mira, me canso solo de escuchar tus patéticas excusas. Abre la boca y saca la lengua.

 

   -¿Qué?

 

   -El matrimonio es un voto sagrado. Si no tienes palabra, no necesitas lengua.

 

   -¡Dios santo, pero tú te estas escuchando!

 

   -A veces creo que soy la única que lo hace.

 

   -Escúchame por favor, si te he ofendido en algo te pido perdón, pero yo no...

 

   -¿Cuántos años tiene tu hija? –la pregunta suena con un claro reproche.

 

Ramón guarda silencio al principio e inclina la cabeza con vergüenza.

 

   -Dos.

 

   -Y aún te parece injusto que te esté pasando todo esto.

 

Alma lo observa entre indignada y enfadada. Rodea la silla y se vuelve a colocar tras él.

 

   -¿Qué quieres de mí? –pregunta Ramón asustado.

 

   -La verdad, para variar. Por eso te voy a hacer dos preguntas, una por cada año de tu hija. Si las respondes con acierto me marcharé sin tocarte un solo pelo, y no será porque no te tenga ganas, te lo juro.

 

   -Alma apoya la cabeza del martillo sobre el hombro de Ramón que se estremece al notar el contacto con el frío metal.

 

   -¿Tenemos un trato?

 

Ramón guarda silencio, pero asiente tímidamente con la cabeza. Alma se congratula por el gesto y comienza a caminar tras él, recorriendo el despacho, observando el crucifijo en la pared con la foto del Rey haciéndole compañía como si no pudieran estar el uno sin el otro, pensando en la posible pregunta mientras juega con el martillo entre las manos.

 

Por fin se detiene y apoya la cabeza del mazo sobre la palma de su mano con evidente sonoridad.

 

   -¿De qué color son mis ojos?

 

La cabeza de Ramón cae hasta que su barbilla choca con su pecho. Niega con la cabeza.

 

   -Hija de puta –susurra para sí mismo.

 

   -Perdona, ¿decías algo?

 

   -Estoy pensando.

 

   -No te acuerdas porque esa noche tu atención estaba un poco más abajo, ¿verdad?

 

   -Podrías dejarme pensar sólo un momento, por favor.

 

Alma sujeta el martillo con fuerza, levantándolo por encima de la cabeza de Ramón. Se da la vuelta hacia la mesa y baja el martillo con violencia. La foto de familia de Ramón vuela por los aires, junto al abrecartas, su móvil y varios papeles, que se dispersan anárquicamente por la mesa y el suelo.

 

Ramón se sobresalta por la inesperada embestida.

 

   -¡Bum! –exclama Alma con sorna-. Ese es el ruido que hará tu cabeza cuando explote de tanto pensar.

 

Ramón observa asustado la foto resquebrajada de familia por el suelo y medita la respuesta con brevedad antes de contestar con inesperada convicción.

 

   -Marrones... tus ojos sólo pueden ser color mierda.

 

Alma, lejos de ofenderse, esboza una sonrisa.

 

   -¡Muy bien Ramón! Ay, si también te hubieras parado a pensar aquella noche...

 

   -Hazme la otra pregunta y acaba ya.

 

   -Ponte tranquilo, ahora la que necesita pensar soy yo.

 

Alma, esta vez, se coloca delante de Ramón. Se sube la falda del vestido mostrando sus hermosas piernas desnudas y se sienta a horcajadas sobre él. Recorre con el martillo el rostro de Ramón, que se arma de valor y clava su mirada en sus ojos marrones.

 

   -Ahí va... Si un tren sale del punto A al punto B a una velocidad...

 

Alma no puede continuar con su pregunta y se echa a reír nada más ver el gesto confuso que Ramón esboza en su rostro. Le acaricia la cara con la otra mano y se levanta.

 

   -Es coña, me estaba quedando contigo.

 

   -No sé por qué, pero creo que llevas toda la noche quedándote conmigo.

 

   -En eso tengo que darte la razón.

 

   -Y seguro que la segunda pregunta la llevas aprendida de casa.

 

Alma no puede más que sorprenderse ante la perspicacia de Ramón.

 

   -Vaya, estás en racha. A ver lo que te dura, ¿estás listo?

 

   -¿Acaso importa, puta psicópata?

 

Alma no se ofende y levanta los brazos, esta vez con fingido asombro por el arranque de rabia de Ramón.

 

   -Muy bien, se acabaron las medias tintas. Juguemos en serio.

 

Alma golpea con el martillo la madera de la silla, justo en el hueco de la entrepierna de Ramón, para que le preste toda su atención. Se inclina junto a él y le habla al oído, muy seria, borrando todo ápice de ironía o sarcasmo en su voz.

 

   -Dime Ramón, ¿cuántas veces?

 

Ramón le mira sin comprender.

 

   -Cuántas veces qué.

 

   -Cuántas veces se ha quedado sola tu mujer cuidando de tu hija mientras tú te follabas a otra, cuántas veces le has levantado la mano para abofetearle la cara –el rostro de Ramón se enrojece y se llena de rabia a medida que Alma continua con su relato-. Cuántas veces la has tirado al suelo y pateado su vientre, cuántas veces le has dicho al médico que se había caído, cuántas veces...

 

 

   -¡Basta!

 

   -Sí, exactamente eso es lo que te decía ella, pero tú no parabas, ¿verdad? ¿Recuerdas cuántas veces te suplicó que pararas?

 

Ramón inclina la cabeza, apartando la mirada de Alma y comienza a sollozar.

 

   -Mírame puto cobarde, dudo mucho que encuentres la respuesta en el suelo.

 

Pero Ramón no se incorpora.

 

Alma coloca la cabeza del martillo sobre su barbilla y le obliga a levantar la vista.

 

   -No vuelvas a casa, nunca, o quemaré este puto despacho contigo dentro.

 

   -No puedes obligarme –dice Ramón sin apenas convicción.

 

   -Sí que puedo. Lo de hoy sólo ha sido una visita de cortesía, no quieras verme trabajar.

 

   -Es mi mujer... y mi hija.

 

   -No son tuyas, no son de tu propiedad. Es lo que quiero que entiendas.

 

Alma se aparta asqueada de él. Se acerca hasta la mesa y guarda el martillo dentro de la bolsa. Saca el revólver. Después vuelve junto a un desconcertado Ramón y apoya el cañón en su sien. En silencio, amartilla el arma.

 

   -¡No, no, espera por favor!

 

Alma aprieta el gatillo... pero no se produce ninguna detonación, únicamente un sonoro chasquido que retumba en el despacho como un trueno en una tormenta.

 

Alma devuelve el arma al interior de la mochila y con el pie acerca el abrecartas a los pies de Ramón. Acerca su rostro al de él, tanto que casi pueden tocarse.

 

   -Cuando recuperes la compostura y pienses erróneamente que a ti nadie te jode y mucho menos una mujer y se te inflen los cojones de nuevo con ese dudoso valor que crees que tienes... entonces recuerda que si tengo que volver a visitarte, el arma estará cargada.

 

Ramón observa la sinceridad y la determinación en el rostro de Alma. Incapaz de aguantar su mirada, agacha la cabeza y la esconde entre los hombros mientras su rostro comienza a llenarse de lágrimas y su vejiga explota.

 

Alma se aleja definitivamente de él y con ella el sonido de sus tacones al andar.