Extremidades

28/03/2018

Extremidades

Tengo un brazo. Uno. Lo perdí cuando la guerra de Malvinas, por una bomba que, en lugar de explotar donde debía (un batallón inglés de cuatro soldados en la colina de Mont View, o Monte Vista) lo hizo en mi propia mano, la izquierda, destrozando todo el músculo y tendones y así hasta el hombro. Tuvieron que amputar, porque las articulaciones ya estaban rotas o dislocadas o como diablos llamen a eso los médicos hoy en día. El brazo entero. Desde ese año, ya más de tres décadas, diestro por obligación (ahora que lo pienso, es gracioso que a un zurdo lo vuelva diestro una guerra).

 

Con los años me acostumbré a hacer de todo con él. Cocinaba, firmaba y hasta saludaba siempre con la misma mano (por suerte, la derecha es la que siempre se utiliza para saludar a alguien, así que en ningún momento sentí, como tantos otros accidentados lisiados, violentar situaciones e incomodar a nadie, más allá de la –notoria- ausencia de una extremidad entera). Cogía las cosas, pues, con una sola mano, y al mismo tiempo podía coordinarme para escribir notas cuando me dictaban un recado por teléfono, o enviar mensajes de texto por el móvil sin dejar necesariamente de hacer lo que estaba haciendo. Vamos, que era todo un habilidoso manco como estaba.

 

Hasta que un día sufrí un accidente de coche, y perdí el brazo derecho.

 

Evidentemente, yo no fui el causante del incidente. Viajaba como acompañante en la parte de atrás, y mi esposa en ese entonces, en un despiste suyo al doblar una esquina en una avenida importante de Barcelona, chocó con un el culo de un camión de basura que estaba estacionado haciendo su trabajo. Un herido (yo), dos llantas rotas y el paracoches destrozado. Mi esposa salió completamente ilesa, y el camión de basura, también. Un par de gritos entre ellos fue todo lo que recuerdo, antes de desmayarme por completo. Cuando me levanté, me vi sin brazos en la camilla del hospital.

 

Con los meses admito que la depresión se adueñó de mi cuerpo por completo, viéndome totalmente inhabilitado para hacer nada. Ni saludar si quiera. Sin embargo, cuando ya se acercaba el fin de diciembre (el accidente había ocurrido en verano) mi situación era otra: desarrollé una habilidad asombrosa con mis pies y rodillas, al punto que mi pie izquierdo (¡volvía a ser zurdo!) funcionaba como una mano, más precisamente como mi antigua mano izquierda: movía las cosas utilizando mis dedos como agarradera, juntaba las plantas de los pies para levantar cosas pesadas, y lo más importante: descubrí una nueva manera de dar (y recibir) placer sexual. Todo una adaptación exitosa.

 

Hasta que mi esposa me dejó por otro. Y me quedé solo.

 

Esta vez la pérdida fue más una amputación existencial que física. Solo y sin mis brazos (aunque aún con unas piernas habilidosas) tuve que reconstruirme, volver a re-articular lo que se había partido (otra vez).

 

Así que decidí concentrarme otra vez en mis habilidades, o mejor dicho en lo que me quedaba de ellas. Trabajar con lo que había, fue mi lema durante esos meses. Y así fue. Alquilé una habitación que compartía con alguien que también estaba amputado (mentalmente, ya que él era autista y con cierta tendencia a la bebida) y cambié de trabajo, uno que no necesitaba si quiera mis pies. Así, como un autómata telemarketer a quien no le urgía hablar con nadie más allá de clientes furiosos por la lentitud de su internet, llevé adelante mi vida sin mayores inconvenientes.

 

Hasta que un día el silencioso bebedor abrió la boca, y las manos, y todo su cuerpo (sus extremidades estaban ilesas) y la tierra volvió a temblar en mi vida.

 

Fue una noche de tormenta veraniega, donde el sueño tarda en llegar y lo único que piensas es en darte la cabeza contra la pared mientras ves como pasan las horas sin conciliar el sueño. Oí ruidos en el pasillo, que compartíamos él por la izquierda y yo por la derecha. El baño se encontraba en el medio de ambas habitaciones, de modo que lo primero que pensé fue que se encontraba en mal estado y que se dirigía hacia al baño a vomitar. No fue así. Cuando aún me encontraba cerrando la boca en uno de los centenares de bostezos que tuve esa noche calurosa y horrenda, lo vi enfrente mío con una enorme pala de obrero (de dónde la había sacado siempre fue una incógnita que nunca pude resolver) levantada a la altura de su cabeza, ojos enrojecidos de furia y una boca que nunca olvidaré ya que por una extraña razón babeaba a través de decenas de hilos de saliva casi invisibles, llegándole al cuello de la camisa a cuadros que siempre llevaba para la oficina. Me rompió primero la zurda y luego, ayudándose con ella, la diestra.

 

Ahora soy un cuerpo solo, sin extremidades. Una especie de tortuga humana. La gente me mira por la calle y en general me ayudan cuando ven que no puedo subir a la acera o coger el café de la barra. No me han despedido del trabajo ya que aún puedo usar mi boca para solucionar los problemas del router y mis oídos para escuchar las quejas de los usuarios. No sufro más de la cuenta porque me he visto capacitado para llevar adelante esta vida sin mayores inconvenientes, salvo alguna que otra ayuda externa. Puedo decir casi con seguridad que hasta que no perdí todas mis extremidades y me quedé completamente sólo (ahora vivo sin compañeros de piso y trabajo desde casa) no supe lo importante que era mi cabeza.

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Luchino Sívori Luchino Sívori Luchino Sívori

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