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'Humor negro', un relato de Isabel Soler Gil-Mascarell

Antrópika Antrópika Antrópika - 05/07/2018

'Humor negro', un relato de Isabel Soler Gil-Mascarell

Isabel Soler Gil-Mascarell (Valencia, 1977), escritora de sonrisa eterna según dicen quienes la conocen, acaba de publicar tres relatos en la antología 'Cada mirada es única. Liberación de talentos 2018', perteneciente a la iniciativa literaria "Libro, vuela libre", dentro de un proyecto organizado conjuntamente con Talleres Literarios Luna de Papel y Valencia Noticias.

 

Revista Antrópika ha tenido el honor de acceder en exclusiva a uno de esos relatos de la autora, quien ha querido compartirlo con todos nuestros lectores , simpatizantes y allegados, de manera pública y universal. Esperamos que lo disfrutéis tanto como nosotros leyéndolo, e Isabel escribiéndolo.

 

 

HUMOR NEGRO

 

Se llevó la mano izquierda a la sien. La cabeza le dolía demasiado. Abrió los ojos. Todo estaba borroso. Se miró por el retrovisor interior del coche nuevo de su padre. Tenía el rímel corrido, intentó llevar su mano derecha al maquillaje para arreglarse, pero al mirar el brazo se dio cuenta de que no la tenía. Se asustó y gritó: “¿Dónde está mi mano? ¡No puedo perder el anillo de pedida! Ernesto se va a enfadar, como lo pierda ya no me perdona”. Buscó su mano sin tregua, la vio al lado del pedal del acelerador. El anillo no tenía rasguño alguno. Suspiró aliviada. Lo sacó de su dedo índice, y lo guardó en su bolso, a buen recaudo.

 

Salió como pudo del coche; la viga de hierro del camión contra el que se había empotrado no se lo había puesto fácil.

 

Sobre un charco de sangre vio a su mejor amiga, Clara. No respiraba. Elena sonrió, el rojo de debajo de su cuerpo hacía juego con los zapatos que había estrenado esa misma noche. Bueno, y con su pintalabios. Estaba preciosa. Qué pena que ella no pudiera verse, se habría hecho unos cuantos selfies para subirlos a Instagram, seguro que habría conseguido más seguidores.

 

Al volver la mirada al coche se asustó. ¿Cómo se lo iba a decir a su padre? Seguro que la iba a matar. Qué suerte tenía Clara, a ella no iban a castigarla, como ya estaba muerta… Siempre había sabido cómo escaparse de las broncas. La envidiaba. Se desmayó.

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