El eco de las lecciones sin palabras

El eco de las lecciones sin palabras

No me gusta hablar públicamente de este tema, pero siento que si lo hago habré expulsado parte del dolor que me paraliza los huesos y que, una y otra vez, interrumpe mi felicidad. Los que me conocen saben que puedo conversar y tratar cualquier asunto, por escabroso que sea, y sin importar la trascendencia de las palabras. Solo hay algo que me cambia el semblante, me altera y da un giro de ciento ochenta grados a mi cabeza: mi familia. Familia en primer grado.

 

Siempre sentí que mi familia no era convencional, aunque supongo que la mayoría de las personas tiene esa sensación, especialmente cuando se es niño y todo es nuevo, mágico y adorable. Pero mis motivos no eran esos, ya que mi seno familiar podría definirse con tres palabras: reproche, egoísmo y violencia. 

 

Rara fue la reunión familiar del lado paterno que no tuviera reproches, con continuos "y tú más", "pero tú dijiste", o "te recuerdo que". Tras los besos iniciales, las charlas típicas sobre el trabajo, o anécdotas del día a día, tras dos o tres vinos, o cervezas, llegaba el momento de echarse en cara cosas, de atacar, de recordar para ofender, y gritar.

 

Llegados a ese punto, y sin perder el traje del rencor, el egoísmo entraba a sala, y como un ciclón que gobierna los cielos, oscureciendo el día y llenando todo de pánico y miedo, se sentaba en la mesa para atacar uno por uno a quienes antes se devoraban entre sí, generalmente debido al pasado muy pasado, y de asuntos que no tenían ya solución. Y gritos. La navidad perdía su encanto, las vacaciones querían terminar, y solo podía desear con todas mis fuerzas entrar en mi habitación, abrazar a mi muñeco favorito o a la almohada, y cerrar los ojos para evadirme de todo. Pero no, todo seguía y la tensión siempre era mayor que cualquier gigante de los cuentos. Y más gritos. Perdí la cuenta de los meses y, en ocasiones, los años que dejé de disfrutar de mis abuelos, de mis tíos, o de mis primos. Bastante hacía con sobrevivir.

 

Todo esto se agrava cuando un miembro de la familia es drogadicto, esquizofrénico y una persona violenta, como mi tío. Que a pesar de todo, seguro que acabará enterrando a todos, el muy desgraciado. Le vi drogarse, pegar a mis abuelos, a uno de sus hermanos, gritar hasta enloquecer, amenazar cuchillo en mano con cortarse las venas si no le daban dinero para drogas, insultar, y perder el respeto a cualquiera. Tardé media vida en dejar de tener pesadillas con la noche que pasé encerrado en la habitación de mis abuelos mientras él chillaba, aporreaba y pateaba la puerta amenazando con matarnos a todos, mientras yo abrazaba a mi abuela aterrorizado. Violencia.

 

Primera lección: cómo no hay que hablar las cosas, se gana más razonando que gritando, ser honrado, compartir, y que vale más un abrazo y un beso a tiempo que un golpe o romper cosas contra el suelo. Y que la violencia solo consigue dejar una herida profunda en quien la presencia, generando miedo y secuelas impredecibles.

 

Pero la violencia en mi familia no acaba aquí. La vida tenía reservado un capítulo especial para mí a ese respecto. Qué digo un capítulo. Un libro. Un Quijote versión del director y sin cortes.

 

Hace poco tiempo supe que nunca fui un niño deseado, y que el temprano embarazo de mi madre obligó a que mis padres se casaran para evitar posibles vergúenzas y habladurías propias de aquella época. Siempre me pregunté por qué se aventuraron a traerme al mundo siendo tan jóvenes, y nunca obtuve respuestas, claro. Por fin he logrado entender la extraña sensación que me invadía desde pequeño por la cual, bueno o malo, siempre parecía haber un motivo para odiarme, culparme y castigarme, aunque desconocía si habría algo más. Asumo que para ellos llegué antes de tiempo, que no fui la niña que siempre afirmaron desear, y que no todos los hijos merecemos el cariño incondicional de nuestros padres, ni siquiera por el simple hecho de haber nacido. Sí, es duro decirlo, pero las pruebas son irrefutables, señoría.

