'De capa caída'

'De capa caída'

Nací en un planeta establecido a millones de años luz de vuestro sistema solar. No me voy a molestar en revelaros su identidad utilizando uno de esos nombres ficticios que inventáis para determinadas cosas. Me produce enorme risa recordar cómo bautizasteis a algunos planetas, galaxias, soles, lunas, u otros objetos del universo que he visitado, y os haría sentir vergüenza ajena si os confesase cómo se llaman realmente. Hace muchos años llegó a parecerme interesante la utilización para ello de la mitología, con dioses griegos, romanos, egipcios, o de culturas trascendentales de vuestra historia. Pero me supera el uso absurdo actual de las nuevas denominaciones, que convierten a importantes cuerpos celestes del universo en matrículas de coche. Sinceramente, merecían un final más digno.

 

En una de las miles de misiones que mi raza viene realizando por diferentes galaxias, desde hace largo tiempo, tuve la horrible fortuna de sufrir una avería en mi nave, ocasionada por un absurdo satélite GPS terrícola que bloqueó tanto mis controles como el sistema de navegación, inutilizando los mecanismos de aterrizaje. La hostia fue importante, la verdad.

 

No sufrí daño físico alguno gracias a mis virtudes innatas, potenciadas de manera sublime por el clima de este planeta junto a las emisiones que recibo en mi cuerpo por la colisión de los rayos de vuestro sol con la capa de ozono, mezclado con el oxígeno y el dióxido de carbono. Lo cierto es que me he inventado esto último que acabo de contar, porque no tengo ni puñetera idea de las razones por las cuales mis dotes naturales son ahora unos poderes sobrehumanos ilimitados.

 

Llevo esperando un rescate más de ciento siete años, aunque mucho me temo que hasta otros ciento catorce no me rescatarán, debido a un pequeño rifirrafe con el administrador de señales y comunicados galácticos de mi sector. Debido a mi personalidad y excesivo egocentrismo, hay muchas posibilidades de que tenga que quedarme aquí hasta que ese imbécil me perdone, o bien tendré que esperar la llegada de la próxima misión a La Tierra. Mi carácter quizás sea agrio, pero si conocieseis a ese tipo, acabaríais nombrándome presidente, os lo aseguro. Alguien que se enfada con otra persona por haber adquirido mediante subasta su nave, tras haberla perdido por una investigación de impago de impuestos que, casualmente, dirigía yo, es un ser con muy poco desarrollo autocrítico.

 

Seguramente os preguntaréis por qué he hablado de años y el tiempo que llevo en vuestro planeta con desconcertante normalidad, pero todo tiene una explicación, por supuesto. Mi esperanza de vida supera los mil quinientos años vuestros, que aumentados por los efectos de vuestro planeta sobre mis constantes vitales, podría llevaros a soportarme unos cuatro mil años terrestres. Si no soy rescatado antes, claro, aunque es muy improbable (en ese caso, que se muera el idiota moroso administrador de señales y comunicados galácticos).

 

Por alusiones, nunca he comprendido las historias de ficción que la humanidad desarrolla en torno a los superhéroes, o héroes en general. Desde mi perspectiva, todo está enfocado desde una inseguridad absoluta, así como por un marcado síntoma progresivo que deja al descubierto lo débil que es el ser humano, a grandes rasgos. Me provoca una vergüenza ajena abrumadora contemplar a tantos mitos pop vestidos con trajes de licra, bañados de  colores chillones. Muriendo para más tarde revivir, así una y otra vez, durante décadas. Todos con sus divertidos álter egos, creados tramposamente para mostrar lo terrenales que pueden llegar a ser, desbordados por debilidades, enemigos, armas mortíferas, etc.

