Dos amigos, un barrio

Dos amigos, un barrio

Inspirado en el famoso Inventario que José Emilio Pacheco publicó durante décadas en la prensa mexicana, Juan de Frono comienza con esta entrega un inventario personal de inquietudes y lecturas, de gustos y pasiones. Un inventario donde los temas se suman, se restan, se multiplican y se dividen. Para crear un juego que, aunque “matemático”, aspira a todo menos a la exactitud.

 

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Un fragmento más otro

 

Sumar. Eso hacía José Emilio Pacheco. Sumar en su columna Inventario que publicó durante cuarenta años en diferentes diarios de México. Como todo gran poeta, intuía que el mundo se rige por una aritmética secreta. Sumar amores. Restar amores. Multiplicar y dividir soledades.

 

Ya Umberto Eco recordó, en su libro El vértigo de las listas, la costumbre humana de enumerar. ¿El mundo es sucesivo o simultáneo? En cualquier caso, es una suma de cosas. Un inventario. Y por ser esto también es un juego de azar y vértigo en el que intervienen las operaciones básicas que aprendemos de niños. Suma. Resta. Multiplicación. División.

 

El último inventario de Pacheco, antes de morir el 21 de enero de 2014, fue sobre Juan Gelman, poeta argentino con el que compartió calle, barrio, ciudad y país. Y el mismo mes y año de muerte. Y, desde luego, una maestría envidiable con la palabra. Se tituló “La travesía de Juan Gelman”. Y en él, como en muchos otros inventarios, demostró su capacidad para seleccionar datos y hechos, como un luminotécnico en un teatro, y resaltar con precisión lo mejor de un asunto.

 

Su operación era: ver algo en su complejidad y amplitud mediante la distancia de los fragmentos. Y sumar.

 

Un fragmento, otro fragmento, otro. Y en esta suma darle al lector la posibilidad de aprender. Saber por ejemplo que cuando Gelman nació, en 1930, comenzó la leyenda de Marlene Dietrich o el consumo de cigarrillos llegó a 11 mil millones. Y es que una lista, una enumeración o un inventario apasionados se tornan siempre, por cortos que sean, infinitos y mágicos.

 

Y magia hizo Pacheco. Hasta infinitos.

 

Colonia Condesa 2009 (Por Mikel Elejondo)

 

Quitar esos libros

 

Esa mañana José Emilio Pacheco se quedó solo en su casa. Su esposa Cristina, una reconocida periodista mexicana, se despidió de él con la siguiente advertencia: “No hagas tonterías”. Esto lo contaría ella misma después de la muerte del poeta. Y la advertencia era fundada: Pacheco, de setenta y cuatro años, padecía algunos percances que le impedían caminar con facilidad.

 

No hizo tonterías. O sí. Pacheco intentó ir hacia a su computador para enviar la columna que le había dictado a Cristina, aquella última que hablaba de su amigo y poeta Juan, que había muerto esa semana. Logró hacerlo, pero luego de pasar algunas horas (se lo contaría a su editor por teléfono) tratando de ponerse de pie, pues se había caído.

 

Juan Gelman (Por Daniel Mordzinski)

 

Algunos pasos. Unos libros. Desequilibrio. Un golpe.

 

En la noche se durmió y no volvió a despertar. Y murió tres días después.

 

Intentando enviar su Inventario tropezó con algunos libros (en varias de sus fotos más recordadas los libros ocupan todo, desde el suelo hasta el techo, regados y desordenados). Tropezó con ellos y se golpeó la cabeza. Y si se pudiera restar de la vida: se quitarían del camino esos libros. Para que el poeta siguiera avanzado hacia su lugar, sin desequilibrio, sin golpe, sin sueño. Y sin el final final de sus versos.

 

Pero tarde o temprano. “Tarde o temprano -escribió él- a todos nos espera el naufragio”.

 

José Emilio Pacheco (Por Rogelio Cuéllar)

 

En toda la Mancha

 

Multiplicar dos excelentes poetas por un barrio. 2 x 1. Igual al mismo barrio y más: un barrio imposible.

Igual a dos obras inmensas, que rebasan la calle, el barrio, la ciudad.

