Cuba cyber-punk (Todas las Cubas en Cuba II)

06/07/2018

Cuba cyber-punk (Todas las Cubas en Cuba II)
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Cuba cyber-punk (Todas las Cubas en Cuba II)

-Cyber-punk-. Subgénero de la ciencia ficción que plantea un futuro distópico, donde la tecnología es muy avanzada, y las condiciones de vida de la masa son decadentes. Distopía post-industrial donde la tecnología está al servicio del poder, como forma de control de la población.



“La calle encuentra sus propios usos para  las cosas” William W. Gibson “Quemando Cromo” Ed. Minotauro

 

De la necesidad hacer virtud, la capacidad de superación del ser humano ante las adversidades no tiene límites. Esa es la gran esperanza que nos queda ante la más que cercana distopía, en un mundo en el que la tecnología promete progreso, pero no hace sino acrecentar la desigualdad, donde los grupos dominantes controlan tanto la información (medios de comunicación, información digital, espionaje…) como las fábricas (medios de producción, distribución y venta) y la clase obrera es ya un oxímoron, lejos de saberse clase, lejos de creerse obrera, en el espejismo audiovisual neoliberal.

 

 

 

 

Todo va sobre ruedas

 

Es llegar al aeropuerto de La Habana, y reafirmarnos en la decisión de prescindir de los arquetípicos taxis amarillos. Nos decantamos por los almendrones (vehículos privados compartidos) que pasan rasantes por la terminal en una caza del turista que roza lo legal, pues mientras no se paren no incumplen la ley, que sólo permite a los taxis oficiales trabajar en el aeropuerto. Paramos un inmenso y aerodinámico coche blanco, prototipo años 50, algo destartalado pero con encanto, negociamos un precio razonable y ponemos rumbo a la ciudad. Las dimensiones de esos coches estadounidenses son descomunales, fruto de una ideología del triunfo, de una propaganda del exceso, un espejismo capitalista de abundancia que se puede palpar en la oda a la automoción de George Lucas “American Graffiti”. Aunque muy maltratado por el tiempo, el vehículo es agradable, formas curvas, ventanas amplias, las manetas no funcionan pero los triángulos batientes de las ventanas bastan para que entre una refrescante brisa. El conductor se llama Michael, un chico de veinte años, que conduce a turnos, tiene dos socios con los que comparte el vehículo. Nos va contando de su vida en la isla, sin muchas oportunidades, pero sin muchas penurias, le gusta Cuba, tiene esposa e hijo. Mientras nos va contando la ruta observamos el paisaje, también la parte delantera del coche, con decoraciones varias, una estampa de una virgen, una banderita nacional y otra de un equipo de baseball.

 

 

 

 

Pero lo que realmente nos llama la atención es el tablero de mandos del coche. Tiene una pantalla LED, nada de agujas cuentarevoluciones incrustadas en casquillos cromados, un dispositivo electrónico informa de la velocidad, marcha, temperatura… Cuando le preguntamos, nos explica la hazaña tecnológica que logra que estemos cruzando una autopista a cien kilómetros por hora: motor de un mercedes benz de los años ochenta traído de España, cambio automático de Ford traído de Estados Unidos y chasis original Chevrolet 51. Una auténtica ingeniería de automoción atemporal, que ensambla setenta años de tecnología, no por demostrar habilidad, sino por pura necesidad de ensamblar los dispositivos al alcance, consiguiendo lo que nos prometen inviable e imposible en el paradisíaco primer mundo responsable de tres cuartas partes de los residuos generados, el mundo del usar y tirar, garantía de comprar y comprar más, para seguir comprando.

 

 

 

Todo el transporte en Cuba recicla lo viejo con lo nuevo, caso del Fiat 126, los autobuses, motos con sidecar, carros de caballos, los huevo-taxi, bici-taxi, motonetas, camiones, siempre con piezas de aquí y allá, siempre esperando un motor que llega en un barco, parches para neumáticos, una mano de pintura… Pero en ningún otro lugar se podrá ver una plantel tan antiguo como bien mantenido de vehículos, algunos verdaderas joyas de colección.

 

Los más conocidos son los clásicos y enormes autos made-in-usa de las décadas 40 y 50, descapotables Cadillac, Chevrolet, Pontiac, Ford... con parachoques cromados, pinturas de vistosos colores y tapicerías de cuero blanco, de los cuales los mejor restaurados son destinados al paseo del turista por los lugares emblemáticos de La Habana vieja. Aquellos que no están en perfecto estado, o que han sido modificados son los llamados “almendrones” y se usan para las tareas de taxi privado, o taxi compartido con tarifas reguladas. Pero también existe otro gran protagonista del día a día de las carreteras cubanas, venido del otro lado del telón de acero, el Lada, pequeño turismo resistente y fácilmente reparable que representó el utilitario popular en el periodo de la revolución.

