Ficciones 'La última sonrisa de Lola'

'La última sonrisa de Lola'

Las mañanas de noviembre nunca suelen llegar solas. El frío del invierno, acompañado de una lluvia gélida, convierte un día cualquiera en un previsible transporte de noticias inesperadas. Aquel martes el sol no apareció por ninguna parte, camuflado por las nubes grises portadoras de agua, por lo que Testaferro no se extrañó cuando escuchó sonar insistentemente el teléfono de su casa. Algo le decía que era un mal augurio. Había dormido fatal esa noche, y parecía que su amigo Testarudo no había disfrutado de algo mejor.

 

-¿Sí? ¿Dígame? –contestó todavía con sueño, sin apenas poder abrir los ojos por unas tremendas legañas que le solapaban los párpados–. Ajá… ya… entiendo. Qué desgracia. De acuerdo, allí estaremos. Gracias, María Luisa.

 

El hombre pulsó el botón de colgar del aparato, mientras miraba al suelo, apesadumbrado, con las legañas deshechas por unas pequeñas lágrimas que brotaban de sus ojos.

 

-Testarudo, ¿estás despierto? ¡Testarudo!

 

El otro hombre, que dormía en una contigua habitación al salón de la casa, se sobresaltó, víctima del estruendo provocado por el grito de su amigo.

 

- ¿Qué sucede? Testaferro, eres un desalmado por despertarme de esta manera. Casi no he pegado ojo en toda la noche, y ahora empezaba a coger algo de sueño.


- Era María Luisa. La tía Lola ha muerto esta madrugada. Será llevada a lo largo de la mañana al tanatorio de Guti, con la intención de enterrarla mañana. Me ha dicho que Ernesto quiere hablar con nosotros por un tema de sus últimas voluntades.


- Madre mía, que desgracia. Esa mujer era de las que piensas que nunca morirán. ¿Y qué quiere Ernesto? Estará destrozado.


- María Luisa no me ha dicho nada. Estaba muy afectada. Creo que no soy la primera persona con la que habla en las últimas horas, ni parece que vaya a ser la última.


- Pues en marcha entonces. ¡Por la tía Lola!


- ¡Por la tía Lola!

 

Ambos elevaron el puño simulando un brindis, en una pose algo exagerada pero llena de sentimiento, absolutamente sincera.

 

Cuando llegaron al tanatorio con el discotequero rótulo ‘Gutiérrez Y Familia’, pudieron ver sorprendidos un gran tumulto de gente del pueblo, familiares y amigos. Algo extraño sucedía, porque no parecían estar velando a nadie, sino discutiendo acaloradamente con Guti, Paco Gutiérrez para los conocidos, dueño de la funeraria y tanatorio. Testarudo miró a Testaferro extrañado, pero con cierta resignación:

 

- Seguro que ya la ha vuelto a liar. El mes pasado envió el ataúd de Lucas, el marido de Toñi, la pescadera, a unos rabinos de la capital. Hay que ser cazurro para confundir el apellido Rabines con “rabinos”, y más cuando llevas aquí toda la vida. Casi le da algo a la pobre, cuando vio a aquellos hombres con gorros extraños y largas barbas trenzadas. Menudo jaleo se montó, porque ella dijo que eran terroristas que venían a por el alma de su pobre marido.

 

Se acercaron al lugar de la aglomeración, donde Guti sudaba, con la camisa desabrochada, las mangas recogidas, al tiempo que un grupo de personas le arrinconaban contra una de las puertas que daban acceso a los velatorios.

 

- ¿Qué ha hecho esta vez? –preguntó Testarudo a una mujer que permanecía atenta a la acalorada discusión.


- Al parecer, se han quedado sin salas para la tía, porque están reformando el tanatorio, aprovechando que no muere mucha gente últimamente. Y bueno, el Guti ha mandado llevar el ataúd a la funeraria de los López-Mata en Trujillo Bajo. Al parecer se lo encargó a Luisito, el mayor, y se le ha olvidado. Ese chico solo tiene cabeza para Julita, de los Álvarez, y anunció a primera hora que Lola estaba en la sala cinco. Imagina la cara de los primeros que han entrado a velarla y se han encontrado a Fulgencio, el suegro de la Marga, con su bigote intacto.

