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La casa de los veinte mil libros y el valor de las palabras

Para los amantes de las palabras y del plácido deleite de la lectura, siempre es un regalo de valor incalculable la publicación de obras cuyos protagonistas son principalmente los libros, quienes los han concebido y las ideas que subyacen en sus páginas. Y eso es precisamente lo que hizo Periférica el pasado mes de noviembre con la edición en castellano de 'La casa de los veinte mil libros'. Su autor, el periodista y escritor Sasha Abramsky. Leer cada una de sus líneas es volver atrás en el tiempo y adentrarse en tertulias interminables sobre los más diversos acontecimientos políticos y culturales, sobre el legado de los grandes pensadores del siglo XX y de aquellos que les precedieron.



Pero para poder acceder a tal inmensidad de saberes, el lector debe estar preparado para ascender los escalones que dan entrada a la casa del abuelo de Sasha, Chimen Abramsky, en Hillway, Londres. Es allí, junto al cementerio de Hightgate en el que está enterrado Karl Marx, donde a lo largo de décadas Chimen, nacido en 1916, acumuló los miles de volúmenes que dan título a la obra y los compendios de sabiduría que fascinaron a muchos de los intelectuales del pasado siglo que tuvieron el honor de participar en los innumerables encuentros organizados por Chimen y Mimi, su mujer, en la vivienda situada en el East End londinense.

 


Chimen y Sasha


Marx, William Morris, Arthur Koestler, Maimónides, Nikolái Gógol, Spinoza, son tan sólo algunos de los nombres que desfilan a lo largo de las 353 páginas de la obra, que dedica además buena parte de la misma a repasar de forma pormenorizada las raíces judías de la familia Abramsky: Chimen era hijo y nieto de rabinos, ambos profundamente comprometidos con la tradición hebraica. Costumbres y creencias que, sin embargo, no dejaron suficiente huella en Chimen, cuya adolescencia en Moscú, el temprano contacto con las ideas de Marx y la dura realidad de la Europa de entreguerras le llevaron a alistarse en el Partido Comunista.


Durante la lectura de 'La casa de los veinte mil libros', uno necesita saber más. Es tal la intensidad con la que Abramsky narra las vicisitudes de su familia a la par que la de quienes compartieron conocimientos en la casa de su abuelo, que cualquiera de los nombres que figuran hoja tras hoja necesita ser investigado, analizado, estudiado, y no precisamente con desgana y hastío sino con pasión. Cualquiera que quiera acercarse a los principales personajes que colmaron con sus teorías las centurias pasadas debe acercarse a la casa de Hillway a través de estas páginas de sublime belleza. Manuscritos únicos, raras ediciones originales y tertulias al calor de un té le saldrán al paso, y el lector no tendrá más que dejarse llevar por el preciado contenido de sus renglones.