[CRÍTICA] ‘Fast & Furious 8’: ni un pájaro ni un avión, es Dominic Toretto

[CRÍTICA] ‘Fast & Furious 8’: ni un pájaro ni un avión, es Dominic Toretto

Dos frases para entenderlo todo:

 

  1. Una hostia. Solo te daré una hostia y te cambiaré el signo del zodiaco”.
  2. Te tragarás los dientes y tendrás que limpiártelos por el culo”.

 

 

Así es la saga ‘Fast & Furious’: un cúmulo de exageración llevado al extremo más alejado de todo. Pero cuando uno quiere deleitarse con arte, acude a un museo para fijar su vista en las obras más hermosas; cuando se necesita desfogue, nada mejor que un poco de adrenalina con velocidad, deporte, o un evento deportivo importante; cuando se quiere llorar y disfrutar con derroche de medios visuales, nada como pulsar el botón del “play” con ‘Titanic’ en el reproductor.

 

Cuando un espectador paga una entrada para ver la saga que ha encumbrado a Vin Diesel, con unos secundarios de auténtico lujo, que además permite a Dwayne “The Rock” Johnson mostrar músculos donde otros no pueden adivinar más que piel lisa, sabe lo que hace por completo.

 

 

Se desea el chiste más bestia, el puñetazo y la patada más noqueadora, el mayor número de coches destrozados, los más deportivos tuneados de la manera más llamativa, las persecuciones más inverosímiles e imposibles en los lugares más complicados e impensables, despilfarrando medios, dólares, efectos visuales, con la mala leche más descarada.

 

Por eso esta secuencia de películas, que comenzó con la horriblemente traducida en España como ‘A todo gas’, ha ido ganando adeptos, popularidad, sacos incontables de dinero, con muy buena aceptación desde sus inicios, al dar siempre lo que se pedía, como mínimo. Se ha añadido en cada oportunidad una marcha más, rizando los rizos ya rizados escandalosamente, pero dejando al público con una sonrisa al final de la sesión. Gustará a unos más y a otros menos, pero a todo el mundo entretiene y divierte, aunque solo sea por ver coches (o vehículos, en general) realizando maniobras que ni siquiera juegos de consola como el ‘Grand Theft Auto V’ han conseguido codificar en sus múltiples variantes multijugador o no.

 

 

Gary Gray, que ya encantó con 'The Italian Job' (2003), ha conseguido aportar con su dirección el equilibrio entre acción, desbordamiento y diversión que necesitaba la saga, algo que se perdió en la anterior entrega. Todo motivado por el dramatismo de la historia, sumado al entorno enrarecido por el fallecimiento del co-protagonista Paul Walker en un accidente de coche, caprichos del destino, cuando todavía no había finalizado el rodaje de la película anterior. Por ello, faltaba comprobar cómo se lidiaba con esta fundamental ausencia en la trama, porque desde hace varias películas el concepto principal que motiva a los personajes es el de la familia unida, como hermandad o lazos sanguíneos, pero al faltar un elemento tan primiordial se corría peligro de enquistarse. A pesar de apenas rozar con las yemas de los dedos este delicado tema, se hace con enorme exquisitez y cariño, e únicamente con una frase al inicio de la historia para aclararlo todo, junto a otra al final a modo de homenaje encubierto pero que todo el mundo entiende.

 

 

El director neoyorquino maneja los ángulos y las proporciones de las escenas de acción como hace mucho tiempo que no se veía en una gran pantalla. No se pierde detalle alguno de las persecuciones, así como de los protagonistas de las mismas en ningún momento, alejando esa tan habitual sensación de mareo que este tipo de películas suelen producir. Su talento en lides como las que aquí se le presentaban, con una secuela tan cargada de emociones y responsabilidad, han sido barridas de un plumazo con una historia muy bien contada, salvo por los habituales (e innecesarios) momentos de pausa para reflexionar sobre la vida, el amor, o la propia existencia, que poco o nada encajan. Menos si cabe poseyendo unos personajes tan característicos como los que pueblan esta cinta, donde cada uno desarrolla su cometido con los ojos cerrados. Esperar algo de más de ellos, e incluso verlo, resulta en ocasiones vergonzante. Sería como esperar que el vulcaniano comandante Spock de ‘Star Trek’ acabe con una corbata en la cabeza borracho durante la despedida de soltero de su amigo James T. Kirk.

