[CRÍTICA] ‘Las leyes de la termodinámica’, la cuadratura del círculo (amoroso)

[CRÍTICA] ‘Las leyes de la termodinámica’, la cuadratura del círculo (amoroso)

Termodinámica: rama de la física que estudia los efectos de los cambios de temperatura, presión y volumen de un sistema físico (un material, un líquido, un conjunto de cuerpos, etc.), a un nivel macroscópico (que se ve a simple vista).

 

Con esta premisa, Mateo Gil, director de cine, guionista y co-arquitecto de la filmografía de Alejandro Amenábar, ha creado un producto novedoso y fresco dentro del cine. Al menos del cine español.

 

‘Las leyes de la termodinámica’ es un falso documental que intenta explicar este complejo y enrevesado mundo científico, a través del no menos inexplicable universo del amor y de las relaciones personales. Para ello, centra su historia en dos hombres y dos mujeres, juntos, por separado, y entremezclados. En cómo evolucionan según estas leyes, cómo les afectan en sus decisiones, en su día a día, en sus relaciones de pareja y amistad… En todo, en definitiva.

 

 

 

La idea de Gil es muy arriesgada, porque con este formato existe un peligro insondable de caer al vacío sin paracaídas, estrellarse no solo en las taquillas, sino también ante el público y la crítica. Combinando explicaciones de duchos en la materia (de la termodinámica, no del amor… Esto son palabras mayores), como podría hacerlo cualquier documental centrado intrínsecamente en ello, con la vida ficticia de cuatro personas cuasi normales.

 

Manel (Vito Sanz) es un profesor suplente de universidad obsesionado con su tesis, basada, como no, en la termodinámica, que conoce por “accidente” –nunca mejor dicho- a Elena (Berta Vázquez), modelo y actriz al alza. En dicho holocausto bidimensional también acaban integrándose el mejor amigo de Manel, Pablo (Chino Darín, hijo de Ricardo), un donjuán vividor y Eva (Vicky Luengo), tímida abogada de armas tomar. La manera en que se conocen, cómo progresan sus relaciones, cómo se deterioran, cómo se reconstruyen, fracasan y triunfan, es explicado en todo momento a través de teorías, científicos reales, ejemplos prácticos verídicos, otros no tanto, pero siempre con el sello “Mateo Gil”. Curiosamente, la cordura, la templanza y las mejores lecciones que ofrece la película, desde un punto de vista racional y no físico, aunque resulte irónico, provienen del profesor Amat (Josep María Pou, magistral). Instructor, guía, y casi gurú espiritual del desquiciante protagonista, Manel.

 

 

 

Por otro lado, la narración es compleja de asimilar, e incluso hay ocasiones en las cuales cuesta averiguar dónde empieza el reportaje, dónde lo retoma el relato romántico, y dónde acaban ambos. Básicamente porque el espectador acaba pensando que en realidad todo puede tener una explicación física, cuando lo cierto es que determinadas cosas podrían no tener lógica, ni con la ciencia ni con las matemáticas, ni con los patrones sicológicos, ni con nada en verdad. Aventurarse en darle sentido a las reacciones humanas cuando el corazón o la libido dominan a las personas, es cuanto menos complejo, por no decir vulgarmente que es meterse en camisas de once varas.

 

 

Y aquí es donde el director y guionista logra atrapar al espectador. Precisamente porque este acaba preguntándose, a pesar de la relativa obviedad, si es posible que todo esté regido por avatares científicos y físicos que escapan al entendimiento de muchos inocentes y desconocedores de estos y otros aspectos similares. Tiene mucho mérito conseguir a la salida del cine que alguien se plantee si quizás la respuesta al dolor en el pecho, a las mariposas ficticias que revolotean por el estómago, o a las ganas de llorar constantes ante la nostalgia, esté en una pizarra repleta de signos y números. La duda ante todo esto siempre quedará, tras ver esta película.

 

 

Aunque hay una teoría cierta y demostrable respecto al amor: lleva estudiándose desde hace miles de años, y todavía nadie ha podido precisar qué lo mueve, qué lo maneja o qué se puede esperar de él. Es uno de los grandes misterios de la humanidad. “Una persona, un voto”, dijo alguien una vez, y en este caso “una persona, un tipo de amor, un corazón”, también podría aplicarse. Y esta es la conclusión a la que parece hacernos querer llegar Mateo Gil con su película.

 

Quizás nada tenga explicación, en definitiva. O quién sabe si las respuestas se encuentran en el cine... Oh, el cine.

 

CALIFICACIÓN R.A.: 6.4 / 10