Relatos Salvajes La Loma de los Becerros

La Loma de los Becerros

Me senté a un lado de los becerros del Saguaro y comencé a devolver la comida, el arroz con acelga y aguacate de la merienda. Para afuera el malestar de las tripas que venía hilado con el del alma en una cuerda larga. Después, cuando ya no cargaba con nada en las láminas de mi moribunda panza, empecé a llorar gradualmente.

 

-¡Terieso, ya llévalos a la orilla de la carretera!

 

Yo era voluntarioso, pero ese día no tenía ánimos para acarrear a los becerros hasta las hierbas que crecen muy junto a la carretera. Quería seguir llorando, unas cien gotas más como mínimo deslizadas como lluvia en el tejado. Ahí me encontraba, sedentario a un lado de los becerros que exigían a través de sus singulares quejidos y sus empequeñecidos ojos que los llevara a la falsa tragazón de siempre. Por efecto tuve que levantarme de la roca mayúscula sobre la que estaba placo, agarrar la varilla de palo que guardaba debajo de la roca y dirigir a los becerros hacia los bordes de la carretera. Uno a uno les daba de guamazos en las traserillas para que encumbraran el rumbo por la terracería de arcilla. El padre de mi abuelo, Ortibio Miranda, tenía doce borregos de lana larga, flacos color azabache, de piernas cortas pertenecientes a la misma generación.

 

Entonces caminé con la docena de becerros ya más contentos y con las exigencias reducidas. Cuando el General Clemente Ruíz visitaba a mi bisabuelo Ortibio, lo primero que le preguntaba era:

 

-¿Cómo están tus becerros Ortibio?

 

-Muy contentitos mi General, muy contentitos porque ya me los llevo a pastar allá donde les gusta la hierba-

 

Muy a menudo el General Clemente visitaba a mi bisabuelo, él le debían un favor que inevitablemente los lazó. Acomedidos rendían tributo a aquel pendiente que sin remedios terminó por unirlos en una irrebatible amistad.

 

Mientras caminaba, me preguntaba el porqué de mis lágrimas, el porqué de esa sensación calosa abundante en los nervios desolados; por qué del cielo aviciado y los maizales secos desde la raíz hasta la cima del volcán Tepeua. El cráter hacia una gran nube encima de los cerros de la cual a menudo pringaban cenizas.

 

Esa rara vez, cuando mi bisabuelo me mandó a la orilla de la carretera para que los becerros se atascaran de hierba, encontré a un campesino muerto sobre la loma. A mi bisabuelo le gustaba caminar con los becerros, llevarlos a pastar. Él lo hacía siempre, sólo cuando tenía deberes más importantes me mandaba a mí, pero casi nunca. Ese día que lloré fue la primera vez que lleve a los becerros a pastar como una costumbre y no como una obligación por los compromisos de mi bisabuelo. Fue el primer día de lo que se me había ordenado sería una responsabilidad diaria. Cuando vi a ese campesino que en un principio pensé no estaba muerto, me acerqué al cuerpo y le di unas puntadas con la varilla de palo; en los ojos, en los cachetes, en la panza y en las rótulas. Pero no respondió, así que continué picándole en la nariz, en las orejas, en el pecho y a un lado de las traserilla como a los becerros cuando andan caminando disparejo. Pero nada, ni una reacción de vivacidad ni de reflejo. El humilde campesino tenía un rifle de punta larga acorazado en el hombro, un rifle como el de mi bisabuelo Ortivo; un sombrero de paja seca como los que usaba el General Clemente y unas botas como las que siempre traigo puestas en los pies para no resbalarme con el barro. El muerto boca arriba, feto como duermen los becerros cuando hay cuarto menguante o cuando no quieren que los moscos les piquen cerca del espinazo. Al ver a aquel campesino con el sudor tieso, ese sudor maloliente de muerto tieso, no me asusté porque yo sabía que de a veces se encontraban campesinos estirados a las orillas de la carretera. De eso me enteraba en las pláticas de mi bisabuelo y el General:

 

-¿Hojeaste el periódico de hoy? otro muertito a orillas de la carretera -le decía el General a mi bisabuelo.

 

-No sé dónde vamos a terminar mi General. Tal vez son las vacas flacas o las hambres gordas, o los jefes roncos de mano dura-

 

Yo no entendía esas conversaciones, únicamente los veía parados junto a la mesa de la terraza que daba al sembradío de aguacate orientado al extremo sur del Saguaro, con los brazos siempre apoyados sobre unos planos grandes que ocupaban casi todo el diámetro de la mesa.

