La espiral quebrada

La espiral quebrada

No podía creer en lo que nos habíamos convertido. Aquel directivo de la discográfica no dejaba de insultarnos. Miraba al resto de la banda con indiferencia. Nuestro segundo disco había fracasado estrepitosamente. Lo teníamos todo a nuestro favor, una enorme campaña de marketing y una gira europea asegurada. Pero estábamos quemados y me negaba a pensar que la rotundidad de nuestro primer trabajo fue pura casualidad.  Me dolía la cabeza y aquel estúpido gritaba mientras intentaba que comprendiéramos lo que significaba una mala inversión.  

 

Todo nos vino grande, tan solo éramos  unos chavales de instituto aferrados al rock como religión. Yo era el cantante y compositor, en mi recaía la máxima responsabilidad.  Estaba claro que contábamos con el mejor instrumental y habíamos ensayado fuerte. Existía una buena evolución en el estilo. Nadie tuvo la decencia de señalarme, pero sabía que las letras eran el problema.  

 

Todos nuestros sueños pendían de un hilo finísimo. Sentados los cuatro en aquella mesa mohosa de nuestro bar de siempre. Donde tocamos la primera vez. La verdad es que no éramos los mismos. Los sueños y promesas maltrataban la creatividad, secaban la inspiración. El mercado devoraba bandas y grandes hits convirtiéndolos en estrellas fugaces. No podía engañarme, no soportaba la idea de caer en el olvido tras esa gran oportunidad del destino. Fuimos elevados por toda la crítica musical como la gran promesa del rock nacional. Eric atacaba la segunda hamburguesa con mostaza natural. Solo le interesaban las baterías. Estaba loco por su Tama japonesa.  No dejaba de practicar día y noche en el garaje de sus padres.  Era un auténtico enfermo del mundo de la percusión. Dani era como todos los guitarras, un loco despreocupado. Se dejaba la piel en los conciertos. Personalmente  admiraba su fe ciega en mis posibilidades de liderazgo.  Al contrario que Joel, mucho más reservado y desconfiado en nuestro futuro. Simplemente cumplía con el bajo. Para él solo era trabajo. Todos admirábamos a Ian Curtis pero nadie esperaba acabar como él. Muerto a los veintitres.  

 

Decidimos tomarnos las cosas con calma. Con la discográfica teníamos firmados dos discos más. Aún podíamos ganar, remontar no sería sencillo pero debíamos trazar un plan. Todos me escuchaban mientras las cervezas se acumulaban en el centro de la mesa. No eran conscientes de la situación, simplemente me miraban y esperaban que yo diera con la tecla adecuada. Yo formé al grupo, les convencí del proyecto uno a uno.  Solo necesitaba recuperar la chispa, alejarme de ellos un par de semanas para rebuscar muy dentro de mí algo que contar. No tenía una vida nada especial, ni grandes experiencias. Repasaba una y otra vez mi jodida existencia y todo conducía inexorablemente a la vulgaridad.  Entendieron mi planteamiento, que más podían decirme. Tenía carta blanca para tomar el rumbo que considerara adecuado. Ellos seguirían encerrados dándole a la Guibson, a la Fender, a la Yamaha de cuatro cuerdas y al Ibanez de seis, hasta que los dedos sangraran.  Yo solo contaba con una hoja en blanco y un bolígrafo.  Nos despedimos sin mucho entusiasmo. Ninguno de ellos me deseó suerte. Estaba claro que al final de mes me pedirían la pasta como siempre, no lo entendían. Eran incapaces de reconocer la filosofía que rodeaba nuestra pequeña hazaña. Ellos no querían conquistar la posteridad, yo evidentemente sí. 

 

Me trasladé a mi apartamento. Estaba en la zona industrial de la ciudad. Una antigua guarida de trabajadores de las extinguidas industrias textiles. Ahora todo el barrio estaba lleno de snobs pero se mantenía una gran tranquilidad. Kira, mi perrita yorkshire terrier, y varias botellas de vodka Pinnacle, eran mi sustento y compañía.  Kira no paraba quieta durante todo el día, reclamando mi atención constantemente.  El vodka se mantenía inmóvil como buen cazador paciente. A pesar de planear un horario de trabajo, pronto se mezcló el día con la noche. La inspiración no aparecía voluntariamente, así que tendría que forzar su presencia. Era una amante esquiva. Solo había conseguido unas cuantas estrofas sin sentido, frases sin ningún mensaje. Era demasiado pronto para desesperarse. Kira observaba mi  lento hundimiento. La primera botella vacía de vodka rodaba encima de la mesa de la cocina. Caminaba tambaleante parafraseando míticas canciones de los ochenta. La musa no aparecía, solo el dolor insoportable de las resacas. Kira no dejaba de seguirme en mis recorridos fantasmagóricos, enredándose entre mis piernas. La papelera se llenaba sin remedio de garabatos de un falso genio. Empezaba a pensar seriamente en abandonar y aceptar las condiciones de la derrota. Aumenté las dosis alcohólicas y robé horas de sueño a mi cuerpo. Los mismos resultados, la inconsciencia insonora en medio del atronador resoplido del peso de la responsabilidad. Mi organismo avergonzado se negaba a tener hambre. Me sentía un extraño alejado de toda civilización. Solo los ladridos de Kira me mantenían en la realidad cada vez más borrosa. Pasaron los días y todo me condujo a ello. No tuve otra elección que llamar a Alan Mina alias “el cachete”. 