 

Tras muchos gritos, reproches, e incluso algún empujón, Ernesto, el sobrino de la tía Lola, asumió ir a Trujillo Bajo y así recoger el ataúd de su tía, con uno de los coches de la funeraria, mientras se habilitaba una sala. Testaferro y Testarudo decidieron acompañar a Ernesto, dado el estado de nervios de este, junto al disgusto que tenía por el reciente fallecimiento. El Guti les dio las llaves de uno de los tres coches fúnebres de la empresa. Testaferro agarró las llaves con decisión con la idea de conducirlo. Tenía experiencia en autos grandes, al haber trabajado varios años repartiendo jamones para ‘Todo Cerdo y Más’, la cooperativa de jamones del pueblo.

 

Era un coche enorme, naturalmente, de modo que los tres pudieron conversar con tranquilidad durante todo el trayecto, sentados con comodidad, y con sus voces envolviendo el espacio interior, casi como si estuvieran dentro de un teatro.


- No hemos tenido ocasión de decírtelo, Ernesto, pero te acompañamos en el sentimiento. Lola era casi una madre para nosotros. La queríamos muchísimo –dijo Testarudo, tocándole el hombro-. ¿Cómo ha sucedido?


- Estaba muy tocada, la verdad, desde la última operación de riñón, pero lo cierto es que su muerte no ha tenido nada que ver con eso. Por favor, no contéis nada a nadie. Le hemos dicho a todo el mundo que ha sido todo de forma natural, pero en realidad se ha debido a una intoxicación por el incienso aquel, con semilla de mariguana, que le recomendó el doctor Blas.


- No fastidies. ¿El doctor Blas le recetó “maría”?


- Sin pestañear. Y eso no es lo peor. Al parecer él mismo se la proporcionó, porque lleva varios años sembrando lo que el llama "personal plantación experimental", por no sé qué estudio que quiere demostrar a una revista especializada de ciencia.


- ¿Quieres decir que la tía fue su conejillo de indias?


- En parte sí, pero nada que ella no consintiese. Lo cierto es que se estaba pasando. Hasta el punto de que ya no solo la fumaba, o perfumaba la casa con su incienso, sino que ahora se estaba especializando en bollería alucinógena, con altas dosis de “material extra”, ya sabéis –dijo, guiñando un ojo y torciendo el gesto con la boca y la barbilla.


- Este pueblo no deja de sorprenderme, copón –añadió Testaferro, muy atento a la conversación mientras conducía.

 

Tras más de media hora llegaron a la Funeraria ‘López-Mata y Familia’, en Trujillo Bajo. Recogieron el ataúd de la tía Lola, previa revisión por parte de Ernesto, que no se fiaba mucho. De hecho estuvo acariciando la navaja del cinturón hasta que Carlitos, el menor de los López-Mata, abrió el ataúd, dejando al descubierto el rostro de Lola, con una sorprendente sonrisa todavía reluciendo por encima de todo.

 

Volvieron al pueblo, en dirección a la funeraria del Guti y, de nuevo, aprovecharon el viaje para resolver pequeñas dudas.

 

- Oye, Ernes, nos ha comentado tu madrina que querías ayuda con alguna de las últimas voluntades de la tía. ¿De qué se trata? –preguntó Testarudo, arrastrando las palabras, dado que se sentía un poco incómodo con la pregunta, en realidad fruto de la curiosidad. Creía que quizás estaba un poco fuera de lugar.


- Sí, es verdad, lo había olvidado. Pues es algo complejo, que no sé si tomármelo en serio o como algo fruto de sus últimas experiencias con la hierba. En su testamento nos dejó todos sus bienes a los tres, en distintos porcentajes, pero condicionado a que cumpliéramos su última voluntad.

 

Los dos amigos, compañeros de piso, prácticamente hermanos desde la infancia, se sorprendieron notablemente por las palabras de Ernesto. Siempre habían tratado a Lola con mucho cariño, pero de una forma muy altruista, casi platónica, de la que no esperaban ni por asomo recibir recompensa.