 

-Eso debe ser Ortibio. Hay que ser positivos y esperemos que este sea el último campesino que muera por las vacas, por el hambre o por el jefe ronco -contestaba el General.

 

Y los dos se ahogaban en una risa ensanchada. Esa risa que los seguía después por el sendero de aguacatales. Siempre, a continuación del café, las jícamas y de echar un buen ojo en los planos, mi bisabuelo y el General Clemente se iban  a dar una caminata corta por los plantíos del Saguaro.

 

Pero no son las vacas flacas ni las hambres gordas las que matan a los campesinos. De aquí a allá se da mínimo la mitad de la siembra, a veces menos y a veces más, aunque de la raíz a la cima del volcán Tepeua parezca estar seco en algunas temporadas, aunque la repartición de la cosecha sea todo menos pareja.

 

 

El Saguaro está algo dentro de la sierra y junto a esta sierra hay ocho ranchos más que se dedican a la cosecha de diferentes frutos y verduras. Eso es lo que los dueños acordaron en la primera junta, que debido a la particularidad de cada suelo había oportunidad para que cada rancho pudiera plantar diferentes cosas y así no habría necesidad de competir y que de ganado se podía tener lo que se quisiera. Con eso todos estarían en paz. Así funcionó los primeros años; en el Saguaro se plantó aguacate, naranja, rambután, uva, tomatillo y chile dulce. Así funcionó los primeros años, los primeros dos, porque después todo se hizo un relajo grande. Los dueños empezaron a envidiar los frutos y verduras que a los otros se les habían adjudicado, dizque porque no salían las ventas presupuestadas en esa primera junta, dizque porque otros habían salido mejor beneficiados y al final de cuentas el arreglo no fue equitativo. Se hizo una revuelta, el acuerdo no se respetó y los dueños incluidos mi bisabuelo y abuelo empezaron a sembrar de todo a diestra y siniestra; maíz, romerita, olivo, plátano, papaya, cebolla, guayaba. Todo de todo. Se cubrieron los ranchos de huertos, hasta el tope, olvidando dejar libres largos pastizales de hierba para que los becerros se alimentaran. Por eso tuvimos que empezar a llevarlos a la loma que se encuentra a orillas de la carretera federal. Pero no fuimos los únicos que lo hicieron. Después los otros ranchos tuvieron que hacer lo mismo con su ganado, debido al escaso pastizal en sus espacios, así que en otra junta se acordó dividir la loma que ni siquiera era propiedad privada. Esa junta no fue tan amena y mucho menos placentera, dado que la relación entre los dueños se había fracturado por las riñas y el incumplimiento del primer acuerdo. Juanil y Ortibio regresaron muy enfadados ese día al término de la junta agraria en Ojos Negros.

 

 

-¡Son fregaderas Juanil! ¡No teníamos por qué aceptarlo! Fuimos los primeros en ir a esa chingadera de loma. Ahora nos vienen con que debemos compartirla. ¡Son fregaderas hijo!-

 

-Con toda razón lo dices Apa. Esos pinches hijos de la cabrona algún día van a tener que buscar su propia loma. Esa es nuestra, nos corresponde por inteligentes -fue lo que respondió mi abuelo.

 

-Primero nos salen con que la siembra no fue equitativa y ahora se quieren aprovechar de nuestra viveza. ¡Que se vayan a la joda! Yo no voy a poner ni un sólo peso para el alambre, ni para nada de esa división. ¡Me niego a aceptarlo!- dijo indignado mi bisabuelo.

 

Después de la charla embrutecida de esa noche, en la loma empezaron a aparecer campesinos de todos los ranchos armados con rifles copetones. Se hizo la división con cercas de palo y alambre de púas. La mayoría de los dueños estuvo presente en la construcción de la cerca, pero mi abuelo y bisabuelo no quisieron asistir. A cambio de eso emprendimos un viaje tempranero, casi madrugador a la ciudad, la que está del otro lado de la sierra, San Camil de los Ramos. Mi bisabuelo ya tenía ese compromiso desde unos días vecinos. San Camil era la ciudad a la que íbamos por los recursos que nos hacían falta para mantener al Saguaro funcionando. Íbamos cada quincena que mi bisabuelo se forraba de dinero por las ventas de la cosecha y los huevos de las gallinas ponedoras. Los becerros aún no daban sus frutos, tenía poco que mi abuelo los había conseguido, él fue el que se entercó en hacerse de ganado, mi bisabuelo Ortibio no quería.

