El Domingo de las Madres, un retrato de principios de siglo

El Domingo de las Madres, un retrato de principios de siglo

Una ya olvidada celebración, el Domingo de las Madres, jornada en la que los señores solían dar permiso a sus criadas para que volvieran a sus hogares a visitar a sus familias, es el escenario en el que transcurren los acontecimientos que, de forma provocativa y absorbente, narra Graham Swift en su última novela, cuyo título hace mención al tradicional festejo. 'El Domingo de las Madres', una de las recientes publicaciones de Anagrama, condensa en 162 páginas erotismo, melancolía y luminosidad, que provocan que no pueda dejar de leerse. Apenas unas horas son suficientes para saciar la curiosidad con la que la novela va envolviendo al lector.

 

Nos encontramos ante uno de los escritores que la revista Granta seleccionó en 1983 como uno de los más influyentes de una generación que se convirtió en referente de la ficción británica, integrada, entre otros, por Ian McEwan, Julian Barnes, Salman Rushdie, Martin Amis y William Boyd. Sus nombres resuenan a talento.

 

Graham Swift

 

Muchos verán en 'El Domingo de las Madres' reminiscencias a una serie, la de Downton Abbey, y a otras tantas de época. No es para menos. La caracterización de la sociedad inglesa del principios de siglo XX -la acción sucede en 1924- es impecable y son recurrentes las evocaciones a las consecuencias de la Primera Guerra Mundial.

 

Todo acontece, además, a lo largo de un sólo día. El 30 de marzo. Durante esa jornada, mientras todas las demás criadas regresan a sus casas, Jane Fairchild, huérfana, pasará la mañana de un modo inesperado. Una llamada de su amante, Paul, el único hijo vivo de los Sheringham, quien dentro de dos semanas prevé casarse con una joven de su misma clase social, llevará a Jane hasta su lecho, donde, conscientes de que será su último encuentro clandestino, intentarán prolongarlo de tal forma que la inevitable despedida llegue lo más lentamente posible.

 

De hecho, el autor dedica decenas de páginas a la descripción de los detalles y la importancia del encuentro ("nunca -en los años de... ¿cómo llamarlo?, ¿intimidad?, ¿libertad recíproca?- habían estado tan desnudos"), mezclada con las reflexiones internas de Jane y con continuas alusiones a cada uno de los objetos que los rodean, como si estos en algún instante pudieran llegar a hablar, a juzgarles, sin que por ello la trama se torne cargante.

 

 

Todo da un giro cuando, tras despedirse, sucede un hecho de tal magnitud que cambiará para siempre la vida de la joven criada. No puede contarse cuál es la circunstancia que transformará su existencia, pero sí que a partir de entonces Jane se esforzará con ahínco por convertirse en una novelista de éxito. Y lo logrará pese a las reticencias que encontrará en el camino por parte de quienes aún no ven con buenos ojos que una mujer lea libros de aventuras, sea visible en su matrimonio o, simplemente, sobresalga.

 

Unas referencias a esta problemática que se verán ya en la primera parte del libro, cuando Jane se convierta en una prestataria asidua de la biblioteca de sus señores y prefiera leer a Conrad y a Stevenson -"¿'La isla del tesoro', Jane? ¿Para qué quieres leer 'La isla del tesoro'? Son libros para chicos", le reprende el dueño de la casa-, y en la segunda, cuando, famosa y octogenaria, los periodistas se empecinen en escudriñar los conflictos del matrimonio que contraerá con un filósofo, Donald Campion, o en saber qué pensaba no sobre "los libros de chicos" sino sobre "los propios chicos".

 

Swift consigue una vez más atrapar al lector y lo hace a modo de reflexión sobre el destino que es, a la vez, la de todos nosotros. Ya lo logró con sus aclamadas 'El país del agua' (galardonada con los premios Guardian y Royal Society of Literature), 'Últimos tragos' (reconocida con el Booker y el James Tait Black) y 'La luz del día'. La crítica ensalza su trayectoria y su última novela, una pequeña joya, promete no defraudar.