Cuéntamelo con el susurro de un poema (IV)

Cuéntamelo con el susurro de un poema (IV)

Los versos de Juan Acebal, incluidos en su libro 'Duendes y Hadas', la prosa de Dani García,  y los trazos de Marcelino Menéndez Ablanedo, se unen de nuevo para fusionar arte, en algunos de sus ámbitos más característicos.

 

 

MIRADAS

 

Hay miradas que queman las mareas,

 

hay miradas que rompen los silencios,

 

hay miradas perdidas en recuerdos

 

y está tu mirada que llora de desdén.

 

Algunas veces me araña la tristeza

 

y no sé bien por qué.

 

 

AVATAR

 

Creo que casi nunca siento que morirse

 

sea un avatar que afecte a mi futuro;

 

medito en las mareas

 

y sus seis horas de ida

 

y vuelta, y así concluyo aseverando

 

que, si hoy muero, mañana naceré

 

de nuevo. O eso creo.

 

 

CADA DÍA

 

Ella nunca encontraba el momento adecuado para hablar con él. Al menos no sobre “eso”.

 

Tiempo atrás, paseando con la muerte, se encontró ante una encrucijada: no volver a despertar o hacerlo cada mañana del mismo día. No hubo dudas; vio en ese milagro una segunda oportunidad. “Y ahora es un castigo, fruto de una mala decisión”, divagaba a cada puesta de sol.

 

El alba convertía lo ambiguo en definitivo. Y, con el devenir de las horas, su vida narraba el mejor cuento del mundo. Al menos su favorito. Un sueño hecho realidad, desde que halló cómo y con quién sentirse plena.

 

Él siempre descubría de reojo sus miradas perdidas, y secaba alguna lágrima rezagada entre tanta aparente tristeza. Ella, para no preocuparle, lo vestía todo de nostalgia. Un disfraz recursivo que escondía una verdad difícil de comprender.

 

Cada tarde y cada noche ella sufría y disfrutaba. No sabía con certeza si mañana sería hoy, si no habría nada, o bien si quien otorgó aquel deseo se dejaría vencer por la lástima, concediéndole avanzar a través del calendario. Basaba su esperanza en un imposible, aferrándose a otro que un día dejó de serlo.

 

Tras meses de lucha interna, se aventuró a desvelar su secreto. Y él, lejos de anclarse al rechazo, o sentirse engañado, prefirió vivir ese instante como si solo existiera el paradigma del presente. Y se quisieron, besaron y abrazaron como nunca.

 

Pero… “Siempre hay un pero. Desde que el miedo a perder acabó con mi afán por ganar”, pensó ella, antes de cerrar los ojos.