 

-No me parece Juanil, los becerros recaen en mucho cuidado. Además recuerda, por aquí hay muchos pumas. Se van a dar agasajo-

 

-No te preocupes Apa, sentamos a un velador con rifle y ya- seguro dijo mi abuelo.

 

Aún con esas dudas, mi abuelo adquirió veinte becerros atravesando pacto con uno de sus amigos del Estado vecino, con la infaltable autorización de mi bisabuelo el jefe de todas las decisiones. Veinte cabezas de ganado no es cosa barata ni cerca, pero mi bisabuelo terminó por convencerse y así llegaron al rancho los becerros con la leche escurriéndole las trompas; blancos con motas negras en los espinazos.

 

Esa vez que llegamos a San Camil en la troca que usábamos de carga, paramos en una residencia ancha con cocales altos hasta las estrellas y vergeles hermosos como los frutos sañosos de la muerte. Era la casa del General Clemente. Mi abuelo Juanil me dijo:

 

-Teresio quédate acá quieto mientras regresamos. Por aquí la gente tiene la maña de robarse lo primero que ve foráneo-

 

Mi bisabuelo no dijo palabra al salir furtivo de la troca y fue directo a la puerta de la mansión de otro mundo, de otro pueblo diferente a San Camil que entero se notaba miserable, pequeño comparado con esa residencia de muros vastos. En el camino de dos horas y media al pueblo, Ortibio no mencionó comentario ante las cosas que decía el abuelo Juanil. Dentro de la troca, en esas dos horas y media yo la pasé silencioso como mudo pero oyente como cura en confesionario. Inevitablemente supe que no íbamos a San Camil por una visita común, no íbamos por recursos ni por despensa, sino a otra cosa que inmediatamente presentí al llegar a la enorme mansión.

 

Obedecí a mi abuelo y me quedé en la trasera de la troca. Se tardaron algo de tiempo, mientras yo contaba las horas para regresar al Saguaro, allá donde me gusta pasar las horas, sentado en la roca junto al espíritu duende de los becerros. Ahí me esperé, cuidando nuestro patrimonio de los rateros y de la oscuridad; vi llover un poco de granizo, ligero casi como agua nieve. Ahí pendiente en la trasera de la troca recordé a mi madre y a mi padre cuando me hablaban de la vida y del campo; de los animales y del cielo verde que se hacía más verde aledaño al océano. Después el tiempo pasó sin siquiera hacer la cuenta, me caminó dietético por en medio del ocaso. Entonces mi abuelo, bisabuelo y el General Clemente subieron a la troca, y Juanil arrancó veloz por las calles huecas de chapopote descarnado. Juanil al volante, Ortibio de copiloto y el General a un lado de mí en la traserilla de la troca con su revólver de seis balas colgándole del cinturón. Fue la primera vez que vi al General Clemente Ruíz; tenía el bigote tupido como las palmas de sus cocales y la mirada fría casi vacía como el resto de San Camil. Sus primeras palabras hacia mí fueron:

 

-Que alto muchachito, te pareces a tu bisabuelo, la misma cara rejuvenecida y los mismos cachetes gordos. Ojala tus años sean tan tercos como los de él.

 

A lo cual mi abuelo y bisabuelo soltaron una carcajada tirada y a mí me sacó una sonrisa comprometida. Después el abuelo Juanil habló, dijo las cosas que siempre dicen de mí cuando hay otra persona.

 

-Es Teresio, medio mudo pero laborioso con sus deberes. Duerme temprano para madrugar y hacer la cosecha-

 

A lo que una vez más todos soltaron una extendida carcajada y yo de nuevo una sonrisa comprometida pero claramente recogida. Si a mí no me gusta hablar demasiado es por las cosas que oigo a cada rato en el Saguaro y en su derredor, porque si hablara continuado cada que se me soltara la boca floja, no escucharía la voz de aquellos que hacen o van a hacer esas cosas chuecas.

