La carga del pasado

La carga del pasado

Existen dos clases de personas según qué ámbitos: las que asumen sus responsabilidades y las que no lo hacen; las que reconocen sus errores y las que no; las que aun reconociendo errores no cambian nada porque son felices con su estado, pasando por encima de los demás, y las que sabedores de sus fallas se ponen manos a la obra para no tropezar una y otra vez con la misma piedra. También existen personas que viven siempre con el pasado a cuestas, perdiendo el sentido del presente y la posibilidad de futuro, y las que a pesar de la losa que es a veces lo que se ha dejado tiempo atrás, son capaces de aprender de él para comenzar de nuevo, cambiando por completo su hasta entonces malgastada vida.

 

 

Pero el paso de los años otorga experiencia (mala o buena), con cicatrices siempre visibles para no olvidar, que al final, independientemente del tipo de persona que se sea, nos dice que el pasado siempre será una carga que nos deslomará, hagamos lo que hagamos.

  

En las personas que nos han conocido es fácil entender cierta incredulidad, rachas de falta de confianza e inseguridad, porque nos han sufrido en aquellos momentos de tropiezos, alzamientos, y nuevos tropiezos más estrepitosos que los anteriores. Es comprensible, y solo el tiempo, junto con los hechos a nuestro favor, pueden hacer que esas sensaciones se tornen en algo normalizado… siempre y cuando se ponga esfuerzo de nuestra parte.

 

 

El problema llega con la gente nueva. Esas personas que conocemos debido a todos los cambios producidos en nuestras vidas, que nos han llevado hasta ellas. Amigos, amigas, posibles parejas, ligues o, simplemente, gente con la que pretendemos ganar confianza. Esas personas llegan a nosotros en un nuevo amanecer, en el cual suele predominar lo mejor que hay dentro de nuestras almas, por lo que todo, todo es puro.

 

Pero tarde o temprano ese soplo de aire fresco debe conocer quiénes hemos sido, para lograr hacerles entender los motivos por los cuales ahora somos de esta manera tan positiva. Y es ahí cuando vuelven a pesar los hombros, al caer del cielo del pasado esas piedras que tanto trabajo nos ha costado dejar caer anteriormente, para dejarlas en aquel camino tortuoso, de rumbo oscuro e impreciso.

 

 

Y es una vuelta injusta a sentir emociones dolorosas, porque el habitual rechazo de esas personas nuevas hacia nuestro pasado es muy injusto. Sienten miedo. Miedo a que podamos repetir con ellos todas esas parcelas de particulares infiernos vividos mientras estábamos dominados por “el otro yo”. Y el miedo es libre; eso es lo malo. E injusto.

 

Las malas decisiones que nos llevaron a cometer errores con consecuencias no solo para nosotros sino también para nuestro entorno es algo que solo uno mismo sabe lo que pesa en el corazón. Hemos provocado a veces tanto daño que, empatizando, sufrimos por ellos y nosotros, aunque cueste creerlo a veces.

 

 

Nadie sabe por lo que hemos pasado para dejar a un lado lo que nos dolía, ni todo aquello que nos impedía avanzar con paso firme, priorizando esas cosas que nos hacen felices o esas personas, como los hijos, que son la luz de nuestros días. Sí, hemos sido esto o lo otro, pero ahora no. Y eso es lo que debería contar. Solo la posibilidad de revivir aquellos momentos horribles, en el presente alternativo que vivimos, nos hace estremecernos, llorar e incluso temblar víctimas del pánico. Por eso, esas personas que acaban de entrar en nuestra vidas deberían entender que el esfuerzo por dejar de lastrar toneladas de dolor no es algo gratuito, y pocas personas, salvo las egoístas y las que no quieren a nadie salvo a sí mismos, serían capaces de repetir esos errores del pasado. Deberían entender que ni todo el oro del mundo, o la peor de las torturas nos harían cometer uno solo de esos desgraciados actos que nos definieron, que forman parte del pasado, pero que ahora solo son libros de los que aprender, o mapas donde marcar lugares a los que no se debe volver.

 

 

Solo nosotros sabemos las duras decisiones que hemos tomado para avanzar. Solo nosotros hemos llorado de rabia, víctimas de la soledad, o ahogados por la injusticia y el desamor que es bañado por espeso rechazo. Y todo ello ha sido un proceso largo. Más de lo que nos habría gustado, pero lo que se destroza en mucho tiempo se puede olvidar rápido, pero no ser arreglado en una semana. Las cosas llevan su tiempo y, muchas veces, la gente no nos ofrece el suyo para demostrar que ahora somos lo que ven; no esa sombra aterradora del pasado, que siempre, siempre, cargará con una losa demasiado pesada.

 

 

Por desgracia, somos víctimas de nuestro pasado, pero, al mismo tiempo dueños de nuestro presente y futuro. Quien se quiera subir al barco luminoso, mientras vemos cómo se hunde el de la oscuridad y la desgracia, ¡bienvenido sea!