Las voces de lo incierto

02/07/2018

Las voces de lo incierto
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Las voces de lo incierto

Enzo pasaba de los sesenta años. Un buen número para hacer tabla rasa y empezar a recrearse contemplando como el tiempo se deslizaba para no volver. Vivir de los deseos y agotarlos en vida. Su carácter solitario y algo nostálgico le condujo inevitablemente a refugiarse en la pasión por el arte. Había pasado toda la tarde fascinado, admirando las acuarelas de Masato Watanabe. Su magistral dominio de la perspectiva y el equilibrio del color. Con tonos quebrados en la mayor parte de la superficie, iluminados por el blanco del papel o notas de color vivo en zonas relevantes de la composición. Enzo envidiaba sanamente la expresión máxima del talento. Reseguía con sus dedos los puntos de fuga, diagonales, curvas y el escorzo excepcional que regalaba ritmo a cada obra. El éxtasis del alma empezaba a despuntar los instintos. A Enzo le entró el apetito que provoca la desidia en los afortunados.

 

El sol desaparecía lentamente del cielo de Roma. Enzo degustaba el aroma a cereza y violetas del Chianti Riserva. Parapetado en la terraza de su piso en plena Plaza Narbona. Despidiendo aquel desangelado y vulgar martes de febrero. Pronto las fuentes serían alumbradas, justo en el instante que la mente abriría las compuertas de los sueños. La piedra se trasformaría en oro y el agua en un mar de esmeraldas verdes. Si Bernini levantara la cabeza para contemplar a los jóvenes enamorados sentarse al frescor de la Fuente de los ríos, sonreiría olvidándose de Borromini. La temperatura era agradable, Enzo decidió cenar en aquel pequeño restaurante con un pranzo lento y tranquilo.

 

Abrió el antiguo armario de nogal para elegir la ropa adecuada. Se inclinó por el traje diplomático azul oscuro, camisa blanca de algodón egipcio Giza 45, corbata de seda hilada en Florencia y zapatos de cuero español. Enzo no parecía el mismo. Miraba sorprendido su reflejo en la alacena de estilo vintage. Cerró la puerta y descendió con cuidado por las escaleras de mármol travertino desgastadas por el uso y el inexorable paso del tiempo.

 

La plaza estaba vacía, la oscuridad acariciaba la cúpula de Santa Agnese in Agone. Los artistas callejeros habían huido en busca de un cappuccino caliente en medio del ambiente literario del Antico Caffè Greco. Enzo cerraba los ojos para regodearse con el eco de sus pisadas sobre las baldosas de porfirítica negra. La luna miedosa no se atrevía a mostrarse, se escondía temerosa tras las amenazantes nubes negras. Aquel manto de belleza arrastraba el alma al atrevimiento, a descarrilar fuera de la zona de seguridad. “Vino, sexo y termas arruinan nuestros cuerpos, pero son la sal de la vida”, Enzo no dejaba de repetírselo en silencio. La puerta del restaurante se encontraba escondida en una pequeña callejuela cerca de la Vía Monterone.

 

Sabía por experiencia que una buena cena adormecía la aflicción. Siempre le gustó el buen yantar. Los pocos viajes de placer realizados, los planificaba intentando coincidir con rutas gastronómicas. El más reciente, la escapada de cuatro días visitando Narbona. Tras pasear por el mercado de las Halles, Enzo se detuvo en Les Grans Buffets. Rememorando a la vieja burguesía francesa, casi alcanzó la locura en medio de la rostissérie, la mer y para rematar la pastissérie. Por supuesto todo regado con los vinos de Languedoc-Roussillon. Aún el recuerdo se mezclaba con el olor intenso de la inmensa variedad de quesos del buffet. La sensación de apetito se multiplicó exponencialmente.

 

Aquella noche solo deseaba tranquilidad. Abandonó el plenilunio para entrar en el restaurante. Nadie en el interior del salón. Aquello no desanimó a un Enzo de buen humor. Una iluminación tenue, perfecta con el roble oscuro canadiense de las paredes. Algunas fotografías de escenas de la ciudad en blanco y negro. Retratos y bodegones con mucho grano en la película. Una estatua de Egeo, el noveno rey de Atenas, modelada en arcilla. El parquet respondía crujiendo a cada paso de Enzo. Se plantó delante de una pequeña barra de bar en forma de “s”. Esperó sentado en un cómodo taburete de aluminio y cuero negro. De la cocina salió presto un perfecto maître, vestido y educado como marca la tradición culinaria europea. Le acompañó amablemente, preguntándole si la temperatura del comedor le parecía adecuada. Enzo tomo asiento en un rincón con visión de toda la sala. Una carta muy simple, aquello era un buen detalle.