 

 

Ni qué decir tiene su desmedida necesidad de relaciones, sexuales o formales, con terrícolas. Puedo llegar a entender, hasta cierto punto, a aquellos que adquirieron sus poderes por accidente, catástrofes, o algún suceso extraño. Pero los lazos entre extraterrestres y humanas/os me producen náuseas. Salvo algunas mentes enfermas, bajo tratamiento médico la mayoría, me resulta inadmisible que una tortuga, por ejemplo, practique sexo con un calamar, o un tigre con una cebra. Es asqueroso, ciertamente. Por mucho que la apariencia física sea similar. No concibo que una mujer con poderes sobrenaturales acabe casada, engendrando hijos inclusive, con un ente artificial creado por un programa de ordenador, por mucho músculo que luzca. Hay muñecos de goma con posibilidades parecidas, que no dan disgustos ni malas contestaciones. Como ser vivo de otro planeta, recluido en este planeta loco por pura mala suerte,  y poderes reales similares a los que inventáis, puedo decir que la realidad es muy diferente.

 

Hubo días en los que me planteé crear un traje ajustado de esos que tanto os gustan, para presentarme ante vosotros. Tras ver en dos o tres películas la probable y previsible reacción por vuestra parte, lo descarté. Acabaría convertido en un dios, siendo responsable en el futuro de guerras santas o cosas similares, lo que no me apetece lo más mínimo. Bastante me desespera el comportamiento humano, día tras día, con multitud de situaciones que se producen en la sociedad, o con cosas tan banales como el deporte.

 

A veces me gustaría grabarme con una cámara para mostrar en todas las pantallas del planeta entero la carcajada que me produce ver las peleas entre hinchas de unos equipos u otros, así como las batallas dialécticas que se muestran en la prensa. Una vez observé y escuché a un tipo extraño alabar la reacción pasiva de un invitado, en un programa televisivo, ante un brutal insulto que recibió por parte de otro. Justificó su admiración añadiendo “por menos de eso han matado a gente en mi barrio”. Y he hecho mía esa genial frase, porque la repito cerca de veinte veces al día, paseando por la calle o sentado frente al televisor: “por menos de eso hemos decapitado a más de uno en mi planeta”.

 

No soy ningún cobarde, ni mucho menos, pero llevo una cantidad importante de mi vida preocupándome por el bienestar del universo. He protegido suficientes ecosistemas medio muertos, o resucitado tantas formas de vida al borde la extinción, como para ahora hacer de niñera de unos seres vivos que valoran tan poco su existencia. Así como la de todos los que le rodean. Unos me llamarán comunista, o alguna estupidez propia de la ignorancia, pero lo cierto es que resulta muy complicado asumir ese rol de protector las veinticuatro horas del día, todos los días del año, así, sin vacaciones ni pagas extra. No es todo tan fácil como para vuestros supermanes o capitanes no-sé-qué.

 

Un día atrapé al vuelo a un pobre desgraciado que trastabilló en la cornisa de un edificio, colocando carteles publicitarios. Naturalmente, quiso agradecérmelo con efusivos abrazos, pero al apartarle de un empujón, en un acto reflejo sin maldad, acabó con su cuerpo planchado en una pared, con la cabeza y los huesos reventados. Qué culpa tengo yo de ser reacio al contacto en general. Me agobio mucho cuando me hacen esas cosas, reaccionando en ocasiones de una forma que ni yo mismo espero.

 

He intentado salvar a víctimas de desastres naturales, tales como terremotos, tsunamis, inundaciones, tornados, tormentas o ciclones, pero siempre me he visto desbordado; sin ideas sobre dónde resguardar a la gente afectada. Eso me llevó a optar por intentar evitar esas catástrofes, pero la naturaleza de este planeta es muy caprichosa cuando se ve alterada. Al intentar frenar una cosa, surgió otra en otro lugar, por el efecto rebote, o mariposa, como lo llamáis vosotros. Soy extraordinariamente rápido, pero esos múltiples castigos climáticos quedan fuera de mi alcance, máxime cuando no he aprendido todavía a controlar la tele-transportación. En la serie esa de viajeros terrícolas vestidos con pijamas que recorren distintas galaxias, salvando civilizaciones enteras en una nave de risa, parecía muy fácil. Pero puedo garantizar que es algo imposible de hacer sin los recursos necesarios.

