La vida tras el cristal. Capítulo 2 (Andrea)

La vida tras el cristal. Capítulo 2 (Andrea)

Andrea nació en el seno de una familia de la llamada clase media, compuesta por sus padres y su hermano pequeño, unos 12 años menor que ella. Nunca le faltó de nada, aunque el esfuerzo de sus padres por llevar dinero a casa obligó a la niña a forjarse a sí misma, a llevar sus estudios de manera muy independiente, realizar labores domésticas desde muy joven y, en definitiva, madurar antes de lo previsto.

 

Tras dejar los estudios al finalizar el bachillerato, y unos duros años de trabajos esclavos en restaurantes, bares, y limpieza de oficinas, inició un curso de informática que, tras un año, le metió en una bolsa de trabajo, para posteriormente iniciar ejerciendo como analista de sistemas.

 

Encontró su vocación tras un teclado y una pantalla, empezó a ganar mucho dinero, viajó al extranjero para desarrollar implantaciones de su trabajo en bancos, y conoció al hombre que más tarde se convertiría en su marido. Fueron años intensos, de muchas horas invertidas en su profesión pero, como ella misma relataba, que realizaba con gusto al tratarse de un empeño que disfrutaba y se le daba especialmente bien. Llegó a tener varias personas a su cargo, ascendió meteóricamente, y se labró una reputación altamente considerada y respetada.

 

Pero todas las historias tienen puntos negros, ya que las líneas perfectas de la vida no existen, dado que siempre se encuentran intersecciones, curvas, y situaciones que exponen la existencia a momentos duros y peligrosos.

Lo mejor y lo peor que le pasó a Andrea fue que ganó mucho dinero, y muy rápido, lo que inicialmente le llevó a adquirir un coche, un piso con su pareja, algún capricho tonto, y no privarse de fiesta tras fiesta. Unido esto a unas amistades que nunca lo fueron en realidad, su vida pasó de escalar una pirámide a caer en picado, hasta más allá del barro, bajando donde los gusanos mueren ahogados, y la vida deja de tener sentido.

 

Antes de este trabajo, ella fue una chica que los fines de semana bebía alguna cerveza, pasando después a un par de copas, algún cigarrillo, y volviendo a casa en el momento justo, sin perder el control ni la consciencia. Pero una profesión como esta que genera tanto capital, y que llena los bolsillos de quienes lo ejercen, lleva, casi sin quererlo, a vivir una vida sin límites, en la que solo el agotamiento, la ley, o el riesgo de muerte pueden frenar.

 

Conoció a personas que, tras muchas horas de trabajo, encontraban en el alcohol y las drogas el desahogo perfecto y un modo de evasión de la rutina y el estrés. Aunque ella solo bebía, tuvo que lidiar con amistades que convirtieron la cocaína y el hachís en un compañero más de viaje. Se hizo a sí misma la promesa de no cruzar esa línea, y durante mucho tiempo lo consiguió, inclusive abandonando por temporadas a algunos de esos supuestos amigos, viendo el deterioro que sufrían, tanto físico como anímico. Pero las personas buenas, con gran corazón, son débiles de espíritu, frágiles y, con el tiempo, acaban sucumbiendo al mal y la perdición.

 

El punto de inflexión en su vida fue el día que su novio, que vivía, como ella, al margen de las drogas, le confesó que durante un fin de semana en el que ella trabajaba probó la cocaína. Ese día se le vino el mundo abajo. Se le hundió el mito que era su aparente infranqueable e indestructible pareja.

 

Él había sido su mayor refuerzo y espejo en el que mirarse para no sucumbir a los mismos malos hábitos que sus amigos, y cuando ese edificio cayó, fruto de una terrible demolición, ella perdió los escudos que la protegían, siendo carne de cañón de ese demonio que son las drogas. Aun así consiguió mantenerse al margen de ellas durante un año, pero fin de semana tras fin de semana tuvo que lidiar con la imagen de sus amigos y su novio haciendo regulares visitas al baño, ensuciando los cd’s de algunos de sus coches, o libretos del seguro.

 

Se refugió en su trabajo mientras todo eso sucedía, y volvió, como en sus inicios, a preferir permanecer en casa viendo películas en su tiempo libre, o yendo al cine con un cartón de palomitas y un refresco. Pero el excesivo horario que se gastaba en su oficio cuando los bancos presionaban y metían prisa, la sumió en un estrés tremendo, que le privó de sueño y de descanso. Tras unos meses de duras jornadas, llegó la calma, y con ello la euforia que genera la satisfacción de un trabajo bien hecho, y la liberación del exceso de obligaciones, y con todo eso la fragilidad llevó a la flor a quedarse expuesta a la lluvia dura de verano.