 

 

- Pero qué enorme persona era Lola, leñe. Nunca dejó de sorprenderme –añadió orgulloso Testaferro, golpeando el volante del vehículo.


- Sí, la verdad es que no había nadie como ella. Ni lo habrá. Aunque quizás no penséis lo mismo cuando os diga que para poder acceder a sus bienes nos ha pedido que, tras ser incinerada, esparzamos sus cenizas por el espacio.

 

Se hizo un gran silencio en el coche fúnebre. Testaferro siguió conduciendo, desorientado, metiéndose por una calle central del pueblo, en lugar de bordearlo, para llegar antes a la funeraria.

 

- ¿Qué espacio? ¿el del salón de actos del ayuntamiento? –preguntó confundido Testaferro.

 

Ernesto y Testarudo se miraron con cara de resignación, resoplando.

 

- A veces no sé ni cómo te llega el aire a los pulmones –se giró el segundo, para mirar a Ernesto, intentando ignorar las palabras de su amigo del alma-. Bueno, ¿y qué se supone que vamos a hacer? Yo la quería mucho, de hecho haría cualquier cosa por ella, pero esto… Es una locura. Imposible.


- Pues ese es el motivo por el cual necesitaba hablar con vosotros. Si no cumplimos este deseo todas las tierras, dinero, casas, etc., serán donadas al ayuntamiento.


- El problema no es la dificultad de lo que ha pedido. Es que, llanamente, no tengo ni puñetera idea de cómo siquiera acercarnos a conseguir mandar una colilla hecha de sus cenizas a esas nubes de allá arriba –sentenció Testaferro, golpeando el volante-. Aunque ahora tenemos otro problema que resolver...

 

En plena vorágine emocional, Testaferro se había olvidado por completo de que el vehículo que conducía triplicaba el tamaño de su viejo Seat Ibiza azul. Al girar por la Avenida de San Pedro Conciliador, el coche se quedó atascado, haciendo imposible maniobrar, tanto hacia adelante como hacia atrás. Llamaron a algunos de los que iban a asistir al entierro, para conseguir sacar el ataúd del coche, desesperados. Finalmente, el mecánico del pueblo, Rufino, abrió con una radial el techo del enorme vehículo, para poder extraer el féretro, ya que el portón trasero estaba completamente bloqueado.

 

Años más tarde, esa avenida cambió de nombre, en homenaje a la procesión que tuvo lugar desde el coche hasta la funeraria, con medio pueblo turnándose para transportar el ataúd, mientras el otro medio lo seguía como a un cristo en semana santa. Avenida Ruta Santa de Lola Gómez fue bautizada.

 

Después del precipitado funeral, se dio paso a un multitudinario entierro con un ataúd repleto de objetos simbólicos, fetiches, recuerdos, y hojas de mariguana, entre otras cosas. Fueron muchas las lágrimas provocadas por los sentidos homenajes adornados con palabras de amor, honestas y sinceras de Ernesto, Testaferro y Testarudo.

 

 

Pasadas unas emocionantes, emotivas e intensas horas, los tres se reunieron para idear un plan que pudiese convertir en realidad aquella última locura de la tía Lola.

 

- Yo creo que deberíamos empezar por lo más lógico: ponernos en contacto con la NASA o con la Agencia Espacial Europea. De hecho, no sería mala idea mandar un mensaje a Fernando Alonso para que avanzase con los trámites. Me han dicho que es un hombre muy majo –añadió con tono muy convincente Testaferro.


- ¿Qué tiene que ver Fernando Alonso con esto? –preguntó Ernesto, con ciertas sospechas, e intrigado.


- Por favor, mira que eres inculto. Es el primer astronauta español de la historia –contestó tajante, además de burlón.


- Pedro Duque, querrás decir, amasijo de carne andante –respondió Testarudo, lanzando un cachete a la testa de su amigo.


- Fernando Alonso, Pedro Duque… Los confundo siempre, jolines. No me pasas una.

