Detrás de esta gente

Detrás de esta gente

El maestro de la ESO concertada que toma el café de la mañana en cápsulas Nespresso, el catedrático de universidad que se pasa la clase entera con el power point, la chica de Vic que cita a los poetas de su tierra tocando el ukelele y llora, el bibliotecario del barrio de Gràcia que no se anima a dejar el piso de su madre, el ingeniero que sólo viaja en Bicing, la chica de Sant Cugat que invita a sus compañeros de Erasmus a ver un concierto de Txarango en Begur, la vegana que hace de traductora en una clínica privada de La Floresta, el hacktivista sevillano que se hizo transgénero, la auxiliar de museo que postea vídeos de Jorge Drexler, la madre soltera de Poble Nou que coquetea con el pendejo uruguayo del 365 de la Rambla, la hermana que hace compotas, los grupos de música Che Sudaka y sus pósters de la Madres, el joyero de Sarrià que imita La Grande Bellesa en la terraza de su casa, la organizadora de eventos que se metió en la ANC y corta cartulinas con frases sobre la democracia, el vendedor de fundas de sofá del Vallès Occidental que cada año viaja a Madrid para escuchar a Bunbury, el vividor de AirBnB de todos los edificios de Barcelona que cita a Marina Garcès, el vecino que saliendo del cine Renoir hace ruido con las llaves para protestar por los presos políticos, la pareja de biotecnólogos que prueba suerte en Londres y se queja en el consulado porque no puede votar, los que comparten reflexiones de Ignacio Escolar, las que bailan “reguetón feminista”, los que dicen “soy fan”, los que hacen el camino de Santiago alternativo, todos los perfiles de Instagram políticos, Barbijaputa, Echenique, John Carlin, Jordi Évole, los artículos de opinión de Isabel Coixet, los documentales de Javier Bardem, las editoriales de Mónica Terribas…

 

 

Detrás de esta gente hay espectáculo, gestos sobreactuados, modales pretensiosos, posts solemnes, cuerpos que sólo se mueven por un sexenio o la tarjeta de descuento del Carrefour, que van a la Filmoteca una vez al mes para caretearla a los primos que no, que leen a Bauman y Savater y dicen palabras como “concordia” o “hiper consumo”, que se reían con La Hora Chanante y Buenafuente y ahora dicen “no son tan graciosos”, que aún respeta lo que hace Gabilondo, que una vez tuvo un blog donde ponían comentarios serios, que supo hacer poesía libre, que odian a Maradona y aman a Messi, que te salen con la hegemonía de los medios de comunicación para cualquier debate, que cuando se juntan hacen una mueca porque el pibe del Just Eat venía escuchando reguetón, que no dicen que piensan que sólo ellos saben votar y que si pudiesen moverían unos metros más allá al badulaque que le abrió en la esquina.

 

Dicen “una nueva legislación para los top manta”, dicen “populismo”, dicen “mal servicio”, dicen “no son las formas”, dicen “democracia”, dicen “pacto social”, dicen “periodismo independiente”, dicen “pensamiento crítico”, dicen “Je suis”, dicen “welcome refugees”, dicen “economía sostenible”.

 

 

Son los que llenan el mercado con bolsas de plástico ecológico, el shopping con cajas de papel, las universidades con mochilas de Decathlon, el Facebook con reflexiones largas, el Ikea con cochecitos de bebé. Son los que compran regalos de navidad originales en tiendas caras, los que liberan el móvil en un paki y van a escuchar conciertos organizados por el Ayuntamiento, los que creen que el Papa de ahora es más abierto, los que critican a Trump y defienden a Sanders, los que van a las charlas de Naomi Klein, los que citan a Eduardo Galeano, los que defienden a Pepe Mujica y critican a Lula, los que la pasan bien en las Gay Parades, los que viajan a Marrakech, los que separan la basura, los que se casan porque es divertido, los que estudian Antropología Cultural, los voluntarios del Vicente Ferrer, los que adoptan.

 

Detrás de esta gente no hay máquinas de guerra.