La vida tras el cristal. Capítulo 1 (Rodrigo)

La vida tras el cristal. Capítulo 1 (Rodrigo)

CAPÍTULO 1: RODRIGO

Conocí a Rodrigo a los 24 años, cuando yo trabajaba repartiendo correo en una empresa de telefonía y nuevas tecnologías.

Vivir en una ciudad dormitorio tiene sus ventajas, no se vive la actividad de una gran urbe, todo es más cercano y familiar, y las distancias entre los distintos sitios son más cortas que en una capital, como es el caso de Madrid.

Su gran desventaja es que en muchas ocasiones uno puede tener la sensación de perder un poco de vida entre viaje y viaje para llegar por la mañana a la oficina, y por la tarde o noche al regresar al hogar. El tiempo entre una zona limítrofe del sur de la ciudad y, por ejemplo, un pueblo como Coslada, es de aproximadamente una hora y media entre tren, metro y autobús.

Más ventajas de esta losa es que el tiempo invertido en viajar permite leer sagas literarias enteras, ver temporadas completas de series de televisión en una Tablet, o dormir apoyado en la ventana o inclinando la cabeza, para al despertar sentir una punzada en la nuca del dolor por la postura.Y se puede hablar.

Conversar con las personas que ves todos los días, a las que has visto empezar un trabajo, mantenerse, viajar con amigos, hijos, esposa o novia, y envejecer en algunos casos.

La gente que me conoce dice que sé escuchar y hablo por los codos, yo me considero una persona observadora, que analiza a los seres humanos con los que cruzo la mirada, jugando en ocasiones a averiguar quién será la figura que está frente a mí. _¿Por qué ese día hay tristeza en su cara, alegría, indiferencia…? ¿Qué será lo que está pensando?, llegando incluso a mover los labios en un gesto inequívoco de estar preparando una futura conversación, rememorando alguna pasada, cambiando las respuestas, como todos hemos hecho en alguna ocasión.

Otras veces, escucho conversaciones ajenas, sintiéndome un cotilla como buen madrileño, deseando intervenir o hacer preguntas para entender algunas lagunas que la charla omite.

Existe un momento también de evasión, en el que con la música de mi reproductor disfruto de las canciones que al mismo tiempo consiguen hacerme soñar despierto.

En estos largos años de viajes he llegado a compartir asuntos personales propios, y algunos externos, que me han marcado y sorprendido, motivo por el cual he querido escribirlos, para hacerlos inmortales, demostrar que nada es lo que parece, y que el diablo puede vestirse de mona de seda, o el genio de la lámpara ser un león devora hombres que solo da sentido a la vida con la sangre de todo aquel que caiga en su engaño.

La gente suele encontrar consuelo en los desconocidos, siempre tienen una visión amplia y objetiva de las cosas, no existen nexos comunes, puntos de fricción o elementos influyentes que hagan de la opinión del receptor un discurso planificado. Muchas veces surgen porque sí, sin motivo aparente, y porque la persona siente que explotará si no saca al exterior sus emociones.

Tenía un trayecto largo, con dos transbordos en metro y 30 minutos en tren. De todo este trayecto, coincidí con Rodrigo varios meses desde el último transbordo y hasta el final del trayecto en tren, por lo que vivíamos en el mismo pueblo. Pocas veces coincidimos en la ida, pero más adelante supe que su jornada laboral era muy esclava, por lo que entraba muy pronto y salía al finalizar la tarde.

Nuestras charlas comenzaron un día que yo ojeaba una revista de cine, él la contemplaba con interés con el rabillo del ojo. Cuando acabé y me cansé de leerla se la ofrecí, y sorprendido aceptó. A partir de ahí surgieron conversaciones sobre películas, actores, actrices, directores, eventos, y todo lo relacionado con el séptimo arte.

Cierto día, Rodrigo y yo nos sentamos en los últimos asientos del vagón de tren, con la tarde absorbiendo los últimos rayos del camuflado sol por las nubes del otoño y sentí su deseo de hablar acerca de algo.

- ¿Sabes, Esteban? - me dijo - Hay una película que no he podido volver a ver y eso que me caló muy hondo.

- ¿Cuál? - pregunté.

_‘El Bola’, ¿la conoces?

- Sí, claro - contesté con entusiasmo - Es una película muy dura, la verdad. A mí también me impactó bastante en su día y me hizo sentir mucha empatía, lástima e interés por ese tema. No me extraña que no hayas podido verla de nuevo.

- Yo fui un niño maltratado - confesó.

Torcí el gesto por completo, abriendo al unísono los ojos, frunciendo el ceño. La intriga empezó a hacerme mover la pierna arriba y abajo usando la punta del pie, en un reflejo completamente nervioso.

- Con esa película vi mi vida en la pantalla, con ciertas salvedades y excepciones, pero a fin de cuentas era lo que era.

