2008. La ilusión ha muerto

2008. La ilusión ha muerto

Existe una contradicción actualmente. Vivimos en un modelo de existencia cuya máxima residía en ilusionar mediante la obtención de objetos: cosas, mercancías, bienes. La mercantilización de la existencia, como explicó Marx basándose en la filosofía hegeliana, dio paso justamente a esto, el “sistema” de existencia hoy, nuestra actualidad capitalista. Pero –y volviendo a Marx, pero desde otro lugar- la contradicción se ha hecho carne en esta última década, más precisamente desde los años de la última crisis, con el crash de la subprime en EEUU. Pasamos a explicarnos.

 

EL SER Y LA COSA

 

Como ya se sabe, la obtención de objetos –mercancías- mediante la inversión privada de su reproducción fue, como ya explicaron historiadores y sociólogos como Hobsbawn, Bourdieu o Fontana, la base sobre la cual el “sistema” de la burguesía se reprodujo social y económicamente durante los siglos XVIII y XIX. En un devenir difícil y zigzagueante, esta forma de mercado a pequeña escala –comparado con el actual globalizado- dio a nacer lo que fue denominado por la Historia como “proto-liberalismo”, es decir, la etapa anterior, el origen, de nuestro actual neo-liberalismo.

 

A fuerza de imposiciones, colonizaciones y exterminios, con el correr del tiempo el modelo se exportó por las distintas partes del globo, emplazando, poco a poco, la idea del Ser mediante la de la mercancía, es decir, la cosificación de la existencia, la “mercantilización” de la vida humana.

 

 

A principios del siglo XX, sin embargo, este primer liberalismo sufre una transformación muy grande, una “actualización” de sus fundamentos que luego vuelve a repetirse a mediados de siglo. Las dos guerras europeas, denominadas “mundiales” por sus implicaciones en el resto del globo –justamente, gracias a esa “exportación” antes mencionada a base de colonizaciones mentales, culturales y económicas- escenifican estas re-articulaciones tensas que sufre el modelo de producción burgués, teniéndose que rearmar bajo una nueva forma-interpretación para sobrevivir ante la amenaza de otros ismos.

 

La forma en que lo lleva a cabo es a través de la extensión del crédito, es decir, inyecciones de dinero –Plan Marshall, New Deal- donde la conquista del objeto, la mercancía, se expande y desborda hasta alcanzar a clases sociales más bajas, concretamente la clase media y las clases medias-bajas, es decir, los hoy denominados PYME o pequeño burgueses.

 

Estos nuevos sujetos históricos no acceden, sin embargo, a la cosificación de su vida igual que la alta burguesía: el liberalismo enriquece, pero no a todos. Lo hacen a través de préstamos, transferencias de dinero, bonos, inversiones de capital, créditos: en resumen, mediante la bancarización de sus riquezas, que se vuelven más dependientes e institucionalizadas de organismos financieros. Los bancos, así, ya habiendo sido claves al principio del proceso, se vuelven ahora protagonistas fundamentales del nuevo viraje-interpretación.

 

Gracias a esta evolución necesaria del capital para su supervivencia, la ilusión de la obtención material continúa reproduciéndose, esta vez en aquellos grupos sociales que no participan a través de su capital propio en la riqueza de sus economías, sino mediante pequeñas concesiones en forma de crédito y préstamos temporales, a devolver. Su devenir “cosa” es, por tanto, distinto: surge casi de una dependencia, una ligazón a un sistema industrial-financiero incipiente más o menos fluido, haciendo girar la rueda de ese “capital que llama al capital” adorniano.

 

Las cosas vuelven a complicarse, sin embargo, décadas más tarde, cuando estalla en la década de los ´70 la denominada “Crisis del Petróleo”. El sistema liberal, golpeado por las distintas tensiones internas (estancamiento con inflación, independencias africanas, clases medias alborotadas, obreros organizados, crisis en el Medio Oriente…) se ve obligado a re-escribirse de nuevo. Al contrario de otros modelos, el Capitalismo sabe lavarse la cara.

