Dirección de arte (Arroç Brut XI)

Dirección de arte (Arroç Brut XI)

Llegué a la casa de mi amiga Silvia sobre las cinco y media de la tarde, más o menos. Fui a buscarla, porque habíamos quedado para ir al cine. Los dos amamos las historias de ficción.

 

Toqué el timbre y la escuché gritar de fondo. No entendí lo que dijo, pero imaginé que me invitaba a pasar porque la puerta estaba entreabierta. Una vez dentro, ella seguía vistiéndose en su habitación y yo, sintiéndome en casa, me fui a la cocina a preparar un poco de café.

 

–¿Quieres un café?– Le dije cerca de la puerta de su habitación.

 

–No, gracias, prefiero palomitas con Coca Cola…–

 

Una vez en la cocina, un lugar minúsculo y mal distribuido, digno de alguien que se siente incómodo delante de los fogones, hice unos intentos en vano por encontrar lo que necesitaba.

 

Mi primera sorpresa fue descubrir que el horno era de cartón. Sí, cartón. Lo mismo que el microondas, los muebles y la nevera. Y la cafetera que había visto de lejos, estaba dibujada en la pared. Toqué aquel dibujo y brotó en mí una carcajada, porque sabía que Silvia era capaz de aquello. Fui al salón a esperarla y la rapidez del atardecer invernal me obligó a encender una lámpara. Aquello sí que empezaba a ser muy surrealista. No solo la lámpara era de cartón: los sofás, la mesa, las sillas e incluso una de las ventanas también lo eran.

 

–Silvia! ¿Qué es todo esto? ¿Vives en un decorado?–  dije tocando uno de los sofás.

 

–¿De qué estás hablando?–  dijo mientras salía de su habitación abrochándose la camisa.

 

Yo estaba cerca de la ventana, la real, y me quedé hipnotizado con un pájaro que veía a lo lejos. Eso parecía, pero me di cuenta de que en realidad era un muñeco colgado de un hilo de pescar que se movía con el viento. Al descubrirlo vi que los edificios de enfrente estaban pintados sobre una tela gigante. Había coches, farolas y cabinas de teléfono dibujados en diferentes paneles de madera sostenidos por escuadras. Un relámpago inesperado me despertó de aquel estado. La lluvia tardó muy poco en empezar a caer, y manchar las fachadas. Un par de minutos más tarde la pintura empezó a deslizarse y deshacer todas las figuras que formaba.

 

La ciudad desapareció en nada. Nos quedamos a oscuras y Silvia susurró:

 

–No te preocupes, todo eso es superficial–






Los relatos de Pato Conde.

Foto de portada: Tià Urrea