El último día en la Tierra

15/10/2017

El último día en la Tierra
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El último día en la Tierra

Año 2377. Tras dos años y medio buscando soluciones para evitar el mayor número de pérdidas humanas posibles, los científicos e ingenieros del mundo, unidos, no fueron capaces de llegar a tiempo. El cometa Apolión se dirigía sin remisión hacia nuestro amado y desgastado planeta, y ya era una realidad que solo un dieciocho por ciento de la población mundial podría salvarse.

 

Los transbordadores espaciales construidos no disponían de suficientes vacantes para acoger a más personas. Sería inevitable afrontar la desaparición de millones de seres vivos inocentes. El hombre no consiguió vencer al escaso tiempo –el gran enemigo: el tiempo- que corría en su contra.

 

Desde hacía una semana medio hemisferio vislumbraba un objeto enorme acercarse a la Tierra, mientras la otra mitad, aterrada, solo podía adivinarlo u observarlo a través de las imágenes que se compartían por medios tecnológicos.

 

 

Día tras día el asteroide crecía, confiriendo a nuestro mundo un hermoso, al mismo tiempo aterrador, color hasta ahora nunca visto por el ojo humano. Nada podía detener al temido apocalipsis del que tanto se había escrito durante la historia, sobre el que se habían rodado infinidad de películas, o compuesto millones de canciones.

 

Los transportes cargados de vida escapaban del planeta sin pausa, atesorando caos tanto dentro de ellos como alrededor debido a las incontables cantidades de gente que rogaba por un hueco en su interior. Pero era imposible. Sobrecargar esas naves pondría en riesgo a aquellos que tendrían una oportunidad de alargar un poco más sus vidas.

 

Al resto solo les quedaba vivir, con mayúsculas, sus limitados segundos extra de existencia, dependientes de un cometa que ignoraba su poder destructivo. La mayor parte de la vida en el planeta se extinguiría, y él sería quien decidiría cuándo.

 

Cuadro: 'Father and Son' por Xie Dongming

 

Esteban sujetaba la mano de su hijo en el hospital, como llevaba haciéndolo desde que seis meses atrás le diagnosticaron una leucemia aguda irremisible. Había conseguido una plaza en uno de los transbordadores, pero sabía que eso no salvaría a su hijo, por lo que decidió ceder su lugar a otras personas.

 

— Papá, deberías haberte ido con los demás.

 

—Cariño, jamás te dejaría solo.

 

—Pero voy a morir de todos modos, y a ti todavía te quedan cosas por hacer, papá.

 

—Marc, el mayor castigo que puede recibir un padre es sobrevivir a sus hijos, porque no es el orden natural de las cosas. Quedándome contigo ese orden permanecerá intacto, y ambos seremos lo último que veamos antes de que la luz nos ciegue.

 

 

Cuadro: 'Two Girls in the Park with Cat' por Daniel B. Schwartz

 

La enfermera, Catalina, cerró la puerta de la habitación con suavidad, para no interrumpir ese momento especial. Secó las lágrimas de su cara, cerró los ojos un instante y tomó una decisión. Se despojó de su bata de trabajo, dejándola en uno de los sillones del pasillo, recogió su bolso de la taquilla y salió a la calle. Adela tampoco había logrado un asiento para escapar de aquella hecatombe. Así que tenía una última oportunidad para expresarle unos sentimientos que llevaban demasiado tiempo encerrados. Recordaba la dirección de su casa, tras la fiesta de cumpleaños a la que por sorpresa le había invitado. Allí estuvo a punto de declararle su amor, pero el miedo al rechazo pudo con ella.

 

De camino, mientras se acercaba a la fuente del parque central, vio a una mujer de pie, absorta, con la mirada puesta en el cielo. Observaba detenidamente la llegada del cometa. La intensidad de sus ojos daba la impresión de pretender hacerlo desaparecer con la mente. Catalina reconoció a esa mujer. Era Adela. Respiró hondo, sin detener el paso y pensó “ahora o nunca”.

 

—Adela, ¿te apetece compañía? -dijo plantándose a su lado.

 

La mujer dio un pequeño respingo, sorprendida en sus propios pensamientos.

 

— ¡Catalina! ¡Menuda sorpresa! ¿Qué haces aquí? Se supone que deberíamos aprovechar estos últimos momentos que nos quedan…

 

—Por eso estoy aquí. Iba camino de tu casa.

 

— ¿De mi casa? ¿Y por…?

 

Catalina se acercó a ella, agarró su mano derecha, y posó la otra en el lado izquierdo de la cara de Adela, acariciándola.