 

 

 

Internet viaja en avión

 

“Arleigh no parecía haberlo oído. Pero probablemente ella  nunca se había entretenido con un CD-ROM. En el tiempo  que había pasado en el Orfanato federal había llegado a enterarse de lo que eran las plataformas muertas de los media.”  William W. Gibson “Idoru” Ed. Minotauro



Ni costosos cables submarinos transoceánicos, ni emisiones multi-satelitales con colosales repetidores de señal. La isla, bajo el ajado mandato del sempiterno gobierno militar, se niega a abrirse al mundo, por lo que ofrece éste de servidumbre a los países ricos que lo dominan. De manera que internet, como red global de información, se limita de diversas maneras, una de las cuales es que se vuelve muy complejo tener una conexión doméstica a la red global, salvo que uno sea un extranjero residente en la isla, o un reconocido gentilhombre, ya sea por logros o por responsabilidad. Uno de los pocos modos de conexión de los cubanos al mundo, y con una limitación de formato, es la de acercarse con un smarphone a alguno de los puntos wifi de su ciudad, allí, con una tarjeta prepago puede navegar brevemente, y con la consecuente limitación de velocidad de conexión. Paradójicamente, un teléfono “móvil” es decir, sin cable, y una red “wi-fi”, inalámbrica, obligan al cubano medio a aproximarlas para conseguir consultar wassap, facebook, mails y demás herramientas de comunicación instantánea.

 

¿Cómo puede entonces el cubano medio seguir las series de moda, conocer hasta el último detalle de las noticias del mundo, tener acceso a películas, programas informáticos, videojuegos, tutoriales de youtube…?

 

 

 

La respuesta está en el paquete. El paquete es una reconversión de los excedentes residuales de la distopía neoliberal, en elementos de eficiencia óptima. Reaprovechar el incesante flujo migratorio de ida y vuelta Cuba-USA, y la cada vez más eficiente capacidad de los dispositivos de almacenamiento (discos duros portátiles) para llevar a Cuba tera-bytes de información en cada maleta. El gobierno cubano lo deja fluir en una figura alegal, con el pacto tácito de que no incluya ni atentados a la moral (pornografía) ni propaganda antigubernamental (made in Miami), mirándolo de reojo con una mezcla de suspicacia e impotencia, pues hecha la ley hecha la trampa, y también llegan a la isla contenidos tanto “para adultos” como subversivos. El cubano puede comprar todo el paquete, o una parte que le interese pagando un módico precio y grabándose en su propio disco duro la información. Aunque no es un fenómeno nuevo, ya se hacía un paquete en los años 80 con cintas de video beta, la frecuencia semanal, y el volumen de información que alcanzan los discos rígidos en la actualidad, le dan una dimensión muchísimo mayor. Por supuesto también podemos imaginar un disparatado cruce de informaciones de los servicios de espionaje de ambas orillas, entremezclado entre series de acción norteamericanas y magacines de farándula españoles. Y aunque poco hay que espiar ya a estas alturas de siglo XXI, siempre hay quien saca partido de los escombros de la Guerra Fría.

 

El paquete, el transporte de los contenidos digitales depositados en plataformas muertas (discos duros offline) a través de vuelos internacionales, en un flujo de información que conecta a la isla con el resto del mundo por el aire. Si bien en estos tiempos parece que todo fluye hacia la nube, el flujo de datos online, la hiperconexión permanente, parece que los cubanos han conseguido sistematizar el movimiento de información en “las nubes”.

 

 

Terror en la embajada USA

 

El lento pero constante acercamiento entre la administración estadounidense liderada por Barak Obama, y el gobierno cubano fue frenado en seco por la llegada al poder del polémico Donald Trump. Este nuevo presidente, muy dado a ganar votos en los márgenes más radicales, se metió en el bolsillo al reaccionario lobby cubano residente en Miami prometiendo tolerancia cero con el gobierno cubano. No es de extrañar que dentro de este contexto se despierten los fantasmas de la Guerra Fría, y aparezcan noticias inverosímiles capaces de crear conflictos diplomáticos y sospechas multilaterales.

 

En octubre de 2017 saltó a los medios de comunicación la noticia de que personal de la embajada de Estados Unidos había sufrido ataques sónicos. Entre acusaciones cruzadas, falta de pruebas y morbo novelesco fueron apareciendo más datos (supuestamente eran espías de la CIA las primeras víctimas), airadas reacciones del gobierno de Trump que retiró personal de la embajada acusando a las autoridades cubanas de no proteger a su personal, y estupor científico pues no hay constancia de que se pueda lograr ataques sónicos dentro de un edificio, y sin un sonido audible. Según los informes médicos realizados por personal norteamericano, las víctimas presentaron jaquecas, deterioro cognitivo, mareos, náuseas, pérdida de audición y una anómala conmoción cerebral.