 

José Emilio y Juan eran vecinos en la colonia Condesa de Ciudad de México. El argentino llegó al país de Pacheco en 1988. Después de años de exilios, a causa de la dictadura argentina, regresó a Buenos Aires ese año. Pero el amor le cambió su rumbo, y aplazó para siempre el reencuentro con su ciudad. Se enamoró de Mara, su última esposa, y por ir tras ella terminó quedándose en México. Y algo más: fortaleciendo su amistad con el poeta de “Alta traición”.

 

Existirán pocos barrios parecidos en toda la Mancha. La Mancha: de España a Argentina. Aquellos que concentren en un espacio tan reducido el centro de escritura de dos o más poetas de gran vuelo. Como Condesa. Punto de origen de tantos poemas inolvidables.

 

E inolvidables son unas palabras de José Emilio. Palabras en una respuesta cuando, al recibir el premio Cervantes, se le recordó que era uno de los mejores poetas de la lengua española. “Pero si ni siquiera soy uno de los mejores de mi barrio. ¿No ven que soy vecino de Juan Gelman?”.

 

Colonia Condesa 2009 (Por Mikel Elejondo)

 

División poética

 

Todos los grandes poetas se parecen en sus mejores poemas. En otras palabras: la buena poesía comparte el mismo origen mágico y terrible, como escrita por una misma mente y una única mano. Una mano invisible. Poesía que resuena con la misma furia contra la muerte y el tiempo.

 

Todos los grandes poetas se parecen en sus mejores poemas. Pero no así sus personalidades.

 

Alguien dirá: hay poetas excelentes y no tan excelentes personas. Y hay excelentes poetas que son, a su vez, seres admirables.

 

A esta última categoría pertenecen Pacheco y Gelman. Pero quien escuche algunas de sus entrevistas (en Youtube hay varias) se enterará de otra división poética. El argentino y el mexicano pertenecen al grupo de los poetas corrientes. Y corrientes según la definición que da la Rae: “Dicho de un persona: de trato llano y familiar”. Y en contraposición a aquella imagen decimonónica, quizá surgida mucho antes, pero reforzada en aquel siglo, del poeta excesivo y alado. Y ni lo uno ni lo otro. Los dos amigos de la colonia Condesa fueron y parecieron señores normales que escribieron versos. Y armar poemas fue un simple detalle en su vida, que no los hizo locos, malditos o raros. Ni excepcionales.

 

No fueron poetas que crearon un personaje y se dedicaron a pasearlo por el mundo, vociferando. No. Confirmaron con sus vidas discretas y austeras que la fama no empobrece a un gran ser humano. Y que esa misma fama divide el mundo de los poetas, de los buenos, en dos: de un lado los que pisan muy duro en el mundo, como obligando a que la tierra recuerde sus pasos, y los que van leves, con su humildad, sin peso, apenas rozando la hierba.

 

Aunque a la poesía, desde luego, no le importa esto. El tiempo borra la mayoría de los detalles. Y solo permanece ella. Imprescindible.

 

Pero, para un lector contemporáneo, es bueno saber que a veces es posible una alegría: que quien te emociona con sus versos también te emocione con su existencia. Con sus acciones llanas, admirables y justas.

 

Para saber más sobre los poetas sigue estos enlaces:

 

Link 1 (José Emilio y Juan juntos en la presentación de dos libros infantiles, publicados en la colección “Había otra vez”.

 

Colonia Condesa 2009 (Por Mikel Elejondo)

Link 2 (José Emilio al recibir el premio Alfonso Reyes, leyendo uno de los discursos más divertidos y bellos que se pueda escuchar).

Colonia Condesa 2009 (Por Mikel Elejondo)

Link 3 (Un documental sobre José Emilio Pacheco, producido por el Colegio Nacional de México).

Colonia Condesa 2009 (Por Mikel Elejondo)

Link 4 (documental sobre Juan Gelman, producido por TV UNAM)

Colonia Condesa 2009 (Por Mikel Elejondo)

 

Fotografía de portada: Juan Gelman y José Emilio Pacheco (Imagen del diario LaJornada)