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La censura de ayer, la autocensura de hoy

Luchino Sívori Luchino Sívori Luchino Sívori - 20/11/2018

La censura de ayer, la autocensura de hoy

Fui a ver una película cuya trama principal era la censura que sufrían los artistas rusos durante la época soviética. El protagonista, un escritor mitad armenio mitad judío caído en el olvido precisamente porque nadie le publicaba, muestra durante todo el largometraje cómo las autoridades del régimen acababan finalmente por “enemistarse” con la enorme élite cultural del país, plagada de escritores, pintores, directores de cine y periodistas. Los que podían ser potenciales aliados del partido comunista se convertían, así, en acérrimos antagonistas.

 

Hoy pasa lo contrario. Los que escribimos, filmamos, pintamos y tocamos música somos cómplices del régimen. Lo ayudamos, autocensurándonos.

 

¿Cómo funciona la propia censura en el arte?

 

Charlando con un amigo fotógrafo sobre el dilema de ser financiados por el Estado o la empresa privada terminé pensando sobre lo que Coetzee denominaba “la autocensura del escritor”. Mi amigo, más liberal que yo, defendía la idea de que siempre que la administración pública interviniese en la financiación de la obra de un autor, éste iba tarde o temprano a convertirse en un “funcionario del arte”, es decir, un profesional en la materia de pedir becas y subsidios.

 

Por mi parte, yo respondía que lo mismo podía suceder si era el Mercado el que cumplía esa labor; la única diferencia, en realidad, residía en los objetivos finales de uno y otro: mientras que un ayuntamiento puede buscar “complacencia” por parte del artista, una corporación puede “filtrar” los contenidos basándose en el consumo de la audiencia.

 

Y aquí es donde nos quedamos, sin poder resolver el dilema.

 

Hasta que emergió Coetzee, y la tercera pata de la cuestión: La autocensura.

 

¿Hasta qué punto es hoy la censura propia, la autoedición de los contenidos de la obra de uno mismo, la censura de antaño?

 

Esta pregunta no es baladí. Si decimos que existe la “filtración” formal sobre nuestras obras por parte de agentes externos a nosotros (una agencia pública, una firma de ropa), afirmamos que sí existen circuitos delimitadores. Esto, sin embargo, no es lo relevante. Lo que importa, y aquí viene Coetzee, es el dilema que tuvimos mi amigo fotógrafo y yo. El hecho de no saber resolverlo, de quedarnos en blanco, confirma hasta dónde puede esa enajenación acabar por hacerse propia, diluyéndose y volviéndose sentido común, y, por tanto, dejar de ser censura per se para devenir otra cosa, menos explícita, menos formal.

 

La censura hoy reside en no saberla encontrar.

 

Estaríamos hablando, finalmente, de ser nosotros mismos (creadores, escritores, artistas) los Estados y Mercados que producen sólo aquello digno de ser producible, una suerte de prolongación del sistema cultural.

 

La autocensura, pues, funcionaría como puente de unión entre el Poder y el Artista. Al contrario de lo que sucedía durante el régimen soviético, donde muchos artistas se veían obligados a emigrar o a no producir ninguna obra que no sea en la clandestinidad, hoy son los mismos artistas los que reproducen la hegemonía mediante la libertad creativa, autocensurada.

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