El Premio (In) Justo

01/03/2017

El Premio (In) Justo
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El Premio (In) Justo

La gala número 89 de los Oscars no solo dejó en evidencia un sistema de premios que lleva caduco muchos años, sino que sacó a relucir uno de los mayores problemas, o injusticias, que tres cuartas partes de los nominados, en cada una de sus categorías, sufren.

 

La película que lleva desde hace meses en boca de todos, ‘La La Land’, se quedó a las puertas de un trofeo que merecía quizás tanto como su mayor rival y, a la postre, flamante ganadora, ‘Moonlight’. No es necesario jactarse con uno de los mayores errores de organización y “timing” que jamás se han visto en la televisión, como lo fue el nombramiento de la primera como ganadora, para que en pocos minutos sus orgullosos productores se vieran obligados a desprenderse del trofeo en favor de la segunda.

 

 

Lo que dolió más, tanto al cinéfilo como al espectador, además de al crítico, fue sentir que quizás lo más justo habría sido ver a ambas películas en lo más alto del pódium. Ambas tienen muchísimas virtudes, así como defectos, pero lo que es innegable es su buen hacer, el talento que derrochan todos sus equipos, junto a grandes dosis de humildad. Son proyectos “modestos”, si se tiene en cuenta la locura que son los ochenta millones de dólares de un presupuesto medio en Hollywood. El musical contó con un monto de treinta millones, y sus ganancias alcanzan a finales de febrero más de cien veces esa cantidad; el drama costó menos de dos millones de dólares, recaudando hasta hoy más de veintidós, sin haber llegado aún al mercado internacional, el cual muy seguramente hará sumar ceros a sus logros económicos tras la consecución del máximo galardón del mundo del cine.

 

¿Es justo que películas tan distintas tengan que competir entre sí? Incluso maravillas como ‘La llegada’ o ‘Lion’ merecen mucho más que el cartel de nominados en sus futuras ediciones domésticas. Por no hablar de otras categorías como las interpretativas, donde, por ejemplo, Viggo Mortensen, con su perfecta ejecución de Ben Cash en ‘Capitán Fantástico’, nada podía hacer ante los presumibles ganadores, Ryan Gosling y Casey Affleck, vencedor final. O actores increíbles, ignorados, como Andy Serkis, cuyo talento y expresividad ha hecho posible que algunos de los más maravillosos personajes creados por CGI sean en la actualidad símbolos inmortales del cine.

 

 

 

Todo concepto dentro del mundo del arte busca su propia seña de identidad, con algo que le haga sobresalir por encima del resto, o al menos conseguir diferenciarse con marcas que el público consiga señalar algo relacionado con ello solo con alguna de esas pistas. Es loable, por lo tanto, que la Academia de Cine de Los Angeles quiera desmarcarse de otros premios similares, pero quizás adaptar, que no copiar, determinados aciertos de distintos certámenes, podrían proporcionar el lavado de cara que necesitan.

Quienes mejor han entendido el esfuerzo que supone realizar una película probablemente sean los organizadores de los Globos de Oro, donde una gran diversidad de categorías, que además tienen en cuenta un producto que desde hace muchos años ha ganado terreno al séptimo arte, e incluso superándolo en no pocos proyectos: la televisión. Aun así, todavía hay categorías marginadas, como las técnicas, las manuales (peluquería, maquillaje, vestuario…), etc.,  que no tienen cabida en estos premios, pero sí en los del primo Oscar. Otras como el trabajo de casting ni existen, a pesar de tener un trabajo enorme, por no hablar del mérito oculto que supone elegir a las personas adecuadas para llevar a la gran pantalla historias que desbordarán de dólares las cuentas bancarias de muchas productoras de cine.

 

 

Probablemente el mejor ejemplo de premios justos, ecuánimes, además de equilibrados, sean los Grammy de la música, cuyos géneros se cuentan por decenas, para más de cien categorías totales. De acuerdo, ni tanto ni tan calvo, pero empatizando con el músico que derrocha años de su vida para sacar al mercado un disco, seguro que quizás tantos galardones no parezcan tantos. Si la Academia de Cine Americana organizase estos premios, seguramente las Dixie Chicks (country) competirían con Beyoncé (R&B, Soul) y Foo Fighters (Hard Rock) al mejor disco del año, algo que sería muy deprimente, la verdad. En los Grammy podrían competir dentro de esa categoría, pero a esas alturas del evento las tres bandas ya tendrían en su zurrón al menos dos o tres premios dentro de su género musical.

 

Esto significa que se puede entregar justicia al trabajo de muchos artistas sin aburrir, ni matar al espectador en interminables galas que lo único que buscan es mostrar lo bonito que es su mundo, a años luz del terrenal, lo estupendamente bien que se llevan todos con todos, donde las audiencias y las recaudaciones se valoran por encima de la calidad, el espectáculo (con el sentido más estricto y amplio de su definición), o la magia del espectáculo en cuestión.

 

 

Ahí también acierta y gana por goleada el mundo de la música, porque con duetos, interpretaciones acústicas, versiones, mezclas imposibles, además de otras sorpresas, los Grammy entienden que si se habla de música, música os damos. Algo que ni los Globos de Oro, ni los Goya, ni los Bafta, ni, por supuesto, los Oscars, han entendido.

 

Los Tony, otro ejemplo, ofrecen un homenaje al gran protagonista, el teatro, en cada una de sus galas, mientras que los Emmy han sabido fusionarse con las nuevas tecnologías, internet, junto a YouTube, para crear ficciones que el público adora de sus series, programas adultos, infantiles y juveniles, realities, o noticiarios, favoritos.

 

 

Es decir, los premios del cine deben valorar a los profesionales que hacen posible la fábrica de sueños y magia que es este espectáculo, desde el director, pasando por el guionista, el reparto, el peluquero, la maquilladora, la script-girl, el responsable de las segunda unidad de una película, el programador que inventa un desarrollo para hacer real una batalla entre elfos y orcos, y un sinfín de profesiones que merecen tanto protagonismo como el galán o la dama que visten sus mejores galas en las distintas alfombras rojas.

 

 

En el equilibrio entre lo bueno y lo malo, está la virtud, ya lo dijo un filósofo griego, algo aplicable a cualquier cosa de este mundo, de otros, e incluso de los exoplanetas que orbitan la estrella Trappist-1. Por eso, tanto la Academia del Cine Americano, como la del Español, deberían replantearse sus kilométricas galas, cual etapa llana de alguna competición ciclista, recordando el origen de su existencia, para organizar la llamada trivialmente “fiesta del cine” con CINE de verdad, obviando los chistes malos, los gags sesenteros, o números musicales hijos de la vergüenza ajena (excluyendo aportaciones como la despampanante actuación de Justin Timberlake).

 

 

Pero también sería bueno comenzar a estudiar lo que hacen otros, para mejorarlo, e incluso superarlo, en vistas a que un día dos grandes películas suban de la mano al escenario a recoger un premio, no con motivo de un catastrófico error logístico, sino como fruto de una valoración necesaria que, muy seguramente, contente a un gran porcentaje de espectadores, mientras una larga lista de profesionales ven recompensado su talento y esfuerzo.

 

 

Dani  García
Dani García

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