 

Después de aquel convenio en el que los dueños más por obligación que por conformidad acordaron dividir la loma, empezamos a llevar a los becerros allá donde se nos había estipulado. Diario mi bisabuelo los acarreaba, con la mirada enfurecida y los pasos tronados de cacique; atrincándole buenos guamazos en las traserillas. Y cuando los becerros se tragaban las hierbas quedando sólo un racimo en el suelo aparentemente fértil, mi bisabuelo juntaba a  los campesinos del Saguaro, los llevaba a la loma y tiraban semillas en todos los extremos del pedazo para que la hierba volviera a crecer rápido; semillas y fertilizante del bienhechor y productivo. Pero luego de algunos meses nos dimos cuenta que la hierba no creció tan rápido ni tan frondosa y nuestros becerros no alcanzaban la altura ni la empaches debida. Entonces mi bisabuelo carcomido por la rabia de los perros, reunió en el Saguaroa los dueños de los ocho ranchos para buscar una solución. Los nueve dueños se sentaron en la mesa que daba a los plantíos del Saguaro y ahí sin tardanza ni merodeos hablaron fuerte. Yo alcancé a escuchar algunas cosas en una de las veces que fui a la cocinilla por un vaso tibio de leche:

 

-¡Ese trato de la loma tiene que deshacerse! Nos dejaron el pedazo donde la hierba crece desnutrida. Se aprovecharon a la mala señores, a pesar de que yo fui el descubridor de ese lugar- Comentó Ortibio con la rabia de un perro, de esos perros de la calle que espumean por el hocico cuando el sol está en su apogeo.

 

Don Casimir, el propietario del Sauzal le dijo:

 

-No Ortibio, fuiste tú que no quisiste ir a la repartición. Tú tuviste la culpa y no nos dejaste alternativa.

 

Y el dueño de Ojos Negros lo apoyó:

 

-Si Ortibio, te emberrinchaste. Tú bien sabes que este tipo de acuerdos se hacen por mayoría ya que esa loma es de todos nosotros por ser de nadie y aquí todos estamos conformes con la división que se hizo. ¿Quién además de Ortibio está en desacuerdo?

 

Nadie alzó la mano y mi abuelo Juvenil azotó la mesa con el puño duro diciendo:

 

-¡No nos salgan con esas cabronadas señores! Ustedes bien saben que lo hicieron de mala fe, por lo de las cosechas. Ahí si les convino cambiarlo todo y después sin pena dividen lo que descubrimos, y para acabarla de amolar nos dejan la peor parte. ¡Sinvergüenzas canallas!- Indignados por los comentarios, la descortesía y los insultos, los dueños se levantaron de la mesa, agarraron sus tiliches y se fueron. Mis parientes se quedaron sentados tronándose las muñecas. Ortibio le dijo a Juanil:

 

-Ya no hay que hacer corajes en vano. Esos hijos del maíz la van a pagar. Por las malas nos van a regresar lo que nos corresponde ya que no quisieron hacerlo por las buenas. Vas a ver Juanil-

 

Ese día, mis ascendientes pasaron casi toda la noche hablando en el despacho y yo tratando de morder la espalda de los sueños arrebujado en las cobijas.

 

Los días pasaron, fueron muy tranquilos acariciando el silencio en el Saguaro, poco movimiento, poco brío en los surcos a la siguiente mañana de la escandalosa reunión  de los dueños de la sierra. Esos días hice la cosecha entera, ya que mi abuelo muy temprano arrancó viaje a San Camil. Estuvo fuera cuatro días. Él y mi bisabuelo se telefoneaban cinco o seis veces por la tarde-noche. Un velador cuidaba a los becerros de las garras y colmillos de los pumas, se plantaba todas las noches como tronco en aquella roca dura y grande que lleva marcada el nombre del rancho en la frontal. Esa marca que mi padre grabó con cincel y martillo cuando estaba joven. Cuando eso, tendría unos diecinueve años como los que ahora tengo yo. Por eso me gusta pasar la mayoría de los días allá, en la roca dándoles la frente a los becerros esperando a que el sol se oculte y a que las horas corroigan el sereno de la medianoche, con el ganado timorato de los hombres-puma y los labrantíos de aguacatales echando sus frutos a la tierra.

 

Ahora nos quedan doce becerros, a los demás pensamos que se los comieron los pumas cuando el velador se quedó dormido en aquel periodo de tiempo caluroso que a cualquiera atolondraba en la oscuridad y en los jugos del sudor. Pensamos que fueron los pumas porque qué otra cosa podría haber sido. En un principio pensamos que fueron los pumas porque no dejaron rastro de muerte, ni gota de aliento sobre el carcomido pastizal, sin indicio como sólo los pumas pueden hacerlo. Desaparecieron de a dos becerros por día, hasta que mi abuelo decidió sentar a dos veladores más, uno en cada esquina que daba al monte de la sierra. Sólo así dejó de esfumarse el joven ganado quedando únicamente doce becerros. Pero mi bisabuelo Ortibio estaba muy enojado, ese fue el estado de ánimo que se le miró la mayor parte de los últimos diez años. Su frase anunciada de cada semana era: “me cargan los malditos años, buena fuera la muerte”.