 

 

El reparto, por cierto, se maneja como pez en el agua en cada uno de los escenarios y situaciones que se les plantean, por lo que se comentaba en el anterior párrafo. Dwayne Johnson es ahora el complemento perfecto de Vin Diesel, pero en la distancia, dado que apenas comparten tres o cuatro planos juntos. Aporta la parte agria que necesita el guion, junto con mucho sarcasmo añadido con la idea de descargar tensión. Junto a él, Jason Statham da la impresión de estar, como en la séptima película, muy desaprovechado, pero es un juego al despiste del director y del guionista Chris Morgan (también productor), autor de seis de los ocho guiones de la franquicia, dejando lo mejor para el tramo final de la historia. Statham es un maestro en este tipo de acciones y frente a “The Rock” forma la pareja perfecta de amigo-hasta-que-te-mate, dando pie a muchos de los momentos más divertidos y de humor soez que se acoplan a la perfección con el resto de la trama.

 

 

Quizás, además de los momentos de excesivas reflexiones, lo más flojo de todo sea el propio artífice de la saga: Vin Diesel. No es que no cumpla con su labor, que lo hace, pero da la impresión de estar excesivamente afectado por las circunstancias que han forzado el relato de este nuevo capítulo en la saga. Ver a su personaje, Dominic Toretto, de otro modo habría sido extraño, de ahí que la historia gire en torno a él por completo, pero su excesiva seriedad resta credibilidad a la magnífica forma de tratar la desaparición de Brian (Paul Walker) en sus aventuras. El seguidor pierde a veces la noción del tiempo y la acción, porque no llega a saber del todo si está viendo a Diesel o a Toretto, aunque la verdad es que la línea que separa a ambos es muy fina.

 

 

Al margen de este pequeño pero, lo cierto es que cuando llega el momento de sacar pecho, dejando con la boca abierta al público, Toretto sabe como nadie estar a disposición del mundo, sin importar rozar la mayoría de las veces los límites de la legalidad y, por supuesto, la legitimidad a la hora de los medios que se utilizan en la película para llegar a determinadas soluciones inesperadas. No parece descabellado pensar en una futura entrega en la que el personaje acabe volando con capa, reconociendo al fin no ser de este mundo, o siendo parte de los Vengadores.

 

 

Hay, además, espacio para muchas sorpresas que con toda probabilidad acaben cobrando mayor importancia en futuras entregas, además de la mejor villana/villano que ha dado la franquicia, y gran parte del cine de acción en general con, como no, la siempre estratosférica Charlize Theron. No se va a descubrir a esta actriz a estas alturas de su carrera, pero es digno de Oscar vitalicio el presenciar lo en serio que se toma esta profesional todos y cada uno de sus papeles, estén donde estén, hagan reír, llorar o temblar de miedo. Así mismo, Kurt Russell, como el agente secreto Mr. Nadie, aporta su genial presencia, con altas dosis de humor, que contrastan con la frialdad de Scott Eastwood, hijo de una leyenda, pero a años luz de cierto parecido, para su desgracia.

 

 

 

¿Y la trama? A quién le importa. Esto es ‘Fast and Furious’, donde el movimiento se demuestra andando o, en este caso, derrapando a 300 kilómetros por hora. Cuando alguien presencia una secuencia tan sublime como la que tiene lugar en las calles de Nueva York (muy seguramente la mejor vista jamás en una cinta de acción, superando incluso a algunas de la intocable tercera parte de ‘La Jungla de Cristal’), poco más se puede pedir o exigir.

 

Dónde está la frontera de los permitido es algo que solo los creadores saben (o no), pero eso sí, sobrepasarlos con carreras en la Luna en una hipotética undécima o duodécima parte quizás sentenciando de muerte a este sello tan rentable, lo que sería una lástima. Se quiera o no, esto es cine en sí mismo. Diez euros bien gastados, vaya.

 

CALIFICACIÓN: 9 / 10