 

Fue un mes de junio cuando Andrea esnifó su primera raya de cocaína, entrando así en una caída libre sin paracaídas. Los fines de semana en ocasiones comenzaban un jueves por la noche, y servían de aperitivo para una maratón que daba el pistoletazo de salida el viernes noche, acabando, la mayoría de las ocasiones, los domingos por la tarde.

 

Fines de semana en los que solo entraba en su cuerpo alcohol, cocaína, nicotina, algún alimento basura y aire de bar. Cuatro cervezas solían ser el detonante para comprar gramos y gramos de polvo blanco, que posteriormente llevaban a cambiarse por ron con refresco, cigarros, e incontables visitas a los urinarios públicos. Llegaron a ponerse rayas en la acera de la calle, capós de coches, alfeizares de ventanas, maleteros, y cualquier superficie lisa que pillase a mano, sin importar exponerse a la gente, policía o a los desperdicios y basura de la vía.

 

Hubo cumpleaños en los que el regalo sorpresa era el nombre del agraciado formado con la maldita cocaína, y que debía ser esnifado íntegramente por él mismo. Días con taquicardias, ganas de dormir y tumbarse sin sueño, apetito sexual descontrolado pero sin consumación por el efecto de todo el veneno interior. Excusas por el retraso en el trabajo, en el mejor de los casos, o por la ausencia debido a la imposibilidad de moverse.

 

La resaca de alcohol es dura, pero la de alcohol y drogas es como sentir la muerte llamando a tu puerta durante una semana o diez días, por lo que muchas veces las fiestas de tres días de Andrea, su novio y sus amigos, debían espaciarse dos semanas, porque sino el cuerpo no resistía. Ella se dio cuenta de que su vida no era lo que quería, pero la necesidad del binomio alcohol y cocaína era demasiado tentador y adictivo como para resistirse a él.

 

La familia fue desconocedora de todo, y siempre la pareja sabía mantener las apariencias con la dignidad suficiente como para no preocupar a nadie. Pero el cuerpo tiene límites, y muchas veces lo llevamos hasta el máximo de sus posibilidades, forzando, como si fuese un coche, ignorantes de que el coche puede repararse o incluso cambiarse por uno nuevo, pero vida solo hay una, y cuando se acaba, ya no hay nada que hacer.

 

Hubo un paréntesis de medio año debido principalmente a que Andrea y su pareja decidieron casarse, por lo que todos los preparativos, la reforma del piso que compraron, el viaje de boda, y todo lo que rodea a un evento de este tipo, coparon todo su tiempo, dejándolo exento de fiestas, alcohol y drogas.

 

Fueron meses muy bonitos para la pareja porque volvieron a enamorarse, recordando todas aquellas cosas que les llevaron a unir sus vidas, sus ilusiones, sus virtudes, sus defectos, y las pequeñas cosas que hacen del amor una cosa tan maravillosa y el motor que mueve el universo. Pero todo viaje llega a su fin, y con la vuelta al trabajo, tras un recorrido por Sudamérica, volvió la rutina, la convivencia, y una sensación de libertad letal que hizo aparecer a las cucarachas que eran sus amigos, para seguir con esa vida de excesos, descontrol, sin límites, y tan peligrosa. Al principio fue una vez al mes, después cada dos semanas, y con el tiempo vivían por y para el fin de semana, sin apenas comida en la nevera, sin relaciones familiares, ocio, viajes, o similares, para cedérselo todo lo infinito que puede ser una ciudad como Madrid y alrededores.

 

Uno de sus amigos llegó incluso a compaginar su trabajo normal con la venta de cocaína, lo que hizo que el acceso a esta fuese como ir a la cocina a por agua, respirar aire, o caminar. El peor y más terrible episodio que recuerda Andrea es aquel en el que tras treinta horas de descontrol, aplastaron y lisaron más de cinco gramos de cocaína sobre la mesa, lo dividieron entre los cuatro que eran, y de una tacada lo esnifaron con todas sus fuerzas, convirtiéndose en ángeles flotantes y condenados al castigo eterno durante muchas horas. Horas en las que hablaron casi sin comprensión alguna, sin parar, bebieron, rieron y perdieron la noción de su existencia. Pudieron haber matado, violado, robado o cualquier otro delito, que seguramente no lo recordarían como si el interruptor de sus vidas se hubiese apagado, dejándose transportar como un velero por la inercia de las olas y la marea.