 

Lo que se crea en esta nueva ocasión no es más que una re-creación del anterior mecanismo, por ello el nombre de lo que surge en esos años, el Neoliberalismo, le hace honor a su concepto original. En esencia, el mecanismo que se adopta es el de la financiarización de una nueva capa social, las hoy denominadas “clases medias-bajas”. Estudiantes, taxistas, enfermeras, empleados de tienda… estos serán los nuevos sujetos protagonistas del viraje, consumidores de objetos que, por su gran cantidad, masifican y popularizan la cosificación del ser. Nace la denominada “cultura de masas”.

 

El nuevo modelo consigue ilusionar gracias a los nuevos necesitados venidos de la antigua URSS, las clases medias del Tercer Mundo en Sudamérica y Asia, trabajadores autónomos y empleados públicos de EEUU, hijos de obreros en la Europa del bienestar... La fórmula neoliberal funciona, y la bocanada de aire que representa el nuevo liberalismo se explaya hasta principios del siglo XXI, gracias a la fuerza del “fin de la ideologías” post-guerra fría y el puño de no pocas dictaduras en el llamado Tercer Mundo.

 

LA COSA Y EL SER

 

En el 2008, sin embargo, todo cambia. ¿Qué ocurre?. El sistema crediticio de las sub-prime, bonos basura, estalla en la casa imperial, New York, y el Neoliberalismo, que venía más o menos piloteando sus constantes tensiones (desigualdades cada vez más grandes, calentamiento global, crisis del Estado del Bienestar…), se encuentra no sólo con un nuevo crack en su interior sino que, además, le surgen –de nuevo, cuando nadie lo esperaba- una nueva revuelta social… de hipotecados.

 

 

Ante esta situación, el neo-capitalismo no puede seguir con la misma fórmula financista, ya que ésta ha sido el origen del problema inicial: pobres que no pueden pagar sus deudas, o dicho de otra forma, acreedores que prestan a futuros deudores. Así, llegamos a la contradicción que mencionamos al principio del artículo: no se crea ilusión de compra –mercancía, arribando a la felicidad a través del emplazamiento del Ser por la Cosa, por lo tanto el “sistema” queda bloqueado, no puede continuar con el mismo modelo que le permitió sortear previas crisis.

 

Así, llegamos finalmente a la en apariencia superficial situación de que un estudiante europeo–potencial clase media- no pueda devolver el préstamo para realizar el Máster que el contexto le obligó a tener, o de que un administrativo de la Asia incipiente no consiga mantener la hipoteca de su piso de dos ambientes a las afueras de la ciudad, o de que un joven brasilero o mexicano se vea imposibilitado de irse a vivir solo y extienda su vida adulta bajo el lecho familiar, o de que el inmigrante en busca de posibilidades en el Primer Mundo ya no pueda enviar dinero a sus familiares en su país de origen porque apenas llega para mantenerse él mismo.

 

SIN ILUSIÓN NO FUNCIONA

 

Como vimos, la ilusión fue una arma de reproducción-continuación para esto que denominamos “sistema”, donde la mercancía, previa materialización de la vida, simbolizaba bienestar (personal, social, estética). Hoy, sin embargo, esto ya no es así: las clases medias y medias-bajas en muchos países del Primer y Tercer Mundo no arriban al crédito tan fácilmente, y su trabajo, que antes le reportaba la decoración de la casa o las vacaciones en Mallorca, hoy y desde el 2008 ya no cunde.

 

 

Surge la pregunta, entonces: ¿cuánto puede durar este modelo cuya fórmula se ha visto caduca?. ¿Cómo se logra hacer sobrevivir algo cuya máxima ya no funciona?. Y sobretodo: ¿Bajo qué nueva base-modelo de vida puede recrear la ilusión este neo-capitalismo endeudado y en crisis?.

 

Estas son preguntas que deberían interesar no sólo a aquellos que quieren seguir ilusionándose con lo mismo, sino –y sobretodo- para los que, desilusionados del todo, se despiertan cada día soñando con otro proyecto de mundo.