 

Se decidió por un snack inicial para limpiar la boca y abrir más aún el apetito. Enzo solo le quedó sonreír ante la esponja de Campari con naranja. Aquello prometía y juró que pararía el tiempo para saborearlo. Solo quería dejarse llevar por la corriente de un río tranquilo hasta llegar a una bahía donde fondear. El sommelier descorchaba aquella botella de vino tinto Philippe Pacalet Gevrey-Chambertin del 2012. Una verdadera belleza. Su color caoba teñía la copa.

 

El segundo plato, palillos de coca con harina de trigo y aceitunas negras. La botella casi tocaba a su fin. Pidió otra ante la mirada condescendiente del camarero. Terminó lo que quedaba de la botella en un segundo, se secó los labios con la servilleta de suave algodón de gran granaje. Empezaba a elevar el espíritu. La mirada se volvía más nítida y curiosa. Holgazaneaban los sentidos al capricho errante del momento. El camarero presto, traía el vino. Le mostraba la botella mientras Enzo asentía. Todo estimulaba la reflexión pausada. Antes creía firmemente que cada hombre tenía una misión que cumplir. Todo debía tener un orden y una finalidad. Pero pronto descubrió el placer de la anarquía y del nihilismo más acervado. Se perdieron todos los dioses por el agujero del olvido. Enzo era el vivo reflejo del librepensador.

 

Como en el sueño más onírico y sin saber cómo, una mujer estaba sentada en el otro extremo de la sala. El maître se afanaba en explicarle la carta entre sonrisas nada forzadas. Enzo no comprendía cómo había llegado hasta allí. Estaba perdiendo facultades sensoriales y la fatiga se cebaba en los párpados. Era indudable de que se trataba de una belleza. Un polo de atracción irresistible para el sistema límbico. Por primera vez cruzaron las miradas. Por la forma de ladear la cabeza, su casi imperceptible sonrisa, el arqueo sutil de las cejas, existía una complicidad entre ellos. Le sirvieron vino blanco. Aguantaba la copa, hasta sus labios de terciopelo, con una elegancia fuera de lo común. Por sus facciones hubiera apostado que era anglosajona. Inglesa, de una gran ciudad industrial. De familia acomodada y buena universidad. A Enzo le gustaba seguir al flautista de Hamelín de su imaginación, hasta perderse en lo más profundo y extravagante. Porqué no imaginársela entre las aulas de Oxford, soñando con un futuro lleno de grandes emociones. Brillante estudiante de literatura francesa y rusa. Preparada para pasar un año emocionante en París. Dejándose llevar por lecturas fascinantes. Devorando a Voltaire o Montesquieu en una tarde lluviosa con el cielo encapotado. Sentada por las mañanas en los Jardines de Luxemburgo o en la Place du Tertre, sorbiendo un café calentito junto a un ejemplar de Jean Baudrillard. Nada como mezclar la visión beatífica del carrusel del Lovre, al caer la tarde, con el talento de los miembros de “ La Pléyade”. Agudizó el oído y escuchó un inglés suave al pedir la carta. Una sonrisa británica, sin ninguna duda. Sus mechones negros bailaban graciosamente al son del cuello de princesa. Los ojos canela estaban disfrazados de una inocencia poco creíble. Se deshizo de la rebeca rosa dejando al descubierto unos hombros simplemente perfectos en su simetría. Un tono de piel lechosa que denotaba calidez, y decenas de historias amorosas gravadas a lo largo de toda su topografía. Camisa negra, pantalones de piel negros, zapatos oscuros.