 

El paso del tiempo no estabilizó mucho la vida excesiva y descontrolada que llevaba la pareja, junto a sus amigos, aunque sí hubo algún parón motivado por un lapsus de sentido común y coherencia, debido a que esos “amigos” pronto empezaron a ver a los dos como una fuente de ingresos o un pozo sin fondo del que poder extraer sin dar nada a cambio. El “préstame, por favor”, dio paso al dar por sentado que ellos pagaban todo, que el dinero era infinito, y que los límites existen solo para los cobardes, pero no para los sinvergüenzas y los caraduras. Así que de ese modo, las fiestas en grupo se fueron acabando, dejándolas en algo muy ocasional, sustituidas por homenajes íntimos entre los dos que, al final, acababan igual, con alcohol y cocaína.

 

El siguiente punto de inflexión llegó con un inesperado embarazo. Inesperado porque, claro, no hubo intención real de alcanzarlo, ni medidas de precaución para evitarlo, y también porque dado el ritmo de vida que llevaban, parecía inexplicable que pudiesen consumar con la suficiente puntería como para llegar a engendrar algo en el cuerpo intoxicado de Andrea. Ambos se vieron obligados a frenar en seco la vida salvaje que llevaban, para centrarse en el bebé que llegaría en pocos meses, en darle un hogar digno, y unos padres modelos. Y así fue… durante un tiempo.

 

El bebé llegó sano, como su madre, y en perfecto estado físico y mental. La familia recibió al pequeño con los brazos abiertos, y durante los primeros cinco meses la vida de la pareja y el niño fue un colmo de alegría, felicidad, pañales, vida sana, y rutina. La dichosa rutina. Esa que estabiliza las vidas, pero enciende las alarmas de la persona inquieta, obligándole a escapar, sin mirar atrás y por encima de todo y todos.

 

El primer fin de semana que Andrea y su marido tuvieron libre, quedaron con sus antiguos amigos (los que quedaban más bien, porque algunos salieron huyendo despavoridos al oír los llantos de bebé). El alcohol y la cocaína estaban esperándoles pacientemente, sin hacer ruido, sentados, y atentos al devenir de los acontecimientos para alargar sus destructivos y mortales tentáculos, atraparles, y no dejarles ver escapatoria alguna. Esto lo consiguió evitar el hombre, pero no así la mujer, Andrea. Él llegó a la conclusión de que su hijo merecía algo más que eso, y sobre todo tener a un referente siempre, que no fallase, por el resto de sus vidas. Pero ella hacía tiempo que se había convertido en una adicta. Mucho antes de quedarse embarazada. Y en el momento que su agonía, su larga espera, su deseo, y su ansiedad se calmaron, Andrea volvió a dar marcha atrás en el tiempo, para volver a ser la persona que era antes de quedar preñada.

 

Los momentos en que quedaban para tomar un aperitivo, daba igual si con la familia o con amigos, era el día de la fiesta del alcohol para ella, y si surgía y podía escaparse, lo aderezaba con un poco de coca. Cuando su marido empezó a decirle que bebía demasiado y sin límites, ella se enfadaba y encontraba con ello la excusa perfecta para dar un portazo y hacerlo con motivo, el suyo, claro, dejando preocupado al pobre hombre, con un niño en la cuna que necesitaba a una madre que apenas se dejaba ver, y que cuando lo hacía olía raro, parecía cansada, y no divertía como antes.

 

El problema de las adicciones llegó a oídos de la familia, porque él ya no podía manejar la situación y empezaba a ver peligrar la seguridad ya no solo de ella, sino la suya propia y del bebé, y eso no iba a consentirlo.

 

Andrea empezó a beber a escondidas, por la mañana, antes del trabajo, a la hora de la comida, al salir, o tras irse su marido a la cama, cansado. En ocasiones, a hurtadillas, ella se vestía y se marchaba de la casa, para comprar cocaína, poder consumirla en casa, bebiendo el poco alcohol que había en su hogar, hasta que prácticamente era la hora de levantarse para el trabajo, o el bebé lloraba. En cualquiera de los dos momentos ella corría a fingir estar dormida en el sofá, y cuando su marido le avisaba, despertándola, iba obediente a la cama, habiendo previamente escondido la copa y la droga.

 

Empezó a ausentarse del trabajo para beber y drogarse, y en ocasiones ni aparecía por casa, volviendo al día siguiente al trabajo con la misma ropa, oliendo a alcohol y a sudor, para acabar marchándose antes de tiempo porque no tenía más cocaína o porque no podía más con su cuerpo.

 

Su marido habló con ella, y le acabó llevando casi a rastras a un psiquiatra, porque cuando ella se daba un respiro de un par de días, el tiempo libre lo pasaba llorando, lamentándose por su buscada desgracia, por todos sus defectos, y por todos los problemas del universo. Se había convertido en una adicta, y no quería asumirlo, porque hacerlo le supondría renunciar a algo que calmaba su estrés, sus pensamientos negativos y el dolor de su pasado, sin darse cuenta que en realidad era al contrario: las drogas y el alcohol eran los que atraían todo eso a su cabeza.