Mudo por completo, entendí en seguida que Rodrigo necesitaba hablar. Hablar como nunca antes le había oído en nuestra corta amistad.

- Mira, apenas te conozco, pero dado que no he conseguido apenas hablar de esto por miedo al rechazo y por vergüenza con ninguna otra persona, tengo la sensación de que tú no me juzgarás. Creo que no tengo nada que perder si saco esto que llevo dentro.

- Si necesitas que alguien te escuche, cuenta conmigo. Puedo decirte, que sé escuchar - dije con toda la sinceridad que pude. Rodrigo sonrió y me miró con cariño, de alguna manera, sabía que podía confiar en mí.

 

Rodrigo nació en una España que acababa de enterrar al dictador que durante años había sembrado el país de miedo, autoritarismo, mano de hierro, muerte, y alguna cosa buena, o eso dicen los que estuvieron y fueron conscientes. Fue el primero de dos hermanos, aunque su hermana no nacería hasta más de una década después y como tantas y tantas parejas que experimentan con el sexo por primera vez, sin ser conscientes de enfermedades de transmisión sexual que pueden adquirir o embarazos no deseados, los padres de Rodrigo trajeron al mundo a un niño con un penalti por la escuadra y a “trallón”, como decíamos en mi época (aunque según contó él mismo, no supo esto hasta prácticamente pocos meses antes.)

Siempre fue un niño retraído, tenía dos primos mayores a los que casi no veía y poco más tarde cambiaron su vida instalándose en un país de América latina. Siempre le costó mucho hacer amigos. Se sentía inferior a sus compañeros de clase por su clase social.

Su calvario comenzó al poco de cumplir los cinco o seis años, cuando fue consciente de que algunos niños llevaban golosinas a clase. Al compartirlas con el resto se convertían en los más populares, lo que conllevaba todo tipo de atención y privilegios, siendo así de tal manera que hasta los profesores les daban un trato preferente.

Rodrigo pensó que con esa misma táctica podría tener amigos, ser protagonista en partidos de fútbol, dejando de ser espectador de los que tenían lugar durante el recreo y quizás, atraería la atención y la ternura de la chica más guapa de la clase.

Ya en su casa, antes de cenar, vigiló la situación de sus padres, entró corriendo en la habitación de estos y metiendo mano en una vasija de cerámica en la cual su padre guardaba monedas de cincuenta pesetas, cogió algunas a toda velocidad. Tras esto casi atravesó la pared y entró en su cuarto, guardando las monedas en el estuche de las pinturas para el colegio.

El plan estaba en marcha, parecía que la suerte le sonreía aunque no podía evitar sentir cómo su corazón quería abandonar su pecho para escapar saltando y alejarse de algo tan arriesgado. Al día siguiente, el padre de Rodrigo lo dejó en la parada establecida para recoger a los niños de su colegio en una de las rutas de autobuses que transportaban a muchos niños desde su casa al centro de enseñanza, le dio un beso de refilón y siguió su camino con el coche en dirección a su trabajo.

Esperó a perder de vista el coche y corrió calle arriba a toda velocidad con el punto de mira situado en el quiosco de prensa que había en la acera de enfrente. Llegó casi sin aliento, sacó una de las monedas de cincuenta pesetas y pidió golosinas hasta gastar todo el dinero. Nervioso miró hacia abajo, esperando que el autobús no llegara aun. El quiosquero le dio una bolsa de un palmo de alto y medio de ancho, llena de dulces. Abrió su bolsa de los libros y guardó las gominolas, al mismo tiempo que corrió hacia la parada. Llegó a tiempo, tuvo unos instantes para respirar hondo y durante el trayecto hasta el colegio ideó su plan de alzamiento a la gloria y la fama infantil.

Esta operación surtió efecto, y durante un tiempo se sintió como un rey, a pesar de comprobar cómo la cifra de seguidores se reducía al acabarse todo, y que incluso algunos de sus compañeros de clase antes de saludar por la mañana le preguntaban por la bolsa con el tesoro.

Pero todo en esta vida tiene caducidad, y en el caso de los errores que pasan desapercibidos, el que los comete tiende a bajar la guardia, descuidándose, dejándose invadir por el exceso de confianza. Cuando tienes seis años y un padre maltratador, eso es fatal.

Cierto día, el chaval se bajó de la ruta del colegio, volviendo del colegio, y comprobó que su madre le esperaba, algo que nunca sucedía, ya que tanto el padre como la madre llegaban tarde del trabajo y el solía pasar las tardes en la panadería situada enfrente de su casa, siendo este sitio lugar de estudio, deberes y demás obligaciones escolares, ya que los padres consideraban que era muy pequeño e irresponsable para tener las llaves de casa, pero no así para estar con unos simples conocidos que le vendían pan los fines de semana.