 

La segunda botella de vino plantada a medio metro de él. Amenazante, irrespetuosa, erecta como los sentidos de Enzo. Aquella mujer había conseguido aumentar exponencialmente sus biorritmos. Enzo reía al comprobar una vez más la sencilla complejidad de la vida. Desde que ella había entrado en el restaurante, ya no se acordaba de sus miedos a la incomprensión, ni de la falta de encaje entre el grupo. Como siempre la belleza podía con todo, su ingesta era la mejor de las medicinas. La terrible necesidad de poseerla era el secreto mejor oculto de los hombres. Por ella se cercenaban vidas, traicionaban mandamientos y se abrazaba la demencia. Allí estaba sentada, irradiando pureza. Una pureza repleta de misterios por resolver. La inmensa fuerza escondida, en la debilidad aparente de la belleza perturbadora, era lo que el hombre deseaba para completar su todo. La defensa numantina se derrumbaba ante la aparición de la musa deseada. Enzo se rendía ante aquella atracción cegadora, una estimulación plena para los veintiséis sentidos humanos. Necesitaba una copa más que maridó con el último de los platos. Almendras ecológicas cocidas caramelizadas con azúcar blanco, acompañado de un tierno y jugoso entrecot poco hecho.

 

El sabor de la carne poco echa en la boca, alentaba exponencialmente las papilas gustativas. Enzo era estúpidamente feliz en aquellos instantes. Pronto experimentó la euforia en todo su esplendor. Se preguntó timorato, si la noche tendría otras alegrías aún mayores. Descendía el vino y aumentaba el atrevimiento. Por qué no buscar el premio máximo y sentarse al lado de los dioses. Deseaba conocer aquella mujer. Lo apostaría todo a una sola mano ganadora. El arrojo galopaba libre y sin control. Desdoblar la voz interior, hasta que acatara el engranaje perverso de la obediencia ciega. Después la intensidad y visualización del deseo, marcarían el desenlace.

 

Como obra del destino, no entró ningún cliente más. Ella seguía mirándolo de reojo. Enzo no creía en la belleza del hombre. Era sucio por naturaleza. Corrupto desde los cimientos. El hombre siempre sería la perdición para una dama. Solo era perceptible de virtud su fuego interno. Pero siempre aplicado sobre la admiración, no sobre la temporalidad amorosa. La capacidad ciega de aguantar la soledad en pos de un objetivo casi imposible. Aquello era lo que les diferenciaba. Esperaba que aquella bella damisela lo percibiera en el brillo de sus ojos. No había nada más, no poseía nada más, solo eso era lo que ofrecía. La música clásica sonaba de fondo para aislarlos del mundanal ruido. Sin duda era la sinfonía número uno “Titán” de Gustav Mahler. Enzo siempre tuvo un fino oído para las delicatessen auditivas.

 

El centro del universo se trazaba justo a una distancia equidistante entre ellos dos. Ella sonreía. Le sonreía a la soledad voluntaria, mientras la encerraba en el diván. Jericó, serio, intentaba controlar que la evidencia lo fuera menos. Los cánones marcaban que el diera el primer paso. Que mostrara lo excepcional como usual, mientras rendía pleitesía a lo deseado. El maître transmitió las órdenes como todas las veces lo hacía. Con profesionalidad objetiva, alejándose del juego de las valoraciones y apuestas lujuriosas. Ella confirmó su aceptación con la mano derecha acariciando la mejilla. Una sonrisa pintada por el mismo Leonardo. Un pequeño reducto de su niñez y la educación conservadora. Con un solo gesto sutil, el maître confirmó la aceptación del envite. Enzo se levantó lentamente, con paso seguro se dirigió hacia ella. La miraba clavada en los ojos, mientras su belleza iba explosionando por momentos. El color de su iris iluminaba la escena con luz natural. Enzo se sentó a su lado mientras extendía la mano. Como una zarpa atrapó la de ella. Una joya de porcelana bañada de rocío. La sostuvo como si fuera oro blanco. La diferencia de voltaje era descomunal. Enzo empezó a sentir un leve cosquilleo, seguido de contracciones musculares, hasta dificultades en la respiración, para llegar a quemaduras en el corazón, pasando por fibrilación ventricular, terminando con un paro cardiaco pasional. Soltó la mano de aquella diva mientras se recuperaba como el sonrojo de un niño ladrón. Se encontraba aturdido, por ser un ser absurdo frente aquella melodía de seducción. Ella contestó con un leve asentimiento de cabeza, edulcorado con una sonrisa pícara. Comenzaba la partida, una lucha mortal bajo el reino de los cielos. Ya no había marcha atrás. Se abrió el telón para contemplar la mejor de las óperas. Sin necesidad de atrezzo pomposo, ni orquesta de treinta violines.