 

Apareció de entre los muertos una hora después de llamarle. Vestido con su cazadora tejana desgastada en mil batallas callejeras, pero con la sonrisa perfecta del vendedor más eficiente. Era simplemente nuestro proveedor de substancias psicotrópicas fuera del alcance de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios. Conversamos sobre la naturaleza de mi problema y sus derivadas. Me escuchaba atentamente mientras no dejaba de jugar con Kira.  Alan estaba hecho de adamantio, nada podía con él. Desde los once años metiéndose de todo en los barrios marginales del extrarradio de Barcelona, hasta acabar en la cárcel de Villabona como yonqui y distribuidor. Tenía la solución farmacológica ideal para cualquier cliente. Era un fan de nuestra banda por eso teníamos un diez por ciento de descuento. Recito de memoria el menú disponible: opio, morfina, marihuana, MDMA, Talidomida, Lorazepam,  cocaína, heroína o ácidos diversos. Pero insinuó que con el LSD el resultado sería fiable al cien por cien. Era la droga psicodélica semisintética que necesitaba. Alucinaciones con los ojos abiertos y cerrados, sinestesia, percepción distorsionada del tiempo, disolución del ego, alteración de la percepción, la conciencia y los sentimientos, además de visualizar sensaciones e imágenes falsas pero aparentemente reales. Todo formaba parte del peaje para el viaje que la fama me reclamaba.  

 

Encima de la mesa del comedor se encontraba la dietilamida de ácido lisérgico en diversas formas para ingerir. Papel secante, gelatina y en terrones. Me introduje un papel secante debajo de la lengua.  Tras media hora de espera, explicando mis razones a una Kira más nerviosa que nunca, mi sistema nervioso central se dispuso a regalarme “un buen viaje” de diez horas de duración.  

 

De inmediato me atrapó el efecto cognoscitivo, pasando de una idea a otra, ocasionando una disrupción del pensamiento. Entré en razonamiento psicótico como antesala de la acción creativa sublime. Pero la pendiente del barranco se mostró más inclinada de lo que esperaba. El LSD se convirtió en un enteógeno hasta conectarme con una entidad espiritual superior. Mi realidad en aquel preciso instante confundió el presente con la realidad quebrada de las sagradas escrituras de las grandes religiones y textos de civilizaciones ancestrales. Me sentía liviano, ungido por todas las esperanzas banas. Caía sin remedio en tierra de nadie hasta que una mano de tacto suave me sostuvo mientras recuperaba el aliento. Me levantó lentamente hasta su altura. Era Cate Blanchett. Qué hacía allí mi mito erótico Hollywoodiense. No supe qué decir ante su mirada felina y sus rasgos perfectamente geométricos. Solo pude seguir aquella belleza de porcelana a través del bosque frondoso. Estaba asustada ante los estruendos lejanos. Caminábamos a tientas, sin producir ningún ruido. Yo solo la seguía en silencio apretando mi mano contra la suya. Al cruzar un claro ella se detuvo. Miraba al cielo nerviosa, destacando la ausencia de pájaros. De la nada apareció una inmensa sombra recorriendo la hierba. Un aullido agudo casi nos perfora los tímpanos. Un gigantesco dragón negro batía las alas para frenar su vuelo, justo antes de lanzarse en barrena contra nuestra posición. Cate estaba desesperada ante el inminente ataque mortal. Era hora de encontrar el alma perdida dentro de mí océano. La besé como solo besan los príncipes herederos de grandes tronos. Una explosión de euforia me recubrió el cuerpo elevándome hasta sensaciones más allá de la omnipotencia. Como por arte de magia, la escena se rodeó de sinestesias de todo tipo. Todo parecía extremadamente real.  La protegí con mi cuerpo mientras tanteaba el suelo para encontrar un buen pedrusco que lanzar contra el despiadado monstruo. Sostenía aquella piedra mezcla de cuarzo, mica y feldespato. La cabeza del dragón iba ampliándose por momentos. Sus afilados dientes, grandes como puñales, me despedazarían si fallaba. Notaba los brazos de Cate clavados como garfios en mi cintura. Armé el brazo mientras trataba de no ser hipnotizado por aquellos ojos que coronaban un cuerpo pestilente repleto de escamas. Aquella piedra estaba poseída con poderes especiales. No dejaba de moverse entre mis dedos y su tacto aterciopelado ofrecía una sensación agradable. La lancé con todas mis fuerzas. Impactó en el ojo izquierdo del dragón, estallando en mil pedazos como en una vidriera policromada.  Aquello desequilibró su vuelo rasante. La colisión le partió el cuello.  

 

Me desperté desnudo estirado en el suelo del comedor. Todos los trastos de cocina estaban tirados y el plasma destrozado. Me encontraba sudado pero el ambiente era gélido. Me levanté renqueante, a duras penas pude mantenerme en pie. Fue cuando comprobé que un cristal de la ventaba estaba roto. Gritos histéricos en la calle. Abrí la ventana para contemplar lo que sucedía. Me clavé un pequeño trozo de metal en el pie. Al extirparlo comprobé como tenía varias mordeduras en la mano derecha. Los gritos iban en aumento. Abrí el ventanal. Una gran cantidad de gente rodeaba un coche azul aparcado en la acera. Encima del capó el cuerpo de Kira yacía sin vida. Retrocedí sobre mis pasos. Debía controlar aquel caudal de dolor y desconcierto. Antes que me consumiera la idea del absurdo, me senté en la única silla entera que quedaba. Sin pensarlo busqué el primer bolígrafo y cualquier trozo de papel. La canción brotó al instante. Una simple pero impactante historia de una groupie que perdió la vida por una banda de rock.