Diario de una suicida

Diario de una suicida

Me senté en aquella cornisa, con los, pies colgando al vacío y mi mente dispuesta a pensar en todo lo que me había llevado hasta allí, abrazada a mi diario y a todas mis miserias, decidida a dar el paso final...

 

"Nací cuando mi madre apenas había cumplido los 15 años, fui fruto de alguna de las violaciones que su padrastro acostumbraba en las noches de borrachera. Unas noches pegaba a mi abuela, otras violaba a mamá, y a veces incluso se atrevía con las dos cosas.

 

Mamá nunca le contó a nadie quien era mi padre, nunca se atrevió a hacerlo. A mí decidió contármelo cuando le quedaba muy poco de vida.

 

Yo tenía 16 años y mamá estaba enferma, le quedaba poco y quería irse en paz.

 

A pesar de todo fui una niña feliz hasta los seis años, edad en la que comencé el colegio, allí comenzaron mis primeros problemas.

 

Nunca supe, ni encontré los motivos suficientes para ser el centro de las burlas y bromas pesadas, insultos e incluso palizas por parte de algunos de mis compañeros. Me escondía en los baños de aquella escuela que cada día odiaba un poco más, un día sí y otro también. Pero era tan cobarde que nunca fui capaz de contarle a mi madre que era lo que me estaba ocurriendo, bastante tenía ella con sobrevivir cada día a su propia pesadilla.

 

Me convertí en una cobarde y en una mentirosa compulsiva.

 

Cuando llegaba a casa con la cara magullada y los ojos hinchados de llorar, no era capaz de decirle a mamá aquella verdad que tanto daño me hacía. Llegar a casa se convertía en mi alivio y mi válvula de escape, siendo una niña tuve que hacerme cargo de una madre alcohólica, llevar una casa y si había tiempo, estudiar.

 

 

No me gustaban ni la escuela, ni los estudios, me gustaba cuidar de mi madre, dormir con ella sus borracheras y despertarme a su lado en las mañanas de resaca. Y por supuesto disfrutar de ella en sus momentos de sobriedad, que al final fueron tan pocos.

 

Esos momentos eran los mejores, jugábamos juntas y salíamos al parque por las tardes, mamá preparaba merienda para dos y disfrutábamos la una de la otra, solo nos teníamos a nosotras, pero no necesitábamos a nadie más.

 

Mamá nunca superó aquellos años de abuso por parte de su padrastro y yo se los recordaba cada mañana al levantarme. Yo era el recuerdo de aquellas noches con aquel hombre gimiendo sobre ella, mientras ella intentaba no ahogarse con sus propias lágrimas. Se refugió en el alcohol y apenas conseguía mantenerse sobria y en pie unas horas al día.

 

La pena y la cirrosis, la mataron una fría mañana de enero con tan solo 31 años. Esa mañana, y con 16 años, me quedaba sola en la vida, una vida que había comenzado a destruir con tan solo 14 años.

 

Hasta esa edad aguanté las palizas y los insultos en el colegio, que yo excusaba en casa con caídas debidas a mi torpeza y con peleas en las que yo también pegaba e incluso en ocasiones ganaba.

 

Así pasé los primeros años de mi vida, entre palomas, borracheras y resacas de mamá y alguna que otra tarde en el parque.

 

Con 14 años recién cumplidos llegué al instituto, la ley me obligaba a estudiar hasta los 16. Allí fue donde conocí el mundo de las drogas, caí en ellas con el ansia de ser más valiente y las ganas de tener amigos e integrarme en alguno de los grupos.

 

Fueron ellos, los que yo llamaba amigos, los que me descubrieron noches de desenfreno, alcohol, drogas y sexo. Lo que comenzó siendo un coqueteo, se convirtió en un vicio que ya no controlaba y que me llevaba por el camino equivocado.

 

Me convertí en una sombra de mi madre, dormíamos juntas las noches de alcohol y aguantábamos y sobrevivíamos a las mañanas de resaca. Estas me impedían asistir al instituto con normalidad, así que medio abandoné mis estudios, pero sin embargo no hice lo mismo con aquellas amistades que tanto mal me hacían y que me llevaban directamente a terminar como mi madre.

 

En una de esas noches de desenfreno, alguien me dio unos billetes después de mantener sexo conmigo. Esa noche, entré en barrena hacia un declive que venía anunciándose hacia algún tiempo.