 

Sólo así dejaron de desaparecer los becerros, con tres veladores sudados en el jugo de la calurosa oscuridad despiertos a amenaza de cacique. Pero después empezaron a extraviarse los campesinos que velaban la existencia de los becerros flacos. Aquellos hombres abandonaron el Saguaro con vida y aparecieron muertos a orillas de la carretera, en la loma, luego que otros campesinos asomaron atrincherados con sus rifles, la boca seca y el cuerpo tieso de los muertos tiesos. Esos primeros campesinos comenzaron a morir cuando el General Clemente Ruiz empezó a tomar costumbre de visitar frecuentemente a mi bisabuelo Ortibio.

 

-Ya es una guerra mi General. Me están dejando hueco el rancho, pero no voy a parar. Si eso es lo que quieren…-

 

-Por la alcaldía no te preocupes Ortibio, nadie va a intervenir, estoy bien apalancado. Esos me deben varios favores- enfocó convencido el General.

 

Por eso ni un vigía del gobierno se interesó por las cosas que ocurrían en la sierra porque tal vez el General no estaba bien conectado con los jueces de la milicia pero si con las autoridades de la alcaldía. Esa fue la razón por la que todos hicieron lo que quisieron sin tener límite cuerdo. Fue una guerra, un juego luengo de escondidillas en la loma de los becerros.

 

A veces se me hace difícil vivir en la sierra y no en San Camil. Acá hay riqueza pero de la que no se disfruta un sólo segundo y allá hay faltantes pero segundos ciegos de las cosas virulentas e infernales. Ese plan tenía mi padre Ángel Chuy para mi madre y para mí, quería que nos fuéramos a vivir a San Camil y abandonar la protección principalmente de mi bisabuelo. El hombre temía quedarse por sobre todas las cosas solitario en el Saguaro. Así lo entendió el abuelo Juanil y por eso se quedó aquí yéndose la abuela Magdalena del Mar fuera del Estado, harta de sembrarse a diario en la tierra de las cosechas bajo el cacicazgo de un suegro despiadado. Eso le importó poco a mi abuelo Juanil, ponderó el patriarcado sobre su nuevo carácter de líder de familia, siguió aferrado en continuar siendo hijo y no esposo, hijo y no padre, porque de la crianza de mi engendrador Ángel Chuy se encargó el bisabuelo Ortibio. Eso que le ocurrió a la familia de mi abuelo, le ocurrió a la mía también. Casi exactamente la misma cosa mala de dependencia y patriarcado. La única diferencia fue que en mi familia primero se fue mi madre Queta y después mi padre en su búsqueda, no la dejo irse sola. Yo me quedé aquí porque mi bisabuelo no permitiría ni permitió que mi padre me llevara con él, sabiendo que tal vez yo era el único que podría extender más generaciones el apellido Miranda. El apellido macho y varonil de los Miranda.

 

 

Como si fuera fácil casarse con la primera mujer que se alcanza en el cuarto de la criada india y atinarle a un hijo varón al primer intento. Mi padre y mi abuelo no lo hicieron, fue hasta la segunda después de los abortos inducidos por el doctor Rubirato de San Camil, ese del que mi bisabuelo solicitó dos veces en el Saguaro en dos generaciones distintas cuando las panzas de las criadas ya estaban hinchadas casi a su máximo a punto de estallar. El doctor Rubirato supo que eran hembras las que venían primero, por eso hizo lo que hizo dos veces en el vientre de dos diferentes mulatas. La sangre corrió espumosa en el cuarto que está al fondo del corredor y los cuerpos aún fetos fueron sembrados como se siembra el maíz, antes de que amanezca el sol.