 

No voy a explayarme demasiado con este capítulo, pero resumiré que desde los cinco años hasta los doce solo recuerdo golpes, palizas, cinturones en mi trasero y espalda, y noches eternas con miedo a dormir por si recibía más en algún momento. Mi padre decidió usarme como chivo expiatorio de sus fracasos laborales, familiares, y personales. Y con él, mi madre, sumisa y espectadora de honor, jamás movió un dedo ni dijo una palabra, a pesar de parirme y haberme gestado en su vientre durante nueve meses. Y puedo asegurar que él nunca maltrató físicamente a mi madre. Para eso ya me tenía a mí. Varias personas coincidimos en pensar que tan culpable es el violento como quien consiente sin intentar impedirlo. El punto álgido llegó con doce años, cuando tras algunos puñetazos, pasé mi primera noche a la intemperie, sin comida, apenas ropa, y sin saber a dónde ir o qué sería de mí.

 

A partir de entonces la violencia puso freno, o si siguió no la recuerdo. Y así fue como del castigo físico pasé al psicológico. Es lo de lo poco que puedo agradecer hoy en día a mi hermana: haber nacido para que los golpes cesaran. Al parecer ella calmó la sed de sangre, probablemente porque esa niña que siempre habían querido por fin estaba con ellos. O con nosotros, porque yo adoré a mi hermana hasta que tuve treinta años.

 

Segunda lección: jamás uses la violencia con nadie, y mucho menos con tus hijos. Habla, razona, levanta un poco la voz si es necesario, pero nunca les pongas la mano encima. Acabarán odiándote, temiéndote, y te juzgarán. Y como dice alguien muy sabio que conozco, no hay peores jueces que los propios hijos. Y es una verdad enorme.

 

Todavía no tengo claro si prefiero los golpes físicos o los psicológicos. No sé qué duele más. Cierto es que cuando te acostumbras a los palos, llega un momento que ni te duele, pero un maltrato verbal o emocional te acaba marcando más, dura años, e incluso puede estar dentro de la persona para toda la vida. Yo he sufrido ese tipo de castigo desde los trece años hasta los cuarenta años. Y tengo cuarenta y uno. Siempre me hicieron ver que en todo lo positivo es posible encontrar algo negativo, y si no sucede, se inventa. También se puede utilizar algo que se haya visto en una bola mágica con vistas al futuro, en ese juego de adivinos que muchos dominan y practican a la perfección, para hacerlo presente y fustigar“por lo que pueda pasar”.

 

Hasta que decidí alejarme de ellos, mis padres siempre se aseguraron de hacerme saber, y que no olvidase nunca, que era un cero a la izquierda, que no conseguiría nada y que solo adorándoles a ellos, a dios, a Jesucristo, y a la santa iglesia, tendría una paz interior plena. Nunca tuve claro si eso quería decir que haciéndome el tonto o el gilipollas conseguiría ir al cielo, o que no debía esforzarme por nada porque mi vida siempre había sido una mierda y siempre lo sería.

 

Tercera lección: premia lo bueno de los que te rodean, aprende a pedir perdón cuando te equivoques, premia lo positivo tanto o más como castigas lo negativo, y nunca, nunca hagas sentir a nadie inferior en nada porque no hay mayor humillación que hacer creer a una persona que es inútil.

 

Hasta entender y aprender estas tres lecciones conseguí varios premios demasiado gordos: una depresión que duró más de diez años; adicciones que hicieron insoportable mi vida y la de seres queridos; un divorcio con terribles consecuencias; asomarme a las puertas de la muerte tras sucesivos intentos de suicidio (en uno obtuve pase gratis tras varios días en coma); y mucho dolor y tristeza a personas que adoro, sin quererlo ni desearlo. Eso sí, todo, absolutamente todo, fue mi responsabilidad. No culpo a nadie, salvo a mí mismo, y aunque me costó esfuerzo y lágrimas, logré perdonarme. Pero siempre me ronda una pregunta: ¿habría sido algo distinto de haber tenido otra vida?  Una duda absurda sin respuesta. El inamovible pasado ya se manifestó al respecto.

 

Espero y deseo que las lecciones a partir de ahora solo tengan colores, y mucho que decir. Colores de vida, de esperanza, de amor, e iluminados por amaneceres infinitos.

 

FOTOGRAFÍA DE PORTADA: 'Gafas ensangrentadas de John Lennon' por Yoko Ono (marzo de 2013).