 

—Te quiero. Siempre te he querido, y deseo pasar lo que resta de vida a tu lado -dijo, para acabar posando sus labios en los de la otra mujer, que cerró los ojos embriagada por uno de los momentos más bellos de su vida.

 

Cuadro: Liane Abrieu

 

Hugo sonrió feliz mientras veía a las dos mujeres besarse dentro de un abrazo pleno de delicadeza. Las dejó pronto atrás, dada la velocidad con la que pedaleaba en su bicicleta. No quería llegar tarde esta vez. No cabían los retrasos en esos instantes. El reloj dominaba el presente. Todo y a todos.

 

Comenzaba a esconderse el sol, aunque la gigantesca luz de Apolión impedía disfrutar de un último atardecer en aquel lugar. Pero nada frenaría la llegada de su hijo al mundo, aunque este tuviera las horas contadas. Dejó caer la bicicleta, saltó hacia el portal de su casa, abrió la puerta torpemente, y subió corriendo las escaleras. Oyó unos gritos. Era Teresa.

 

Se apresuró, consiguió a duras penas entrar en la casa encajando las llaves tras varios intentos, y se plantó en la puerta del cuarto de baño. Allí estaba Teresa, desnuda, preciosa, dentro de la bañera, con la sangre comenzando a emanar de su cuerpo. Víctor quería salir del interior de su madre, y ya no podía esperar más.

 

—Aquí estoy, amor mío, vamos a hacer esto juntos, como siempre habíamos querido.

 

—Pensé que no llegabas. Este pequeñajo es un impaciente. Ha salido a su padre -dijo ella, sonriendo a su pareja con ternura.

 

—No me lo perdería por nada del mundo.

 

Ella comenzó a expirar e inspirar aire con rapidez. Habían ensayado durante todo el embarazo para llegar hasta ese maravilloso momento, así que estaban preparados. El agua cada vez se enrojecía más, y Hugo alentó a su amada a empujar un poco más, dado que la cabeza del bebé comenzaba a asomarse con claridad.

 

Tras mucho esfuerzo, gritos de dolor y alegría, Víctor llegó al mundo. Su padre cortó el cordón umbilical, lo saneó, y los tres se fundieron en un abrazo, mientras, sorpresivamente, el pequeño permanecía en silencio, disfrutando del calor de sus progenitores. Hugo envolvió en una toalla a su hijo, se acercó a la ventana, y mostrándolo a través de ella gritó:

 

— ¡Siempre habrá vida, aquí y en cualquier mundo! ¡Míralo, Apolión!

 

 

Esther y Julio comenzaron a aplaudir desde la calle, al ver cómo ese hombre mostraba lo que parecía un niño recién nacido. Y con ellos, todos los viandantes hicieron resonar sus palmas, conformando una emocionante armonía.

 

La pareja se miró fijamente, unieron sus frentes, y se abrazaron. Tras ello, comenzaron a besarse con pasión. No esperarían más.

 

—Creo que ya estamos preparados, Esther.

 

—Soy tuya, Julio.

 

—Y yo soy tuyo, cielo.

 

Se tumbaron en el césped que había a su alrededor, envueltos en caricias, despojándose al unísono de sus ropas, hasta quedar completamente desnudos. E hicieron el amor por primera vez en sus vidas.

 

Luis y Marcos quedaron perplejos al ver a aquella pareja de adolescentes acoplados el uno dentro del otro en aquella porción de hierba, a la vista de toda la gente que pasaba. Se miraron, se besaron y se tumbaron a escasos metros de ellos, para acabar haciendo lo mismo, expreándose como mejor sabían sus cuerpos.

 

Rosa y Jose hicieron lo propio; como John y Lisa; también los octogenarios Manuel y Sofía; gatos, perros y todo tipo de animales sintieron la misma necesidad, contagiados por su entorno y el propio instinto. Algo terminaba, esta vez para siempre.

 

Todo el parque central se llenó de personas desnudas y animales haciendo el amor, de pie, tumbadas, sobre los bancos, dentro de las fuentes, sobre los columpios…

 

 

El cielo brilló exageradamente. Habría cegado a cualquier persona que mirara hacia el gigantesco cometa que por azares de la vida había sido elegido para destruir el planeta. Su calor comenzaba a arrasar el entorno, la atmósfera parecía el interior de un volcán infinito, y todo estaba a punto de concluir.

 

Pero Apolión fracasó. Sus víctimas permanecieron ajenas a su presencia, ignorándole. Nada más importaba para ellos que el amor. El mismo que les había traído al mundo. Ese que, también, al final de todo, cada ser vivo deseaba sentir por última vez.

 

 

Dani  García
Dani García

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