Opinión Y después, volver a sentir...

Y después, volver a sentir...

"Puede que un fracaso sea el camino hacia un triunfo, pero el dolor que germina por dentro con esa derrota es algo que cuesta sanar. A veces no hay ni tiempo en la vida para curarlo".

 

Desde que nacemos van pasando personas por nuestro foco de visión, como los árboles y las farolas durante un viaje en tren, al mirar por la ventanilla. Unas pasan desapercibidas, otras ni nos damos cuenta que han llegado a estar cerca de nosotros, algunas se paran a hablar con nosotros, mientras que otras nos ignoran, nos aman, nos odian o llegan a conseguir que nos sintamos las personas más desgraciadas o afortunadas del mundo. Las variantes son casi ilimitadas en la vida de una persona. Pero al igual que existe gente con la cual llegaremos a compartir casi una vida completa, incluso sin necesidad de estar juntos, otra nos acaba convirtiendo en lo que somos de verdad, para bien o para mal.

 

 

Es curiosa la gigantesca influencia que ejercen en nuestras vidas las personas tóxicas, las dañinas, las que se aprovechan de nosotros, las que nos mienten, las que intentan (y consiguen, a veces) manipularnos o las que nos engañan o traicionan. Cierto es que nos influyen hasta que nosotros decidimos que lo van a hacer, pero hasta que alcanzamos ese pensamiento racional y lógico, pasamos por un auténtico calvario, en la mayor parte de las ocasiones.

 

Si nos hacen añicos el corazón, atravesándonos previamente el pecho con garras de odio y rencor, haciéndolo sangrar a borbotones, no es extraño que todo ese dolor repercuta en las posteriores personas que se acerquen a nosotros. Sería cierto entonces aquello de “pagan justos por pecadores”, pero es inevitable a veces y lógico. Si nos dicen mil veces que nuestro peinado nos sienta estupendo, que damos los mejores besos del mundo, y que nos quieren de verdad, para luego abandonarnos porque no somos lo que quieren o lo que esperaban de nosotros, cuando más adelante llegue otra persona con las mismas cantinelas ¿cómo no vamos a desconfiar? Es humano. Irracional quizás, pero de una naturaleza obvia.

 

 

Sí, cada persona es un mundo, y no es lo mismo un tequiero dicho por alguien con veinte años, que con cuarenta. Las batallas a las que hemos sobrevivido entre tanto son muchas, y de las pocas cosas que han sobrevivido mientras en nosotros han sido el escepticismo, la desconfianza, y los muros de protección. Por el camino han quedado en coma la autoestima, el amor propio, la dignidad y la seguridad en nosotros mismos. Así que, cuando alguien nuevo aparece en nuestras vidas, lo que se suele encontrar esta persona, es un cúmulo de sentimientos y sensaciones que, en función de las circunstancias que sucedan a partir de ese momento, logrará desligarse de las heridas del pasado, o bien acabará cerrando la puerta a nuevas plausibles amenazas, que en realidad solo son bienes para nosotros. Solo que no lo percibiremos, en un principio, o, en el peor de los casos, ni daremos la oportunidad de que nos demuestren su enorme valía. Perderemos muy probablemente con esa actitud a personas que podrían haber conseguido que el pasado no fuera ni un mal recuerdo.

 

Porque existen esas personas, aunque no lo parezca. Son almas que se muestran siempre desnudas, sin máscaras, velos, disfraces o caretas, sin dar ni lo mejor ni lo peor de sí mismas. Dan lo que hay, ni más ni menos, y lo que tienen Y eso alimenta la humildad, la sinceridad y el mayor bien que han creado los seres vivos: el amor. Y sin él, le pese a quien le pese, nadie puede vivir. Nadie. Empezando por el amor a uno mismo, y acabando con el que se siente por la señora que amablemente, durante años, nos sirve el café por las mañanas en la cafetería que hay enfrente de nuestro lugar de trabajo.

 

 

Dicen que el amor lo puede todo, pero no es cierto. Somos las personas quienes tenemos la capacidad de ser todopoderosas. Nosotros deberíamos enterrar las hachas de guerra en cuanto esta termina, para comenzar a labrar nuevos campos, con nuevas semillas, y nuevos compañeros de viaje. Sino, corremos el riesgo de acabar convertidos en individuos sin alma ni aspiraciones. Seres que basan su alimentación diaria en el mal ajeno, servido por su propio egoísmo y odio hacia aquellas personas, buenas por naturaleza, a las que jamás podrán alcanzar ni imitar.

 

Aunque mirando más en profundidad, estos humanos ególatras en realidad no son malos. Sino que llevan tanto tiempo alimentando su ego de forma tan desproporcionada, que cuando alguien, sin dobles intenciones, noble o feliz, les abre su puerta y corazón, les exprimen utilizando su amarga envidia, hasta que nada queda de esas personas luminosas. Y lo peor es que tras lograrlo, las abandonan, con una patada y dándolas la espalda. Hasta que encuentran otra víctima.

 

Por fortuna, muchos entes maliciosos de este tipo muestran tanto sus cartas, emborrachados de su propio narcisismo, que acaban solos. Sin víctimas a las que maltratar, en una habitación oscura, muriendo al doble de velocidad normal que el resto, porque la energía que han gastado en odiar les ha acabado exprimiendo a ellos. Por fortuna, a todo el mundo le llega la hora de recoger lo que ha cosechado, incluso a aquellas personas que solo han entregado dolor.

 

 

Acabemos con todo ese mal, pero empezando primero por la reconstrucción y reinvención de nosotros mismos. Cambiemos el ¿puedo? por ¡puedo!, una intención por un hecho, y una llamada o un mensaje por una conversación en persona.

 

Quitándose la venda que a veces nos pone un enamoramiento fortuito, una ilusión desproporcionada sin merecimiento, o fijándose un poco, a las malas personas se las reconoce con facilidad. Por eso hay que dar una oportunidad a las que claramente no lo son.

 

Pensamos que son estas, u otras similares, las que nos han roto el corazón en ocasiones, pero, ¿realmente cuando nos hicieron daño nos rompieron el corazón? Seguramente no. Llegamos a sentir lo opuesto a cuando nos enamoramos de ellas, con dolor en el mismo lugar, pero fue más fruto de la pérdida, el miedo a la soledad, a tener que comenzar de nuevo, al cambio, y al ¿ahora qué voy a hacer?, más que por la ausencia de su amor. Pensándolo bien, quizás lleváramos mucho tiempo sin estar enamorados, y sin recibir amor real, debido al estancamiento, por la ceguera que nos provoca la rutina, la fuerza de la costumbre o por miedo a “lo malo por conocer”.

 

 

 

Demos oportunidades, siempre que veamos un pequeño resquicio de luz, porque el mal y el “no” ya los tenemos de entrada. ¿Qué podemos perder que no hayamos perdido antes? Quizás es la hora de alcanzar logros y ganar. Contando nuestros días por victorias, al menos con uno mismo.

 

La persona más inesperada, junto a uno mismo, es quien tiene la llave de esa felicidad que nos ha sido negada. Una que es feliz con un simple “buenos días”, un abrazo, y un beso que consiguen estremecerle el cuerpo cada vez que los obtiene. Alguien que se siente afortunado y agradecido con sinceridad por tenernos a su lado. Alguien que nos vuelva a hacer sentir.