 

El psiquiatra les recomendó acudir a un grupo de autoayuda, medicación para la depresión, inhibidores de alcohol, controles de orina semanales, de sangre mensuales, cortarle todo acceso al dinero y, por supuesto, abstinencia total y absoluta de alcohol y cocaína. Ella accedió en principio, pero de camino a casa odió por primera vez a su marido, y más lo hizo al día siguiente, con el monedero vacío, sin dinero ni para un café, o un refresco. Por no hablar de la necesidad de alcohol y cocaína.

 

Llegó a aprovechar las visitas al baño de su marido para ducharse, o cualquier otra necesidad, para robarle dinero de la cartera o el monedero. Para posteriormente, cuando el hombre, inocente y confiado, se marchaba al trabajo, dejando antes al niño en la guardería, bajar rápidamente al chino o al bar más cercano a beber. Y si el botín había sido grande, se acercaba a los sitios donde la cocaína era lo único que se vendía.

 

Generalmente cuando tenía todo volvía a su casa y lo consumía allí, principalmente porque ya no se encontraba a gusto con nadie en la vida, prefería la soledad, y disfrutar de sus adicciones ella sola, sin tener que compartir ni rendir cuentas.

 

Estuvo varios meses de baja, hasta que el grifo se cortó con rotundidad, porque su marido averiguó que le robaba, y no solo a él, sino la hucha del niño, a sus familias cuando acudían a un evento y se descuidaban. Llegó a vender cosas personales y con alto valor sentimental, pero era más fuerte la necesidad que los recuerdos.

 

Hasta tres intentos de suicidio con pastillas acabaron con ella en el hospital, y en uno de ellos a punto estuvo de llegar a la meta de la muerte, permaneciendo varios días en coma, fruto de una neumonía e intoxicación.

 

Tras ese episodio permaneció ingresada mes y medio en una clínica para conseguir dejar las adicciones, pero fue un parche de papel charol, que en cuanto se mojó dejó descubiertas y a la vista todas las heridas que le habían llevado hasta allí. Fingió una normalidad que nunca hubo, volvió a trabajar, acudió regularmente a los grupos de autoayuda dos veces por semana, y pareció una persona nueva, física y mentalmente. El niño empezó a disfrutar de una madre divertida, dedicada en cuerpo y alma a su familia, y todo el mundo respiró tranquilo durante un tiempo. Los que antes eran amigos habían desaparecido como una mancha en una prenda blanca cuando recibe un lavado con lejía. Difuminados. Cuando el alcohol y las drogas no entraron en la ecuación, la pareja ya no era divertida, y no merecía la pena estar con ellos. Las conversaciones sobre parques, pañales, piojos, y otros asuntos infantiles aburrían a los hambrientos de una fiesta eterna.

 

La vida empezó a ser vida.

 

Pero todo fue un plan establecido y pavorosamente calculado con anterioridad por Andrea. Como el surfista que espera con paciencia su ola, el camaleón al insecto posarse en una flor, ella esperó a que todo el mundo se relajase, volvieran a confiar en ella, dándole de nuevo las libertades de las que antes disponía, para volver de nuevo a lo que quería: soledad, alcohol y cocaína.

 

Fueron meses y meses, que si quizás hubiese realmente aprovechado, dándose a sí misma la oportunidad de vivir, y con ello a su familia, la vida soñada por muchos habría sido una realidad. Pero ese no era el plan de Andrea, y por eso cuando ya tenía acceso completo a todo, demostró que se podía confiar en ella, no había mentiras, y las excusas eran razones con una explicación tangible, volvió a sacar al demonio que atrapa a tantas y tantas personas en el mundo con las adicciones.

 

Su idea inicial fue la de entrar poco a poco, pero eso es algo que un adicto se dice a sí mismo para creer que no lo es, y a la primera cerveza ya pensaba en la segunda, y con la segunda en la tercera. Y luego una copa llama a otra, y esta a la cocaína. Un gramo no fue suficiente, y por eso, previsora, compró cinco, para luego cambiar de opinión y adquirir otros dos más antes de que marchase el camello, recibiendo uno de propina.

 

Fueron treinta y cuatro horas sin parar, hasta que cayó desmayada en mis brazos.

 

Lo que mucho tarda en conseguirse, se pierde en un instante. En un soplido; en lo que tarda en pasar una mosca de verano ante nuestros ojos. En lo que se tarda en beber una copa de un trago o esnifar una raya de un gramo de cocaína.