El Espejo Rojo: el mundo según Mefis de Ébano

El Espejo Rojo: el mundo según Mefis de Ébano

PRESENTACIÓN

 

Me llamo Mefis de Ébano, y no soy de este mundo. O al menos eso os haré creer.

 

No soy ni hombre ni mujer; asexual por fuera, hermafrodita por dentro. Y a través de mi visión objetiva, con la subjetividad otorgada por mi condición neutral, os contaré verdades cómo solo las percibo yo, sin los límites o prejuicios propios de los distintos géneros, razas, estatus, o posiciones sociales.

 

No soy ni rico ni pobre. Existo, respiro, cago y meo, al igual que vosotros; como y bebo, respectivamente siempre que tengo hambre o sed. También me masturbo si estoy cachondo, y follo cuando se presenta la ocasión.

 

Lloro, desbordado por la tristeza o la emoción, del mismo modo que río con las ironías, los chistes malos, los buenos, y las hostias absurdas que se ven hoy en día a través de Youtube.

 

Soy un ser vivo, ni humano ni animal, que muerde al sentirse amenazado, y besa o abraza ante la llamada del amor. Pero también me cago en la puta madre de lo que haga falta, si es menester, ante las injusticias, las justicias excesivas, o los escándalos.

 

Soy igual que tú.

 

Mi sección se llama “El Espejo Rojo”. Un espejo para mostrar la verdad; rojo, como la sangre de los seres reflejados en él.

 

 

DÍA CERO: FALSOS SENTIMIENTOS, MENTIRAS PIADOSAS

 

En mi primera intervención, aprovechando la extinción de las fiestas que se celebran en diciembre y enero de cada año, quiero hablar sobre la hipocresía del ser humano a la hora de mostrar sus emociones. Las auténticas, no aquellas flotantes a ras de la superficie de las que tan amantes son los hombres (como especie).

 

La gente habla sobre la falsedad generalizada de las fechas navideñas y año nuevo. Que son ciertas, porque se tiende a mostrar la mejor sonrisa cuando en verdad se desea utilizar las más cruentas armas. Porque supone un disgusto estar junto a determinados familiares, amigos o allegados, o quizás debido al esfuerzo sobrehumano de estirar el presupuesto mensual. Todo para satisfacer unas creencias de las cuales quedan ya pocos devotos, con regalos (mayoritariamente inmerecidos e inútiles), comidas copiosas, alojamientos innecesarios en lugares inapropiados, nada acordes a la posición económica real, etc.

 

Pero ¿y el resto del tiempo? ¿No sucede lo mismo en los días festivos de marzo o abril? ¿Y en el verano? Son también épocas de derroche, apariencias y excesos. Las caretas guardadas en el armario durante la primera semana de enero vuelven a ser utilizadas en todas esas fechas. Lo sabéis, es innegable. Y muy, muy demostrable.

 

Aprovechando un puente festivo largo todos marchan a esa casa familiar, o de alguien cercano a quien no se quiere ver cada mañana, pero que es primordial para no gastar demasiado dinero. Lo irónico es el posible ahorro será invertido en mariscadas, vino barato y verbenas. O en putas y drogas, en aquellos casos donde la solvencia y el aguante sean mayores.

 

Ya en verano, a gastar lo ahorrado durante los primeros seis meses del año en unas vacaciones que a los dos días de haber acabado se habrán olvidado, y solo generarán profundas depresiones. Por lo inútiles e insatisfactorias, en la mayoría de los casos. Con familia o sin ella. Llegados a determinadas edades, el sopor forma parte de las personas tanto como las ganas de tirarse un pedo nada más taparse con las sábanas al acostarse.

 

De acuerdo, no todo el mundo vive así esos periodos de descanso. Siempre ha habido clases, optimistas, o gilipollas que prefieren pisar una mierda a rajarse los pies con cristales rotos. Sin concluir antes que para solucionar lo primero bastaría con aplicar un buen lavado, mientras que con lo segundo se podría optar a una baja médica de al menos siete días laborables para tocarse a dos manos los genitales. Un merecido descanso negado durante esas vacaciones que solo han servido para quitar ceros a la cuenta corriente. Todo es relativo, ya lo dijo un sabio.

 

Lo mismo sucede con preguntas incómodas del estilo “¿crees que he adelgazado?”, “¿tan mal aspecto tengo?”, “¿te gusta mi nuevo peinado?”. Digo yo, ¿por qué cojones cuesta tanto decir la verdad, respondiendo con un sí o un no rotundo, según se piense sinceramente? Miente a quien no adelgaza, y seguirá tragando como una bestia; miente a quien tiene el gusto estético en el conducto anal, y llegará un día en que la luz del Sol solo podrá verlo a través de un monitor… Así sucesivamente.

 

Muere alguna persona cercana y alguien añade usando su mejor cara de vinagre: “¿era muy mayor?”. ¿Qué puta pregunta es esa? ¿No podrías decir que lo sientes mucho, dar un abrazo, y salir cagando leches de una situación tan incómoda? Ha muerto. Punto. Si era muy mayor pensaremos que es una jodienda envejecer, y si era muy joven tardaremos meses en superarlo, al recordar lo injusta que es la vida para algunos seres. Y, en general, la putada que supone verse privado de un tiempo precioso. Tiempo para existir de manera aburrida, asquerosa, fraudulenta, viciosa, o quitándose los pelos del pubis con pizas, pero coño, a gusto de uno mismo.

 

Dile a tu pareja al despertar, si lo piensas de veras, que no te dé un beso por la mañana porque le huele el aliento a rayos, que no te dirija la palabra hasta haber tomado café, o caliéntale el sexo si las ganas de follar aprietan más que las de cagar a primera hora.

 

Que nadie se queje luego de cuánto le pitan los oídos varias veces al día, si se prefiere maquillar las verdades para no herir los sentimientos de nuestros interlocutores.

 

 

MORALEJA

 

Viajáis tres personas en un avión a punto de estrellarse. Solo quedan dos paracaídas en buen estado. Uno es tuyo, porque llegaste antes que nadie hasta donde estaban guardados: ¿a quién le darías el otro?

 

Individuo 1: Te dijo con honestidad lo horrible que estabas ese día, pero a la postre sirvió para que te replantearas una imperante necesidad de mejorar y cambiar algo en tu vida.

 

Individuo 2: alguien aferrado a mostrarte su mejor cara, aunque vengan mal dadas, y a regalarte preciosas respuestas, a pesar de que todo, ya en la calle, provoca risas, miradas y dedos acusadores de desconocidos debido a la absurda apariencia que muestras en realidad.

 

La vida te hace preguntas que únicamente tú deberías responder. Solo así los aciertos o los fallos te pertenecerán.

 

Y sino, llórale a otro.