 

 

Volviendo al tema de la protección utilizando mis poderes, lo cierto es que he sufrido temporadas de depresiones muy graves, por la frustración que me provoca el fracaso. No podéis haceros una idea de lo doloroso que es saberse todopoderoso y no ser capaz de satisfacer las necesidades de los que en realidad me necesitan. Por ello, en una ocasión acudí a una psicóloga, para abordar una de las más duras rachas que he tenido. Fue una experiencia desesperante, porque es altamente complicado plantear problemas utilizando símiles o metáforas, sin parecer un imbécil supremo o loco de remate. Todo para no revelar a aquella mujer el secreto de mis poderes, que bien podría provocarle un infarto, o una llamada al psiquiátrico más cercano. Fallé en el planteamiento de compararme con un cuidador de zoo primero, pero no me fue mejor con el de agente secreto al servicio de la ley, porque ¿cómo introduces tus capacidades y ganas de proteger sin parecer un obseso sexual o un prepotente?

 

Le di muchas vueltas, pero acabé adoptando por la opción más sencilla, que es la de no involucrarme. Pasar de todo, vamos. En una película del individuo ese del planeta Kryptón, el padre del protagonista, interpretado por el genial marciano Marlon Brando, le lanzaba un aviso a su hijo desde el más allá, o desde el pasado, en el cual le advertía que no debía inmiscuirse en la historia de los hombres. Él obvió por completo el consejo, pagando muy caras las consecuencias en múltiples ocasiones. No solo por los problemas que desoír aquella misiva le supuso, también por el castigo que fue para los espectadores sufrir películas posteriores. Y por eso, yo sí decidí aplicarme sin excepciones la recomendación.

 

Eso no quita que alguna vez haya auxiliado a alguien, apagado algún fuego, o impedido ataques terroristas por todo el planeta, porque sería actuar en contra de mi naturaleza. Pero no quiero abusar, dadas mis desequilibrantes ventajas con respecto a vosotros, ya que mi ocasional necedad podría acabar por convertirme en un ser cruel y despiadado. Tanto estaría abusando de mis poderes por derroche como por omisión, así que un punto neutro siempre es lo mejor. Aunque si puedo prefiero mantenerme al margen.

 

Volviendo al tema de las relaciones con los humanos, tengo que reconocer que vuestra fisiología es muy especial, así como vuestros rasgos, pero a pesar de mis esfuerzos no he conseguido llevar adelante una fusión carnal con un humano. Primero lo intenté con un varón, pero no acabó bien, porque él no soportaba las relaciones sexuales conmigo, a pesar de adorarme como persona. Con la mujer tuve menos éxito aun, porque se enamoró en seguida de mí. Además, mi experiencia anterior me forzó a evitar el sexo, por lo que ella acabó pensando que estaba engañándola primero, para después estar convencida de que me gustaba el sexo opuesto. Me instaba a “encontrar mi sexualidad”, algo imposible para alguien que siente ganas de vomitar cada vez que piensa en llegar al orgasmo terrícola. En serio, acabo con estreñimiento por varios días, porque mis tripas se descolocan, siendo incapaz de soportar muchos momentos como esos, porque las secuelas cada vez son peores. En mi planeta tenemos algo parecido al sexo, pero no es tan cansado.

 

 

Descartada la opción de interactuar personalmente con humanos, pasé a la fase de apadrinar un animal, o varios. Adopté primero un perro, pero me sentía profundamente triste viéndole tan solitario, por lo que decidí buscarle la compañía de una hembra. Fue un desastre, que acabó en tragedia cuando la hembra entró en celo, trayendo poco después al mundo crías infinitas a mi casa. No seré muy descriptivo, para evitaros traumas o pesadillas. Pero para que os hagáis una idea: imaginad un despertador por la mañana, un día que habéis dormido fatal, con el odio que produce este al sonar. Ahora cambiadlo por doce despertadores ladrando a la vez. Seré de otro planeta, pero el dormir lo necesito como vosotros, y la mala leche es universal. Si se suma todo a mis ya mencionados problemas con el contacto no consentido, potenciados al producirse con lengua animal, las posibilidades de acabar provocando una explosión cerebral a un ser débil, como lo es un perro, son grandes. Pero por si sirve de algo, os diré que a día de hoy no he conseguido superarlo.