Su madre tenía el semblante serio, como si algo en su interior le impidiera colgar a Rodrigo del palo más alto, rociado de sangre, esperando la llegada de los buitres carroñeros. Al pobre niño le empezó a dar mala espina y preguntó con timidez a su madre el motivo de haber llegado tan pronto, a lo que esta contestó con un seco “cuando lleguemos a casa, hablamos”.

Probablemente el miedo sea una de las peores sensaciones que existe en los seres vivos. Si hay una emoción común en animales, hombres, aves, peces e insectos, ese es el pavor, el temor a ser aniquilado, herido, comido o aplastado. En el caso del ser humano, al tener un intelecto superior, el tamaño del marco que ocupa es directamente proporcional al número de posibilidades que puedan llevar a un fatal final.

Y eso, se mantuvo intensamente toda la tarde, la noche, la madrugada, y la mañana dentro de la pesadilla que, por desgracia, no solo viviría ese día, sino que se vería repetido en incontables ocasiones.

La madre de Rodrigo preguntó al llegar a la casa, directa, sin rodeos, si había cogido dinero de la vasija de la habitación de su padre. El calor subió desde los dedos de sus pies hasta el cabello más erizado de su cabeza, y un “no” salió de sus labios, con escasa convicción. Su madre insistió pero la respuesta ansiosa fue la misma. Ella explicó que podría intermediar entre él y su padre si lo reconocía, pero si mentía las consecuencias serían fatales.

Pero la mentira y el miedo a las peores consecuencias son muy poderosos, y Rodrigo insistió en su inocencia, con lágrimas en los ojos, simulando una injusta acusación.

Las diferencias entre el ratón encerrado en el terrario de la serpiente, y el niño que sabe que va a ser duramente reprendido y castigado son mínimas, y en el caso de Rodrigo, habría preferido la muerte rápida y sin verla venir que la serpiente otorgaría al pequeño roedor, que el largo y tortuoso episodio que él sufriría en cuanto el padre entrara por la puerta.

Llegó el momento, y él, como cualquier otro día, al oír la puerta cerrarse, intentó actuar con normalidad, cruzando el saló para darle un beso a su padre, a lo que él contestó con un violento manotazo en la cabeza que a punto estuvo de tirarle al suelo. Una sucesión de preguntas con fin retórico, seguido de manotazos y bofetadas intensas le subieron más aun la temperatura del cuerpo.

Rodrigo negó y papá aniquiló; Rodrigo negó y papá sacó el cinturón; Rodrigo negó con lágrimas de terror, y papá le empujó fuerte para hacerle caer sobre la cama de matrimonio; Rodrigo negó y lloró y papá descargó el cinturón sobre la espalda y el trasero del niño; Rodrigo lloró, mudo y en silencio y papá cambió el cinturón por el puño sobre la espalda de su hijo consiguiendo por momentos parar su respiración de los agresivos y desproporcionados golpes.

Rodrigo lloró, y al fin afirmó, para reconocer la verdad, y papá le bajó el pantalón, para intensificar las explosiones sobre el infante cuerpo con el zapato que acaba de quitarse. Mamá observó, inmóvil, quizás con una lágrima y una indiferencia que concedía más miedo que la paliza que acababa de presenciar.

El padre de Rodrigo sujetó al niño de una de sus orejas, le levantó de la cama, donde yacía dolorido, y tirando hasta hacerlo sangrar por el lóbulo, pateó con fuerza y empujó al niño, tirándole al suelo de su habitación, para posteriormente sujetar el pomo de la puerta y cerrarla con violencia.

Rodrigo permaneció en el mismo sitio el resto de la noche, callado, sin entender nada, hasta que llegó la hora del desayuno, el aseo, y la marcha al colegio. La pesadilla había acabado pero anunciaba un desenlace hasta hora impensable y que sentaba un peligroso precedente en su vida.

Travesuras, notas escolares, llamadas de atención, y la más inocente de las equivocaciones, desde ese día se tornaron en paliza, cada vez con mayores variantes, aunque dada la capacidad de los humanos para adquirir costumbres, eso sí, acabaron por producir menos dolor en Rodrigo, porque casi se volvió inmune a él, desesperando al padre que con el paso de los años vería que ni uno solo de sus signos de violencia conseguían extraer una sola lágrima, un lamento, o ruego alguno.

Abracé a Rodrigo con fuerza cuando rompió a llorar ante la atenta mirada de algunos pasajeros del tren, acaricié su pelo rizado con suavidad, dejando que sus lágrimas empaparan mi pecho. Jamás podré olvidar la sensación de dolor que me produjo su historia, el miedo que me produjo hacerla mía, y, sobre todo, pensar que una persona adorable, con una sonrisa contagiosa y tantos gustos exquisitos pudiera soportar durante casi una década, un maltrato físico tan brutal.

Asimilando lo que acababa de escuchar, no supe si me producía más tristeza y dolor las palizas o la indiferencia y el consentimiento de la madre. A veces un silencio puedo dominar el universo, porque nadie sabe qué hará que este termine.