 

Hablaba con una elegancia grácil y natural. Una estructura corporal simplemente perfecta. Esbelta, con los brazos acariciando el cuerpo, creando una áurea dorada a su alrededor. No había nada que recordara, ni remotamente, la imperfección o la vulgaridad. El perfume fue el primer mensajero para los sentidos. Un Enzo embriagado, por los instintos, en versión exponencial. Necesitaba dominar aquella furia desatada por el inconsciente maldito. La palabra “sexo” aparecía por primera vez como un flash monocolor en la mente de Enzo. La suciedad desbordante acabó con el jardín de las delicias. Los ojos inseguros tendían a dejar el esplendor incandescente del rostro, para trasladarse con disimulo hacía los pechos. Estaban allí, escondidos como oro enterrado en la más lejana isla caribeña. La intuición, la peor de las barbaries para el hombre, marcaba el camino hacía el cofre repleto de alhajas. Los pezones ligeramente marcados indicaban el camino de la lascivia. Debía focalizar de nuevo la belleza de aquel diamante entre la bóveda estrellada del cielo. Meter a buen recaudo los instintos tóxicos habituales. Pero no aquella vez. La sola visión, bien merecía amputar todo anclaje de los sentidos primarios. Solo deseaba que le quemara la piel, que su recuerdo se perpetuara en el tiempo, como el más hermoso de los tatuajes. Enzo balbuceó algún intento de conversación sin convicción.

 

Kate era el nombre para la diosa Afrodita. Su tono de voz embaucador alejó al demonio, por el momento. Enzo descansó, mientras la sonoridad le teletransportaba a la relajación. Sus silencios formaban parte de la conversación, mucho más expresivos que las palabras encadenadas. Una serie de espasmos casi imperceptibles empezaron a recorrerle las vertebras. Aquella tensión de encontrarse ante una oportunidad exclusiva. Un elegido, ungido por la fortuna, pasmado ante la excentricidad dulce del momento. A contraluz. Ante la sed loca por contemplar los tiernos labios de Kate. Ser captado por los astros ardientes que representaban sus ojos. La dulzura con la que acompañaba al verbo, fue la gota que colmó la fiebre del eterno galán pretendiente. Sus brazos ondulaban con armonía, como moldeando las respuestas. Todo en ella giraba en cadencia musical. Como un balanceo armonioso al son de la naturaleza desatada. Tenía que ser suya. Pero de manera tranquila, reflexiva, reposada. Nada de estridencias, ni cabos sueltos. Como un acuerdo donde nada influye, solo el deseo de que se cumpla. Volver a la inocencia entre un mundo podrido por el veneno frustrante. Aquella presencia abrasiva lo llenaba todo de sentido. Pidieron el mismo postre, un simple sorbete de mandarina. Que momentos de gloria.

 

Tras unos movimientos especulativos de estudio previo. Kate se recostó en la silla y tomó la iniciativa. Empezó por definir su pasión, que se mezclaba con el trabajo. Escritora y fotógrafa freelance. Hablaba con delirio sobre el ansia que cada día la empujaba a la creación. Una solitaria reflexiva como Enzo. A pesar de la complejidad del planteamiento inicial, se alzaban puentes de comprensión entre los dos. Un camino que recorrer para llegar a su castillo, e intentar saltar las enormes murallas. Sin raíces, ni ataduras, solo búsqueda. Aquel fuego interno que catapultaba, inexorablemente, a recorrer para encontrar. Quemar los instantes con ella, era como encontrar el limbo del tiempo que se perdía. Producía que los principios confusos transmutaran en coplas desnudas de todo arreglo musical. Cada flash visual de su rostro quedaba gravado a sangre y fuego en el alma. Significaba el placer de reencontrar la luna bañada de ilusión. Las heridas cicatrizaban con cada sonrisa que Enzo le provocaba. Deseó que el dios Baco no dejara de aparecer cada noche con aquellas visiones de carne y hueso. Allí estaba sentado el billete hacia cielo. El pequeño peso de platino que inclinaría la balanza en sentido positivo. Enzo quería abrazarla, olvidar la incertidumbre del rechazo. Sucumbir a la humillación y asegurar una respuesta instantánea. Pero ella no se merecía el trato de la inmediatez. No había que perderse en la prosa gris. Existía la obligación de triplicar el esfuerzo por alcanzar la excelencia. Ella sabía cosas que él desconocía y necesitaba. Completar el decálogo que le cediera la eterna juventud de espíritu, resolver las dudas existenciales, conocer los movimientos del enemigo, resaltar los límites de lo permitido, palpar la profundidad del pozo de la concupiscencia. Con su zumo amoroso exprimido, podría reinterpretar el mundo a su antojo. El lenguaje de Kate reverberaba las ondas cerebrales, hasta convertir la zozobra en convicciones certeras. Sin ella al lado, el tiempo era una completa pérdida de tiempo. Enzo se sentía como un niño en un callejón por donde nunca pasaba nadie. Debía actuar entre el equilibrio de la mentira y el coraje, antes que todo se oscureciera otra vez.