 

Entré en el mundo de la prostitución y el dinero fácil, y lo peor de todo es que disfrutaba de aquellas noches de sexo descontrolado y de aquellas mañanas de resaca en las que apenas recordaba lo sucedido la noche anterior. El dinero que conseguía por las noches, lo gastaba en drogas al día siguiente, entre en un círculo del que no podía, o tal vez no quería salir.

 

 

Una noche en uno de esos polígonos, donde cada una teníamos nuestro lugar, conocí a Lucas, un joven apuesto que lo único que buscaba era conversación y compañía después de un mal día. Me subí a su coche, donde conversamos durante horas, me pagó por aquella charla como si hubiera hecho el mejor de mis servicios. Al amanecer, arrancó su coche y me llevó hasta la puerta de mi casa, donde se despidió con un beso en la mejilla:

 

"Gracias Malena. Tal vez volvamos a vernos, yo sé dónde encontrarte."

 

Durante noches esperé a que Lucas apareciera de nuevo, incluso rechacé clientes pensando en que volvería para buscarme, pensé que tal vez él podría ser ese príncipe azul que aparecía en todos los cuentos que mamá me leía en las noches que estaba sobria.

 

Lucas nunca apareció, seguí con. Si noches de prostitución y mis mañanas de resaca, ya en soledad, sin la compañía de mi madre, mientras me lamía mis heridas, unas físicas y otras en el alma, estas últimas eran las que más dolían; nunca han cicatrizado del todo.

 

 

Una mañana al amanecer, cuando regresaba a casa, descalza, con los zapatos en la mano y sin apenas ya maquillaje en mi cara, un coche paró a mi lado:

 

"Buenos días, Malena". Reconocí aquella voz al instante, podría haberla reconocido entre un millón de voces: era Lucas.

 

Se bajó del coche, abrió la puerta del acompañante y me invitó a subir. Pasamos parte de la mañana en la pastelería que había al lado de casa, hablando y dedicándonos alguna que otra sonrisa. Me hizo prometerle que aquella noche había sido la última de esa vida tan miserable que me empeñaba en llevar y que me estaba matando. Él a cambio prometió ayudarme, cuidarme y protegerme: "No será fácil Malena, pero lo conseguiremos."

 

Lograría salir de aquel infierno, tenía 16 años, estaba al borde de la muerte y lo peor de todo, estaba cansada de vivir. Pero por primera vez había alguien que se preocupaba por mí.

 

Después de desayunar Lucas me acompañó a casa, para recoger algunas de mis cosas y trasladarme a su casa. Allí podría cuidarme mejor, era el primer paso hacia mi nueva vida. Aquella mañana pensé: "Malena, tu príncipe azul ha llegado, ya no tienes que preocuparte por salvarte, él lo hará por ti."

 

Durante días, semanas y meses, Lucas me cuidó, aguanto mi moño, mis momentos de debilidad, mis lloros, mis noches en vela y mis gritos pidiendo morirme. Me cuido como se cuida a un bebé y consiguió que volviera a sonreír y sobre todo me devolvió las ganas de vivir. Me compró ropa nueva, me acompañó en mis primeros paseos, me alimentó día día, para que tuviera las fuerzas suficientes para seguir luchando. Me acariciaba cada noche hasta que conciliaba el sueño y me despertaba cada mañana con un suave beso en la mejilla.

 

Conseguí salir, consiguió sacarme, nunca me pidió nada a cambio.

 

Pasado un año, el día que cumplía los 17, Lucas me entregó un vestido de fiesta, unos zapatos de tacón y un collar de diamantes con pendientes a juego. Cenicienta se convertía en princesa.

 

"Vístete Malena, salimos a cenar."

 

Su tono de voz no sonaba tan amable como meses atrás. Sonaba autoritario, así que me limité a cumplir lo que me pedía.

 

Llegamos a aquel restaurante que tantas veces había observado a escondidas desde el exterior, viendo como aparcaban coches de lujos con sus ocupantes vestidos elegantemente.

 

Alguien salió a recibirnos y ese alguien conocía mi nombre: "Buenas noches, señorita Malena, bienvenida". Miré a Lucas con cara de asombro, me devolvió la mirada y se limitó a sonreír.