 

Yo aún no me quiero casar, por eso nunca he entrado al cuarto de la criada Juliana, esa mujer de veinticuatro años, de ojos negros de jade pardo, senos firmes puntiagudos moldeados con copa larga, piernas gruesas, muslos jugosos, cintura de serpiente cascabel y labios carnosos como bembas de centroamericana exuberante. Esa era el tipo de libidinosa tentación que al bisabuelo le gustaba poner de criada. Siempre me decía:

 

-Teresio, por favor no me vayas a salir alrevesado. ¡Ándale! te esperan en el cuartito del fondo-

 

No no no, aún no he hecho tal cosa porque no quiero que Juliana próximamente salga huyendo como mi madre criada india lo hizo y yo detrás de ella abandonando la tumba en la loma de mi primer hija y la vida fértil de mi segundo macho bien logrado. No lo he hecho, no he entrado al cuarto del fondo aunque a veces me coma la tentación en las ingles, porque quiero hacer las cosas bien y derechas, ya que creo amar a Juliana desde el alma, no por su exuberancia de india mulata, sino por sus ojos tiernos y gentileza sincera de su mirada. Es innegable que ella viste un forrado de cuero voluptuoso, con  unas traserillas como los cerros más altos, frondosos y gordos de la sierra. Me gustan más sus ojos, su mirada y la forma en que dice las cosas con ese acento trabado pero claro de india medio analfabeta.

 

También creo que Juliana me ama, lo siento, me lo demuestra cuando mi bisabuelo va de gira a  San Camil y ella detrás de la meseta se desnuda los pechos frente a mis ojos sabiendo que la observo aunque yo aparento no verla asomado por la puerta de la cocinilla excitado con el humo del tizón. La observo detalladamente cuando después aturdida por el calor de agosto se echa agua sobre los hombros bronceados que tiene, esos hombros anchos y delgados de los cuales me gustaría tomarla cuando hagamos el amor por primera vez. Pero me aguanto la tentación de arrancarle la ropa con todas mis fuerzas y con todos mis deseos acumulados durante varios años, porque sé que si me apresuro y alguna madrugada caigo en la habitación de las tentaciones, estaré como ahora, en manos del bisabuelo Ortibio para siempre y mi vida tendrá que caminar eternamente por las tierras de la cosecha y el panteón viciado de la loma. Sé que ella y yo somos el uno para el otro, por la piel y el alma de criada india que traigo circulando junto con la sangre.

 

Fue la segunda vez que vi a un muerto, aquel campesino de bigote espaciado y piocha de becerro enfermo por el hambre, del que las moscas comenzaban a rodearlo como ángeles negros apurados que yacen en la loma desde el primer entierro; hueco, cuerpo, cal, y tierra encima de la que nace el desabrido pastizal, ese del cual mi bisabuelo Ortibio se quejaba tanto con los dueños. Ese pastizal debe ser magro por las moscas que brotan de las larvas surtidas con el alma de las niñas y los campesinos jodidos, envueltos en la cal que jamás hace efecto ante las cuestiones del calor y la lluvia.

 

Se desató una guerra en la loma iniciada por mi bisabuelo, un juego de escondidillas en el que se ocultaba mejor retenía la vida, pero si no se arriesgaba en ese juego maldito de la vida y la muerte no podía hacerse de la paga que sustentara a toda una familia de indios campesinos. Una guerra hecha  juego  orquestada por Ortibio y físicamente ejecutada por el General Clemente y sus súbditos de la octava región. Principiaron asesinando a un cacique de los más poderosos, el del Sauzal, Don Casimir, al cual nadie reclamó dada su reputación de enemigo fácil. Después se siguieron con uno de los varios campesinos que cuidaban su pedazo de loma a orillas de la carretera, eso cuando desapareció por completo más de una media docena de nuestros becerros. Pero no tardó en llegar la venganza de los tocados iracundos, por dar la casualidad de que ese primer muerto con facha de campesino no era sino un entrañable sobrino del patrón de Ojos Negros. Y quién más pudo haber sido el culpable de tan desdichado acto, quién más que el dueño de esas palabras amenazadoras en la última reunión delSaguaro. Todos supieron lo del aparente campesino y por consiguiente lo de Don Casimir, por eso al poco tiempo asesinaron a mi abuelo Juanil cuando iba en la troca directo al pueblo, lo agarró una emboscada numerosa cerca de la loma. Le dieron cuarenta y ocho tiros, doce en la cabeza y los demás en el resto de su anciano cuerpo de setenta y seis años airado por el campo. Fue una revelación ver a mi abuelo Juanil experimentado por el tiempo, ahí en un cofre del que hasta los muertos lujosos no tienen salida a la frontera de los vivos, del que los cuerpos muertos representan carroña para los ángeles negros de los olmos. Mi bisabuelo Ortibio no permitió que lo velaran en San Camil como recomendó Clemente Ruiz, fue en el rancho y ahí mismo lo enterramos junto a los aguacatales de manto verde,  a media tarde cuando el sol bajó tieso a espaldas del cerro más alto de la sierra; el General, mi abuelo, Juliana y yo. Yo la tomé de la mano y ella me la apretó fuerte dándome consuelo. Mi bisabuelo fumó tres habanos y juró venganza pasara lo que pasara. Ahí parado a lado de los campesinos cuando descendían el cuerpo a la jaula profunda de la tierra, Ortibio le dijo al General:

 

-Ya no me importa la cosecha, ahora lo único que quiero es que esos becerros crezcan altos y gordos. Esa es mi loma y la voy a recuperar completita-

 

-Así será Ortibio, serán los más grandes y gordos de la sierra y nadie lo va a impedir. Yo te lo debo por aquello del proceso marcial en mi contra -respondió el General con las bolas hinchadas de la quijada.