 

Pasé a los gatos, a los pájaros, a las serpientes, y a los peces, pero sus cortas vidas me sumieron en varias depresiones, una vez más, ya que llevo muy mal la pérdida. En algunos casos su muerte fue natural, pero en otros fue obra de mis ronquidos que, aunque suene gracioso, no lo es. Doce cámaras de vídeo, junto a trece de audio me costó averiguar que las destrucciones masivas de los pisos donde he habitado, algunas plantas superiores o inferiores en no pocos casos, eran provocados por mis fuertes emisiones de aire al roncar. Habéis visto lo que pasa cuando Superman sopla fuerte ¿verdad? Ahora imaginad que lo hace sin ser consciente, sumido en un placentero sueño…

 

También he viajado en transporte público, pero una mota de polvo en mi nariz, dada la excesiva potencia del aire acondicionado, a punto estuvo de provocar una masacre en una vía muy transitada. Así mismo, solo he intentado una vez pilotar un coche, pero me pone demasiado nervioso como para dominar los rayos de fuego que salen de mis ojos, o mi control mental, especialmente en hora punta.

 

Por todos estos motivos tuve que irme a vivir a una casa en las afueras de la ciudad, alejada de todo, sin prácticamente contacto alguno de seres vivos.

 

Sí, opté por la soledad absoluta. Pero si mal llevo la pérdida, mucho peor estar aislado. Así que, de nuevo, me he visto obligado a contratar un nuevo psicólogo al que pago tres veces su tarifa normal, y únicamente escucha y calla. Ha intentado intervenir en algunas ocasiones, pero al final ha preferido evitarlo. Al forzar la situación, y dado vuestro limitado uso del cerebro, acababa con jaquecas y migrañas importantes. Ahora solo escucha, asiente, emite algún sonido gutural para simular su inexistente interés, o finge escribir notas (poemas, en realidad, porque también es poeta), durante dos horas cada tres días.

 

De esa forma yo me siento mejor, acompañado, y mi estrés ha disminuido, al tiempo que he hecho más feliz y rico a un ser humano idiota. Hay miles de formas de hacer el bien, ciertamente, así que no veo por qué esta no puede ser considerada una válida como cualquier otra. Algunas de mis ideas puede que no sean propias de una mente superdotada, pero mis momentos de brillantez justifican en gran medida mis acciones, algo que dejaría a vuestros genios con la boca abierta. Me gustaría ver cómo lidian ellos con el inconveniente que supone acercarse a preguntar algo a un compañero de oficina, tropezar con un trozo de moqueta saliente, y acabar destrozando su mesa, ordenador, silla y su brazo izquierdo en cuatro partes. ¿Tras la ruptura de un andamio serían capaces de sujetar a dos personas que caen y dejarlas en el suelo sin reventar sus cuerpos, víctimas de la tensión adrenalítica, la presión y la sorpresa? La física es física, aquí y en el culo de un mandril.

 

A estas alturas, una de las grandes preguntas que rondarán vuestras cabezas será cómo consigo el dinero para moverme por el mundo. Lógico. Lo cierto es que he intentado integrarme al mercado laboral haciendo múltiples tareas, pero, a pesar de lo que cuentan vuestras historias de ficción, dominar unas facultades tan poderosas como las mías es algo altamente complejo. Un piloto de avión tarda años en conseguir una licencia, aprobar sus oposiciones, etc., pero, claro, el señor de la “S” en una mañana puede volar, saltar, ir a la Luna o salvar trenes y aviones. Eso no es solo ficción; es una tomadura de pelo completa.

 

Siendo sincero, diré que suelo “tomar prestado” sumas monetarias importantes procedentes de gente a la cual parecen sobrarles. Al final he comprobado que ellos no echan en falta la pérdida de unos miles de su cartera, porque al día siguiente suelen volver a tener más dinero. ¿Y por qué lo tomo de estas materialmente ricas personas? Los motivos son obvios a estas alturas: lo que menos necesita mi autoestima son cargos de conciencia innecesarios, con sentimientos de culpa por coger cosas de quien menos tiene. Eso acabaría quitándome el sueño.

