Recomendaciones El bigote, cotidianeidad inquietante

El bigote, cotidianeidad inquietante

"-¿Qué dirías si me afeitara el bigote?". Pareciera el ingenuo comienzo de una novela -si acaso se la pudiera denominar así- ordinaria, sin más pretensiones que las de lanzar al vacío una duda, la marital incertidumbre de lo que sucedería si el protagonista pusiera fin a la existencia de su mostacho. Pero hablamos de Emmanuel Carrère. En sus obras, o en la mayor parte de ellas -y 'El bigote' no es una excepción- los elementos más cotidianos dejan de serlo para transformarse en desasosiego y pesadilla, en un pozo cuyo abismo arrastra al lector en una vorágine de inquietantes imágenes y presentimientos que, lejos de dar la razón a sus sospechas, terminan por desorientarlo.



En esta novela, que Anagrama editó por primera vez en castellano en 2014 -la publicación original vio la luz en 1986-, el autor francés invita al lector a unirse al espanto de su protagonista cuando, tras decidirse a dar un cambio a su anodina imagen de siempre, es testigo de la indiferencia de su mujer que, más allá de su impasibilidad y ante las insistentes preguntas de su marido, asegura que nunca ha llevado bigote. El torbellino se desata. Él -su nombre no aparece en todo el libro- la acusa de gastarle una broma pesada en la que quizás ha involucrado a quienes configuran el día a día del matrimonio, a sus amigos, a sus compañeros de trabajo; Agnès comienza a pensar que se ha vuelto loco -"¿a qué viene esa historia de un bigote?", "déjalo ya, ¿por qué haces esto?"-. Y, en medio de todo, porque sin duda se encuentra sumergido en el horror de los protagonistas sin saber a qué atenerse, el lector, aturdido.

 

Emmanuel Carrère



Dicen que Carrère es uno de esos autores en cuyas novelas no faltan vivencias propias y preocupaciones. De hecho, sus libros adoptan un cariz eminentemente psicológico, como ya sucediera en 'Una novela rusa' o 'Una semana en la nieve'. También con 'El adversario', espléndido retrato de Jean Claude Romand, quien durante más de quince años mantuvo oculta su verdadera identidad a su familia y a todos sus conocidos y que, alarmado ante la lógica del cada vez más cercano descubrimiento de la farsa, decide acabar en 1993 con la vida de su mujer, sus dos hijos y sus padres. Otra novela que se lee a un ritmo vertiginoso y cuya única pega, a mi parecer, es su reducida extensión: la historia del asesino en la que Carrère indagó y se volcó durante años, a lo largo de los cuales tomó contacto directo con Romand y asistió a cada una de las sesiones del juicio celebrado contra éste, habría dado para mucho más. Sobre todo en lo que a las motivaciones del acusado se refiere y al acicate que le llevó a ocultar su personalidad en un torrente interminable de mentiras. En cualquier caso, leer a Carrère es cavilar, presentir, tropezar y extraer conclusiones que quizás serán ciertas, o no, porque lo más seguro es que nos conduzcan por el camino equivocado. Al fin y al cabo, es en esta profusión de vacilaciones donde radica la esencia de su literatura.