 

 

 

Pasado un año el asunto sigue sin resolverse, y lejos de ello siguen apareciendo casos, tanto en Cuba como en otros lugares del mundo (no occidental). Se han elaborado múltiples teorías, desde la mediática arma sónica ultrasecreta, a la superposición de frecuencias emitidas por una “chapucera” inteligencia cubana, pero sigue siendo un misterio. La filtración a los medios de una grabación de sonido que supuestamente escucharon los funcionarios norteamericanos no deja de recordarnos a algún tramo del sonido de un módem de 56Kbps de las pasadas décadas, y si sobrevivimos a eso es difícil pensar que ese sonido sea capaz de tumbar espías.

 

La inteligencia cubana dista mucho de ser chapucera, sin contar con la habilidad de los cubanos en cuanto a hacer funcionar tecnologías de todo tipo, existe un amplio historial de imbatibilidad del pequeño país caribeño contra la nación más poderosa del mundo. Desde la fallida invasión de Bahía Cochinos, los más de 600 intentos de asesinato de Fidel Castro (que finalmente falleció en su cama nonagenario) y la crisis de los misiles, hasta Ana Montes “la reina de Cuba”, la espía que consiguió introducirse en el pentágono ejerciendo de doble agente hasta 2011, quien sigue encarcelada en una prisión de máxima seguridad de USA.

 

 

 

Sin entrar en la opción más obvia para explicar los hechos (el golpe de falsa bandera tan utilizado por USA), como teoría de la conspiración se puede hacer un aporte, y es que puede que la inteligencia cubana haya usado un arma mucho más poderosa contra los espías norteamericanos, estamos hablando de R.O.N. Esta sustancia, disuelta en cualquier refresco, y añadiendo unas gotas de lima para disimular su sabor, es capaz de provocar al cabo de unas horas jaquecas, deterioro cognitivo, mareos y náuseas. Si a eso le sumamos que La Habana tiene una agitada vida nocturna, se podría dar el caso de que los agentes, bajo los efectos de este arma química, hayan sido expuestos a excesivos decibelios de son cubano, y alguna que otra caída en la tambaleante vuelta a casa al amanecer. O tal vez todos nosotros hayamos sido víctimas de múltiples ataques sónicos de fin de semana durante años.

 

 

 

Miscelánea

 

Camera obscura

 

Escondida entre callejuelas, en una de las esquinas de la Plaza Vieja, encontramos un observatorio fuera de lo normal. Basado en el principio descubierto por Aristóteles, y desarrollado mucho después por Leonardo Da Vinci, un enorme periscopio asoma en la azotea del edificio, consiguiendo que en la habitación inferior, completamente a oscuras, el visitante pueda observar una visión a 360º de la ciudad proyectada en una superficie cóncava sin la más mínima intervención de la electricidad. Cinco siglos de historia colonial, de asedios corsarios, de oro, hierro y pólvora tras las murallas de la ciudad vieja, parecen asomar en la rotación de mar y trópico de la “camera obscura”.

 


 

 

Amanecer

 

Amanece en La Habana, me despierto con la incipiente luz y salgo de nuestra habitación en la azotea. Hace fresco todavía, es la mejor hora, y observo el paisaje de edificios heterogéneos con el mar de fondo mientras la claridad inunda poco a poco las calles. Es nuestro último día en La Habana y tengo ganas de disfrutarlo minuto a minuto, sentado en las viejas sillas de hierro pintado repaso el diario de viaje. Un zumbido de motor, lejano y constante, variable y ubicuo, rellena el horizonte sonoro de las primeras gentes, cláxons y coches pasando. Se va haciendo más intenso, me levanto esperando un helicóptero en los alrededores, pero no veo nada. Un par de minutos más tarde algo gira en el horizonte dorado del mar, una avioneta de hélice se va acercando, cada vez más ruidosa, cada vez más espectacular con sus formas de otro tiempo, su verde heroico, sus héroes tras los cristales, en ese vuelo lento sin turbinas, con estruendo de aventura. La aeronave da vueltas a la ciudad, en una trayectoria que supongo elíptica, cada diez minutos pasa, el sol sube lentamente y corro por mis cámaras. Me pongo en posición con el enfoque un poco a suertes, exposición, carretes... y por ahí va, cada vez más bajo volando, pasa por encima a escasos veinte metros, puedo ver los ojos de los pilotos, disparo, y por un momento me ciegan los reflejos del fuselaje. Hacen dos pasadas más, ninguna tan cercana, y no vuelven. Siento algún tipo de éxtasis momentáneo y corro a contárselo a Paula que duerme profunda, todavía en la noche tropical. Cuando le cuento mi hazaña al taxista, camino del aeropuerto José Martí, me dice que claro, que me habrán bañado bien, que es un avión Antonov AN-2 de la segunda guerra mundial con el que fumigan toda la ciudad contra los mosquitos del zika y del dengue.

 

 

 

Anteriores artículos de la serie:

 

TODAS LAS CUBAS EN CUBA (I) Volver a La Habana


Mikel Elejondo Oddo
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