 

 

La responsabilidad es vuestra, tanto por el egoísmo que os domina, como por el deseo de ser siempre mejor que el vecino, machacándole. He querido destrozar a algunos sociólogos convencidos de que la diferenciación entre clases era justa y necesaria. Eso sí, con un reloj de titanio en la muñeca izquierda, flanqueado por una biblioteca construida de roble, y un lujoso Ferrari en su garaje privado. A algunos les llevaría gustosamente a mi planeta para que viesen cómo es posible pagar lo mismo a un técnico de medios de navegación espacial que a una persona que deja impoluta mi nave. En nuestra sociedad, todos somos imprescindibles, porque no concebimos la vida de los unos sin los otros, y mucho menos denigramos un trabajo por encima de otro, por muy duro o esclavo que sea este.

 

Volviendo a mis problemas personales, admito que me he convertido en un sociópata por culpa de mis poderes; un psicótico, hipocondriaco, con unos cuantos diagnósticos de salud mental que prefiero no comentar, debido a mi pistantrofobia crónica. No sé cómo consiguen vuestros héroes ficticios de trajes ceñidos aparentar ser tan felices en este planeta, a pesar del castigo que supone saberse abandonado por los tuyos, percibiendo que nadie te echa de menos, ni extraña tu presencia. Pensé seriamente desvelar mi secreto, al menos a una persona, para no sentirme tan solo, pero tengo miedo a experimentar algún tipo de tremenda euforia que acabe por matar a alguien en un descuido o a extralimitar alguno de mis poderes.

 

Creo que mis alternativas para llevar una vida digna se reducen a sentarme en un cómodo sofá, ver televisión, series, películas o deportes, hasta que reviente o muera de aburrimiento, aunque dudo que eso llegue a pasar. Hablo con conocimiento, porque una noche de borrachera de pipermín – patético, sí, pero es lo único que me emborracha – acabé en un restaurante de comida rápida comiendo unas cuarenta hamburguesas debido a un pique con un aventajado jovencito tuneado que pasaba por allí, al que acabé llevando al hospital por una indigestión, y no engordé ni un gramo.

 

Otra opción que he llegado a plantearme es volar lo más lejos posible, hasta no poder respirar, para morir asfixiado en el espacio. Desgraciadamente, mi recuerdo de la época en que mi padre me llevó a aprender a nadar en las aguas magmáticas de una de las lunas de mi planeta, donde la sensación de ahogo fue horrible, hizo que se me pasaran las ganas.

 

La tercera opción factible me ha llevado a escribir estas palabras: venderme. No me siento capacitado para tomar decisiones acertadas en el ámbito de mi existencia, así que he decidido ofrecer mis servicios al mejor postor, sin importar la dificultad, la crueldad o lo asqueroso que pueda llegar a ser la tarea encomendada. Salvo todo lo que se refiera al sexo, por mi condición de extraterrestre, como ya he mencionado.

 

Me han ofrecido trabajar para cárteles de droga, clanes, maridos celosos, mujeres aburridas, así como para algún joven hastiado de la vida con sus padres, pero todos huyeron despavoridos al comprobar que no se trataba de una broma, por miedo a perder algún miembro o a que me volviera en su contra. ¿Lo veis? Ni malo se puede ser. Hay que aprender a serlo.

 

Finalmente he decidido establecerme cuidando a una señora de unos ochenta años, con enormes limitaciones físicas por sus reumas, infecciones, y algo de demencia senil. Pero la señora es muy simpática, además de cariñosa, fruto de haberme confundido con algún ser querido suyo, por lo que mientras ella viva, creo que no trabajaré para nadie más. Además, si tengo que disponer de mis poderes, la mujer no se entera de nada. Está medio sorda y medio ciega.

 

Si alguien tiene alguna oferta atractiva y original, mi puerta está abierta, aunque no así mi capacidad para ser paciente. Lo advierto.

 

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