 

Tras varios días de espera, solo consiguieron una pequeña respuesta de un señor de la NASA, con un fondo en blanco en el que solo se veía a aquel simpático emoticono de los teléfonos móviles con cara sonriente, ojos cerrados y un mar de lágrimas brotando de ellos. Empezaron a desesperarse un poco, pensando incluso que no lograrían alcanzar esta alta cima que les había reservado su adorada tía Lola para conseguir sus posesiones. Aunque más les dolía no ser capaces de conseguir lo que ella deseó, en sus cabales o no.

 

A pesar de todo, eso sí, ninguno perdió la paciencia, ni despotricó en ningún momento, ya que su educación, sus oficios, incluso algunos de sus ligues, habían sido posibles gracias a la tía Lola.

 

Hablaron con el notario, Macario, para intentar llegar a un acuerdo con él. La propuesta fue donar parte del legado al pueblo, pero pudiendo a cambio tomar posesión de dos de las casas de la tía, más el terreno de los chopos, donde pasaron gran parte de su infancia. El hombre, muy profesional, indicó que no podía hacer eso, ya que se debía a sus clientes, especialmente si le pagaban de manera tan generosa como lo había hecho ella.

 

El día que pensaron anunciar su renuncia, para así dar por concedida la donación de los bienes detallados por la tía, tras concluir y asumir que habían fracasado en su misión, llegó un aviso inesperado. La mensajería de una red social de internet, desde la que habían escrito exponiendo su disyuntiva, día tras día, había recibido una respuesta:

 

Muy señores míos,

 

Lamento decirles que no puedo priorizar lo que piden, aunque me encantaría, porque estoy convencido de que su tía era una bellísima persona. Por si no lo saben, la ESA tiene programas que cubren estas necesidades de últimas voluntades, cada vez más comunes. Les anexo el enlace para realizar la petición, junto a las tarifas. Espero que puedan cumplir el sueño de su tía Lola.

 

Atentamente,

 

Pedro Duque”.

  

 

Los tres no podían creer que todo se redujese a una simple petición en línea, después de tanto sufrimiento, e incluso noches de insomnio. Y no fueron conscientes hasta más tarde de quién había sido el remitente del mensaje.

 

- Lo que yo decía. La bandida de la tía Lola se estaba riendo de nosotros, pero ha decidido, esté donde esté, que ya es hora de parar nuestra agonía –suspiró aliviado Ernesto, ya con más calma-. Por cierto, la leche ¿eh? Mira que es majo el Pedro Duque ese.

 

Consiguieron que les aceptasen la petición de enviar las cenizas de la tía Lola al espacio, tras varios cuestionarios, múltiples formularios, así como una cantidad de dinero menor a la que se habían imaginado. Tan en serio se manejaban esos asuntos que incluso una comisión de la Agencia Espacial acudió a recoger la urna con las cenizas de Lola, que quedaron selladas y certificadas por un agente oficial. Aquel día se ofreció una gran recepción, con fiesta incluida para los comisionados, que jamás olvidaron ese día. Especialmente un morenito llamado William Johnson, que acabó dormido, ebrio, sobre los gigantescos y precioso pechos de Toñi, la pescadera viuda de Blas Rabines.

 

Finalmente, el 23 de junio de 2017, en un maravilloso día soleado, inapreciable para los astronautas Emily Glaunt y George Marusen, el pueblo de Hangares del Dieciocho pudo disfrutar del lanzamiento de las cenizas de su vecina Lola Gómez al espacio exterior, gracias a una emisión en directo, privada, mostrada por una pantalla gigante improvisada situada en la plaza del pueblo. Todo tal y como había deseado, en su adiós, aquella maravillosa mujer. Su sobrino Ernesto, junto a sus casi hermanos, Testaferro y Testarudo, cogidos de la mano, pudieron por fin despedir a su amada tía Lola, tal y como ella había elegido.

 

 

Notas: 

 

Foto de familia de Abraham López Molina

 

Información sobre el envío de cenizas al espacio: Juan Antonio Pascual en su artículo para Computer Hoy.