 

Tal favor al que se refirió el General ocurrió esa vez que fuimos a San Camil y no paramos de visitar a un fregatal de jueces militares que mi abuelo conocía de generación cuando estuvo unos años en la milicia. No paramos en la troca hasta que se resolvió el problema del General Clemente Ruiz, lo de unas guerras mal dirigidas en la costa en la cual murieron varios inocentes y algunos soldados, tratando de salvaguardar injustificadamente la vida del General. Lo salvaron del linchamiento. 

 

Aquel día en que devolví la merienda hablé duradero con los becerros, lo hice porque cuando alguien está recogido en la tristeza habla con lo que sea, hasta con un montón de lomos moteados casi esqueléticos de joroba prominente. Les dije tantas cosas. Sólo he platicado extendido una vez con Juliana, el día que enterramos a mi abuelo Juanil a un lado de los aguacatales. Las otras veces puras conversaciones rebuscadas dado su lugar de criada y el mío de bisnieto de horroroso cacique. Juliana es buena manejando las palabras y las situaciones difíciles como un entierro de cuerpo, destapado al aire libre embrutecido de ángeles negros. Fue cuando me agarró la mano y terminado el entierro, el bisabuelo Ortibio pasó a Clemente a la casa para hablar de cosas serias. Fue en ese momento cuando nos quedamos solos a piernas del aguacatal más viejo y más fornido que me dijo:

 

-Esto está feo Teresio, pero hay que seguir con lo nuestro. Te lo digo porque a mí ya me pasó con mi madrecita Imelda. La echaron a una fosa común cuando aquella guerra sucia en la costa cerca de San Camil. La tuve que ver ahí en ese hueco enorme junto a otros muchos desconocidos-

 

-Es su cara Juliana, estaba llena de hoyos por todas partes, ni siquiera lo reconocí. ¡Todo por esa maldita loma! -dije poseído.

 

Entonces con la mirada tierna me apretó más fuerte la mano y me colocó la otra sobre su pecho en forma de copa larga rebosante de líquido, por debajo del mandil y de la blusa. Sentí su seno firme como aguacate joven y la tetilla dura como ubre de vaca regordeta a punto de parir. Se me calentó el cuerpo de inmediato y de los aguacatales botaron a la tierra una centena de frutos lozanos. Me volvió a entrar esa picazón excitante en cada extremo de las ingles al recordar sus hombros empapados de agua-agosto, e intenté besar sus bembas, pero ella se alejó hacia atrás diciéndome:

 

-No podemos hacerlo después de un sepulcro, al menos de este. Se nos quemará el alma completita. Hay que esperar un poco más Teresio-

 

Luego me sacó la mano de su pecho inflado y nos fuimos a sentar a aquella roca en la cual mi padre había grabado el nombre del rancho. Ahí nos sentamos y platicamos de su vida y de la mía, de los becerros y de la guerra en la costa, del General y del bisabuelo Ortibio, de sus padres y de mi familia entera, de las cosas que pasaban en la loma. Ese día que enterramos a mi abuelo Juanil a lado de los aguacatales confirmé que amaba entrañablemente a Juliana y que ella me correspondía igualmente.

 

 

Lloré tendido sobre la roca del Saguaro y luego encaminé a los becerros a la orilla de la carretera, después vi a ese campesino producto de una guerra certificada por la sangre, los casquetes de balazos y el olor a pólvora fresca venida de la madrugada. Lloré sin saberlo hasta que después de piquetear al campesino por todos lados me alejé dándoles más palazos a las traserillas de los becerros para llegarlos a la loma, esa loma cuyas divisiones estaban franqueadas y viejas por los meses de batallas en caballería a paso de herradura redoblante. En la loma encontré más campesinos rodeados de ángeles negros, de esos ángeles pequeños y de alas multiplicadas que tienen sus nidos detrás de las hojas dulces de los olmos. Fue ahí entre una ola de ángeles negros que salían de los olmos y chupaban de los cuerpos de los muertos cuando recordé la frase del bisabuelo Ortibio: “vale más un aguacatal de frutos sanos que un campesino seco, casi tieso”. Tal vez lo decía porque nuestros aguacatales eran grandes y daban frutos de buen sabor, desde afuera y hasta dentro cerca del hueso que tienen de corazón.

