La Espada del Samurai

La Espada del Samurai

Su blanquecina piel, su larga melena sombría que se extiende hasta sus caderas, su cuerpo delgado y afilado como la hoja de un cuchillo... Sato podría componer una canción con solo un atisbo de su mirada y aun así no haría justicia a su beldad.

 

Sus ojos verdes, un rasgo más que añadir a su extrema y extraña belleza, se posaron en su mirada de vulgar color marrón. No domina a comprender que vio en un humilde sirviente con escaso talento para la espada, hijo de un viudo herrero; no tentó a la suerte preguntando, tener su atención era más que suficiente para él.

 

Su Shogun le ordenó protegerla ante el asedio del clan rival. Él la subió a lomos de su caballo y que los demonios se lo lleven a los siete infiernos si alguna vez faltó a su juramento.

 

 

Llegaron a la cabaña ya entrada la noche e hicieron el amor hasta el amanecer.

 

- Quiero darte algo-le dijo la hermosa concubina, como si no le hubiese ya dado bastante.

 

Extendió la mano y posó sobre la palma del joven Sato una fotografía en blanco y negro.

 

- Es la única en que sonrío.

 

 

Sato observa la arrugada estampa impresa sobre un grueso papel nacido de una caja oscura, otra de tantas cosas que su intelecto no llega a comprender y termina por aceptar sin más. Contempla la imagen con una sonrisa en los labios y lágrimas en los ojos. Sabe que debe dejarla a buen recaudo, si el Shogun o los numerosos cobardes de su corte la encuentran en su poder, será enviado a cualquiera de los siete infiernos de Mune, siendo el desierto de Gobi el más temido de todos. Sato agarra su espada y desenrosca la empuñadura tal como le enseñó su padre. Dobla con mimo la fotografía formando un tubo con ella y la guarda en el interior de la vaina, cerrando de nuevo la empuñadura.

 

- Os juro que siempre irá conmigo-le dice Sato mientras su mirada se clava en las pupilas verdes de su amada.

 

Ese fue el último momento de felicidad que ambos compartieron.

 

Dos días después, Sato resiste la humillación arrodillado frente a su Shogun. Tras él una ruidosa prole reclama su cabeza en una estaca. Siempre fue valiente, pero no demasiado fuerte ni lo bastante inteligente. Un hombre vulgar bajo el embrujo de un amor fatal.

 

La espalda de Sato ha sido flagelada con fusta de espinas manchada de esquirlas de carne y sangre que no se han molestado en limpiar, trágico y voraz recuerdo de anteriores vejaciones.

 

 La bella Akemi tampoco es ajena al dolor, su forzada presencia observa también de rodillas cada latigazo que recibe su amado Sato. Cada violento azote la obliga a bajar la cabeza.

 

El Shogun se acerca entonces hasta ella y le arranca con violencia las vestiduras, dejando su torso desnudo a la vista de todos. Sato se incorpora con inusitada rapidez y se abalanza con ira hacia su amo. No consigue llegar ni a mitad de camino cuando es golpeado con violencia con una vara a la altura de las espinillas. Sato cae junto a Akemi e incluso llega a rozarla con los dedos. Sato bendice con agrado el golpe que le regala el tacto con su amada.

 

- ¡Mune!-ordena el Shogun.

 

El viejo de espalda encorvada y larga melena gris, se acerca a su señor.

 

- Invoca al desierto de Gobi y condena a este traidor a una muerte lenta.

 

- ¡Devolvedme mi espada y luchad con honor por el amor de Akemi!

 

- ¡Su afecto era mío mucho antes de que tú llegaras! Eres una deshonra para tu familia y para el clan de la Katana Verde.  Morirás de sed si el sol no te mata antes y tu alma y tu amor por ella sucumbirán ahogados bajo la arena de Gobi.

 

- Llevadme con él-espeta Akemi-o quitadme la vida aquí y ahora.

 

El Shogun desvía la mirada con desconcierto, sorprendido por la proposición de Akemi. Sin apartar la vista de ella, ladea el brazo hacia su hechicero, éste derrama sobre el suelo un pequeño montículo de arena.

 

 

El hechicero brama unas palabras y se aparta con celeridad. El montículo crece y toma vida y se convierte en un remolino. Los curiosos aldeanos corren despavoridos mientras los samuráis desenfundan sus katanas en un intento vano por disfrazar el miedo. El remolino de arena aumenta considerablemente de tamaño, como si se alimentara del pánico que le rodea.

 

- ¡Rápido mi señor!-se apresura a decir el hechicero-. O nos engullirá a todos.

 

El Shogun ignora el comentario y se arrodilla frente a Sato. Empuña la espada que descansa en el suelo y desenfunda la hoja. Con admiración, su vista recorre el filo hasta la empuñadura.

 

 

El recuerdo de la fotografía, asalta la memoria de Sato.

 

- Tenéis una buena espada, merece más respeto que vuestra lealtad... ¿La forjó vuestro padre?

 

Sato le mira desafiante sin mediar palabra.

 

- También forjó la mía,... Un buen hombre con talento para la espada, eso no suele ser común-el Shogun se levanta y habla alto para que todos le oigan-

 

Después de enviaros a morir al desierto de Gobi, Kenji Sato; hijo de Tsuka Sato, quiero que sepáis que visitaré la aldea de vuestro apreciado padre, me acercaré a su herrería y después de indicarle la deshonra de su hijo, le rebanaré el cuello con la misma espada que él me forjó.

 

- Mi señor debéis apresuraos-vuelve a insistir el asustado hechicero.

 

 

El Shogun observa como el remolino de arena ha alcanzado ya una altura de tres hombres y cada vez se está haciendo más grande.

 

- Llevadme con Sato, os lo ruego-suplica Akemi.

 

- ¿Realmente preferís el infierno de arena a estar conmigo?

 

Akemi no le da el gusto de dudar ni siquiera un ápice.

 

- Así es, mi señor.

 

El Shogun medita durante un breve instante antes de tomar una decisión.

 

- Que así sea pues.

 

Dos samuráis agarran a Sato y lo levantan del suelo. El Shogun observa enojado como no hay miedo en su mirada.

 

- Akemi irá contigo, te lo prometo.

 

El Shogun levanta la espada de Sato y tras un veloz y certero movimiento, de un solo tajo le separa la cabeza de los hombros. Con la hoja aún sangrante se acerca a Sato y envaina la katana sin limpiarla.

 

- Tomad-el Shogun aloja la espada en el cinto de Sato-vuestra espada y la sangre de vuestra amada, ambas te acompañarán ahora en tu viaje.

 

El Shogun se aparta y Sato es lanzado al interior del remolino de arena. Su cuerpo es engullido por un mar amarillo y desaparece sin dejar rastro. La tolvanera de arena disminuye y se va hasta quedarse en nada como el animal que ha saciado su sed junto al arroyo y vuelve de nuevo al bosque.

 

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