De qué morimos, según las noticias

De qué morimos, según las noticias

Muchas de las palabras que en cada idioma se han ganado el derecho a la eternidad por ser fieles espejos de la realidad, están siendo relegadas y sustituidas por otras; neologismos sin raigambre en nuestra cultura pero que se llevan, como en un vendaval, algunas de las que nos han acompañado y contribuido a hacer un algo inteligible nuestro mundo. Ahí tienen los selfie, offshore, meme, frikie spoiler, entre un sinfín al que no quedará más remedio que acostumbrarse pese a que las quisiéramos en el baul de los trastos a no tardar.

 

Otras veces, son eufemismos y circunloquios los que se adueñan de la comunicación y aludiendo a las cuestiones más variadas. Por citar ejemplos, con relación a la edad, la raza, pobres cambiados en desfavorecidos, los moribundos etiquetados de terminales o las masacres enmascaradas como “efectos colaterales”. Pero hoy quiero poner el énfasis sobre el modo en que los medios de comunicación suelen referirse a los cánceres, enfermedades que en su conjunto son para buena parte de la población heraldos de la muerte pese a su distinto pronóstico y curables en un alto porcentaje. Por ello y las connotaciones negativas que lleva aparejado, se evita el propio nombre. Susan Sontag, la autora americana, describió acertadamente los subterfugios e hipocresías a que me refiero en el libro “La enfermedad y sus metáforas”. Por estas tierras, es frecuente referirse a cualquier cáncer como “Mal mal” 0 “Mal dolent”, y cuando se escribe sobre alguien que ha muerto a consecuencia de una neoplasia, habrá sido, invariablemente, “tras una larga y cruel enfermedad” que se guardarán muy mucho de nombrar; “Una grave dolencia” (a pesar de ser obvio que las leves no suelen acabar con el afectado porque en otro caso serán graves, lo que hace patente que sobra el adjetivo) o bien “”Una enfermedad que finalmente no logró superar”. Sin embargo, estos rodeos no suelen darse en otras patologías, lo que demuestra la estigmatización social del cáncer y por ello se emplea el nombre como anatema y para cargar las tintas sobre lo repudiado: “El cáncer nacionalista”, “El cáncer terrorista”…

 

 

El caso es que, pese a todo, dar la espalda al innombrable no aleja la presunta amenaza y únicamente alimenta un miedo irracional  y la angustia consiguiente, aunque repetirlo hasta la saciedad no parece que haya conseguido hasta aquí cambiar las actitudes. Por lo demás, el disfraz semántico parece extenderse últimamente a cualquier padecimiento, lo que se antoja un estúpido modo de protegernos de nuestro propio final mirando hacia otro lado. El día 2 del presente mes se publicó que Pedro Lopez, expresidente de Chocolates Valor, había muerto “Por causas naturales”. Creo que el periodista debería ser requerido para explicar cuáles son éstas si acaso las hay. Más que nada para ponernos sobre aviso. Por resumir: si hemos de normalizar nuestra percepción sobre el final de la vida ayudándonos de los divulgadores profesionales y sus enigmáticas precisiones, ¡aviados estamos!.

 

 

Publicado el 5 de mayo en su BLOG

 

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