De vuelta a casa (Arroç Brut II)

De vuelta a casa (Arroç Brut II)

Ayer por la noche entré en la autopista de vuelta a casa, y lo primero que me llamó la atención fue una barrera de nubes negras que se habían estancado en el horizonte. Sacaban a relucir la amenaza de lluvia con unos rayos que destellaban a lo lejos y yo iba en esa dirección.

 

Después de media hora de viaje, justo cuando entré en zona rural, recibí el primer estruendo de un relámpago que me hizo saber que no tenía escapatoria. Ya estaba dentro de la tormenta y, sin tiempo de asimilarlo, cayeron las primeras gotas.

 

Quedaban unos quince minutos para llegar a casa y el diluvio ya era mi acompañante de viaje. Entré en una de esas carreteras que atraviesan los campos con visibilidad nula. Tuve que reducir mucho la velocidad, e intentar adivinar lo que había pocos metros más allá de lo que alumbraban los faros del coche.

 

Casi llegando a casa pasé por un solar gigante que hay en construcción. Habían empezado las obras de un hotel, y ocuparon los lados de la carretera con grúas y material de construcción. Tuve que frenar de golpe porque, a pocos metros de aquel terreno, había un conejo en medio de la carretera.

 

Pensaba que habría quedado deslumbrado por los faros del coche, pero era la primera vez en mi vida que veía a uno bajo la lluvia. El frenazo me dejó a pocos metros de él. Pude  ver su mirada dirigida directamente hacia mí. Hice un cambio rápido de luces largas e incluso moví un poco el coche para ahuyentarlo pero nada, no se movía y no podía esquivarlo.

 

Bajé dejando el coche encendido, corrí hacia él y huyó a gran velocidad. Con tanta lluvia no pude ver muy bien hacia dónde se dirigía, pero sí que pude ver una especie de madriguera que había al lado de las ruedas de una de las grúas. Di media vuelta, empapado y volví a verlo. Se había acostado a pocos centímetros de una de las ruedas delanteras de mi coche.

 

Me agaché para recogerlo y, cuando lo tuve en mis manos, vi sus ojos negros muy abiertos y empapados. No sabía si era la lluvia o que llevaba todo el día llorando. Lo llevé a la madriguera, donde vi que había un par de orejas más adentro. Volví corriendo al coche, cerré la puerta y, con el camino despejado, emprendí el final del viaje.

 

Avancé unos metros y miré por el retrovisor. Las luces rojas traseras iluminaban la silueta de un conejo que volvía a estar en medio de la carretera, diluviando, engullido poco a poco por la oscuridad que yo iba dejando a medida que abandonaba aquel sitio.  




Foto de portada: Tià Urrea