El alimento silencioso de Chloé Tiravy

24/04/2018

El alimento silencioso de Chloé Tiravy
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El alimento silencioso de Chloé Tiravy

“Antiguas baladas alimentaron mi silencio”
Alejandra Pizarnik

 

Desde niño, siempre he amado las mesas de verano, con sus hortalizas, su fruta jugosa y apetecible dispuesta ante los comensales. El silencio en la casa fresca, la mirada de colores vivos, la mano de la madre pelando una naranja. Pequeños gestos delicados, tal y como los mira y nos los ofrece Chloé Tiravy en sus luminosos pasteles.

 

Pero hay algo en ese silencio inquietante, una puerta quizá se cierra de golpe, un pájaro levanta el vuelo, un viento de una tormenta lejana. Tormenta incierta.

 

 

Chloe Tiravy es una artista difícil. ¡Quién nos lo iba a decir! Porque lo que vemos en su trabajo, lo podemos entender todos perfectamente. Pero por eso no queremos verlo.

 

En su dificultad de mujer artista se une que es figurativa y reivindica lo clásico como algo vivo de lo que seguir aprendiendo. Su trabajo surge de una mirada, plena, silenciosa y misteriosa, de lo cotidiano, de lo cercano. Quizá otro pecado añadido en estos tiempos de palabrería obtusa.

 

 

Su técnica es impoluta, no tiene mácula. Busca la perfección en el uso del pastel como si fuera óleo. En el grabado son sus líneas tintes reflexivos.

 

Me gusta mucho que coincida su exposición, estos días en Madrid, con la que se muestra en la Mapfre sobre la amistad entre Derain, Balthus y Giacometti. Pues Chloé podría haber sido la cuarta amiga. En todos ellos coincide el amor por lo bien trabajado, por encontrar el misterio de la pintura. Por huir del mundo de los ruidos y ver pasar las bandadas de pájaros sobre los tejados sufrientes.

 

Me gusta Chloé porque no es segura de sí misma, es humilde. Su belleza exterior iguala a la de su interior. Pura poesía de niña hipersensible. De mujer, al fin, plena y erguida.

 

Sentémonos a su mesa, disfrutemos de su banquete. Miremos lo de siempre con ojos nuevos, ojos de verano y de infancia. Ojos de poesía sin estridencias, sin pretensiones. Dejémonos llevar por la sensualidad cruda que emana de su mirada. Un ansía cruda por amar y ser amado. Que las antiguas baladas alimenten nuestros silencios. Que ella baile, como dice Ricardo Lezón, por las noches, que recoja el viento y lo convierta en sentimiento.

 

 

La obra de Chloé Tiravy bebe de lo clásico, pero entendido como un poderoso estímulo para entender lo diverso de nuestra sociedad.

 

El grabado y el pastel son sus herramientas. Pero en sus manos son nuevas formas de creación.En sus grabados surgen rostros, figuración y línea como manchas poderosas de tinta. Y trata el pastel como pintura. Sus figuras son trazos de color. Casi como Velázquez, cuando te acercas a sus cuadros, son todo pinceladas de color.

 

 

Así Tiravy construye retratos realistas profundamente mágicos. Una poética de lo cotidiano, casi social, casi política. Lo clásico en ella es rescatado para hablarnos de una intimidad cruda, cercana a la obra de Paula Rego o Lucian Freud. La escuela de Londres actualizada por la escuela de París y por su propia voz.

 

 

 

 

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