 

Es corazón duro y resistente el de los aguacates, aferrado a la pulpa, que no se quiebra con cualquier cosa ni con cualquier golpe contra roca, de coraza varonil y rígida como el de mi bisabuelo Ortibio. El hombre de más de un siglo de existencia al cual la muerte se le aparta miedosa con cada año que cruza por la sierra. Ese anciano de dos vidas embutidas en una, al cual le pasan las cosas y personas insuficientes por el sudor de las manos y del llanto de la tierra que ya no quiere parir más hijos con los nutrientes de los que han muerto becerros. Ese mi bisabuelo Ortibio al cual no puedo abandonar, que no puedo dejar ni por Juliana que ya se fue al pueblo harta de las cosas que pasan y se hablan en elSaguaro, harta de las cosas que pasan en la sierra y por sobre todo en la loma de los becerros. Se fue una noche. Entró a mi cuarto descalza y silenciosa pensando yo que estaba viendo a un fantasma siluetado con la sombra de un vivo. Me dijo a susurro sin despegarse de la puerta:

 

-Me voy Teresio, no quiero ser cómplice de ese tu bisabuelo loco. Ya tuve suficiente. Aquí me va a pasar algo malo y no quiero. Voy a San Camil, ahí estaré diez días a lo mucho en casa de una tía, después me voy a la costa. Te esperaré allá diez días, sólo diez-

 

Y se fue, se fue sin esperar a que yo abriera los ojos por completo y me desmarañara del sueño en el que creía estar. Al día siguiente corrí a la habitación del fondo del corredor, abrí la puerta y ya no estaba, ni ella ni nada de ella. De inmediato fui a la terraza que daba a la cosecha y me encontré al bisabuelo Ortibio sentado y pensativo. Me dijo campanudo:

 

-Se fue la pinche criada Teresio, habrá que conseguir otra…De hoy en adelante diario tú llevaras a los becerros a la orilla de la carretera. Comenzarás hoy en la tarde-

 

Por eso lloré aquel día, hace ocho nomás, porque sé que no podré alcanzar a Juliana en San Camil aunque lo desee tanto como los agricultores desean la lluvia prolongada. No la alcanzaré sobrando que la ame profundamente y que ella me ame igual. No puedo dejar a mi bisabuelo solo en el Saguaro, ese hombre centenario, sempiterno, con corazón de aguacate que a pesar de todo me ha cuidado desde que nací, no importando que sea como es ni que haga lo que hace. Eso no interesa, le debo la vida y la crianza desde que mi madre india se fue y mi padre enseguida detrás de ella. Por eso ahora me arriesgo llevando a los becerros a la loma, para que a Ortibio no le pase nada, porque lo están buscando, lo están cazando los otros mendigos dueños y solamente en el rancho fortalecido de campesinos con rifles está seguro, y además, a mí nadie me haría algo malo ya que saben o creen que soy mudo y ni quién le quiera profanar el cuerpo a un mudo que no la debe. Voy a la loma cada tarde encontrando a diario campesinos muertos a orillas de la carretera, porque no quiero que la cara de mi bisabuelo se vea como la de mi abuelo Juanil aquella vez, ahí en un cofre acosado por los ángeles de la muerte, esos de alas multiplicadas y silbantes que tienen sus nidos detrás de las hojas de los olmos.

 

Únicamente espero con buena ilusión que Juliana se arrepienta y regrese pronto aunque ya parezca verdaderamente absurdo. Pero si lo hace, ahora no despilfarraré la oportunidad de una madrugada entrar al cuarto que está al fondo del corredor, tomarla de los hombros mojados de agua-agosto, hacerle el amor chupándole primero el jugo de los senos continuando después por el de los muslos enredado a su cadera de serpiente cascabel. Si Juliana regresara de San Camil le haría el amor hasta que chille el sol y hasta que caigan completas las cenizas excitantes de Tepeua, seguro de que al final de mi expedición por ese cuarto iluminado de tentaciones le habré sembrado un macho en el vientre a la primera.

 

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Fotografías de Mikel Elejondo ©