 

En el interior del restaurante encontramos a un grupo de hombres ya maduros, quizás el más joven de todos era Lucas, pero todos le saludaban y le hablaban con gran respeto, como si fuera el jefe de algo, en ese momento me di cuenta que realmente no sabía nada de Lucas, no le conocía.

 

Además, había algunas mujeres, todas algo mayores que yo, pero no mucho más, también elegantemente vestidas y adornadas con joyas maravillosas. No entendía nada, por lo que comencé a hacer preguntas a Lucas, y no fue precisamente una idea acertada: "Malena, limítate a obedecer y no tendrás problemas, y por favor sonríe." 

 

Recibía esa respuesta al tiempo que yo pensaba, " ya estoy empezando a tener problemas."

 

Nos sentamos a cenar junto a algunos de aquellos hombres y mujeres, después de que Lucas hiciera las correspondientes presentaciones. Seguía sin entender nada, y deduje que aquel restaurante había sido cerrado para la ocasión, pero no precisamente para celebrar mi cumpleaños.

 

Durante la cena, me limité a escuchar atentamente las conversaciones que mantenían entre ellos. Yo simplemente sonreía y respondía con monosílabos si alguno de ellos se dirigía a mí. No quería buscarme problemas, mi intuición me decía que tarde o temprano llegaron solos.

 

Al finalizar los postres, junto a la orquesta que había amenizado toda la velada, apareció alguien vestido a modo de maestro de ceremonias, mientras un segundo individuo colocaba junto a él una urna de color negro. El maestro de ceremonias anunció que comenzaba el espectáculo.

 

Fue entonces cuando todos y cada uno de aquellos hombres sacaron las llaves de sus coches de los bolsillos y las introdujeron en aquella urna.

 

Lucas me apartó para explicarme que cada una de nosotras deberíamos sacar una llave de aquella urna y acompañar al dueño del coche, a partir de entonces podían hacer con nosotras lo que quisieran. No sé cuál sería mi cara al escuchar aquello, pero la respuesta de Lucas no me dejó indiferente:

 

"Malena has sido una puta toda tu vida, esta noche debes ser la mejor."

 

Me limité a obedecer, en cierto modo estaba en deuda con Lucas por haberme sacado de mi anterior vida y haberme salvado, me acerqué a la urna y saqué una llave, su dueño no tardó en aparecer.

 

Mientras abandonaba el local junto a aquel hombre, tragué saliva y me giré buscando a Lucas con lágrimas en los ojos, no dijo nada, pero su mirada me lo dijo todo, nunca me había querido, solo había estado preparándome para este juego, su juego.

 

Aquella noche volví a drogarme, quizás para no recordar al día siguiente, o ignorar qué me estaba ocurriendo, o tal vez para que me diera el valor que necesitaba.

 

A la mañana siguiente me encontraron en algún callejón, medio muerta. Aquel hombre al que Lucas me había entregado sin escrúpulos, ni remordimientos, me había dado tal paliza, que me abandonó creyendo que me había matado. Estaba tan drogada que ni siquiera sentí el dolor mientras me golpeaba y violaba hasta llevarme casi hacia la muerte.

 

Desperté en el hospital, sola, sin ninguna compañía y sin nadie que fuera a hacerlo. Pedí que llamaran a Lucas, pero nunca respondió a las llamadas, ni tampoco se preocupó por devolverlas.

 

Estaba sola otra vez en esta maldita vida que me había tocado vivir, o qué tal vez había elegido vivir. Tenía 17 años y estaba cansada de hacerlo.

 

Pasados unos días recibí el alta, salí del hospital y caminé hasta mi antigua casa, busque la llave bajo el felpudo y entre. Una vez allí me senté en el suelo junto al diario que había comenzado a escribir siendo una niña.

 

Después de leerlo, salí con él en la mano y caminé sin rumbo, hasta que la noche decidió hacerme compañía".

 

 

 

Esa noche es la de hoy...

 

Me he sentado al borde del abismo, abrazada a mi diario, lo único que me queda en la vida, dispuesta a saltar al vacío.

 

Hoy, con 17 años he decidido acabar con mi vida, pero la cobardía me acompaña una vez más.

 

Podría estar sintiendo el abismo y mirando al vacío desde el borde de lo alto de una cornisa, pero estoy sentada en el borde de una acera, a ras de suelo, esperando a la muerte, esa muerte que anhelo y no me atrevo a buscar. Soy tan cobarde que tengo miedo a encontrarme con ella.