 

La conversación se alargó con la Generación Perdida, para acabar con Aullidos y la Generación Beat. Brindaron por el último de los genios, Charles Bukowski. Con ella no existían ni líderes, ni adeptos, ni tabúes, ni credos. Solo la consciencia real del trozo de sorbete que se deshacía en aquellos labios sensuales. Cuarenta y cinco años, sin casarse y viajando por un mundo lleno de gavilanes. Era imposible sorprenderla. No había caído en la trampa y gozaba del mayor de los tesoros: la libertad. La que utilizaba con su Leica M6 TTL, con framelines de 50+75 mm, para inmortalizar escenas de street en blanco y negro. La fotografía era su fuente de inspiración vital. Verdadera maestra en dibujar la luz sobre haluros de plata.

Explicar historias, esa era la esencia de Kate. Aquello complicaba la ecuación con decenas de nuevas variables irresolubles. Solo quedaba aferrarse a la fe y ser el elegido. Una oleada de terror le consumía. La firmeza de Enzo tambaleaba ante la inmensidad del reto caleidoscópico del azar. Verdadero pavor por no ser señalado con el don de la resurrección. Ella tenía en su mano el borrador para anular cualquier culpa pasada. La seguridad iba diluyéndose por momentos. Estaba preso en el yunque, abrasado por su banalidad. Toda la dureza que una y mil veces ordenaba a Enzo avanzar, ya no existía. Cada palmo ganado, le costaría un esfuerzo sobrehumano mantenerlo. Jericó solo presentaba un nudo en la garganta, ante aquellos ojos inquisidores de pantera longivanda. El aire se volvía pesado, las piedras se acumulaban encima de él. Un par de errores y todo habría acabado, Los caminos divergirían para no volver a encontrarse jamás.

 

Ella lo observaba con dudas. Le desconcertaba. Aún no estaba la sentencia decidida. Enzo era capaz de trazar la mayor pincelada de sensibilidad artística. Regalar un ramillete de rosas negras para amar. Extrañamente ella le llenó la copa para acabar la botella de vino. Intuía que la fachada estaba desmoronándose. Era lista, quizás demasiado. Él sonreía estúpidamente, mientras empezaba a considerar seriamente posibles excusas para salir de aquella disyuntiva. Siempre podría justificar la cobardía de los héroes de segunda división. Antes de quemarse, era preferible salir ileso para seguir rumiando en la esperanza de otro día glorioso. El maître sonreía con picardía al traer un karsk y un café marnier. La cabeza lanzaba perdigonadas, mientras los ojos tenían que seguir posados en su piel de felina. Enzo tenía que dejar de confundirse para volver a converger en el objetivo. No cabían vacilaciones, ni dudas. Ella era lo que quería. Volvió a centrase en la conversación. De repente ella paró de hablar, y con una mirada inquisidora le atrapó descolocado. Tras un instante de duda, entendió el envite. Le tocaba platicar. Tomar el testigo de la conversación. Explicar la versión de los hechos. Sin conservantes, ni aditivos.

 

Optó por la sinceridad como única arma arrojadiza. Muchas mujeres lo habían agradecido. Pero ninguna era como Kate. No poseían perspicacia, sutileza, ni la inteligencia de la reflexión. Eran simples soñadoras de un mundo que nunca existiría fuera de su mente pueril. Abrazadas a la nostalgia de los días donde la inocencia lo cubría todo de un manto aséptico. Enzo, bañado de consciencia serena, se preparaba ante aquellos ojos grandes como zafiros. Recitaría las penas y los malos tragos su vida poéticamente, sin vacilar.

 

Eligió la contraposición a su mundo, en lugar de la afinidad. Esa era la apuesta. Suponía que estaría cansada de los pseudointelectuales y sus monólogos insulsos para atraerla. Poses forzadas para sorprenderla. Su intención era gritar en silencio que la necesitaba. Como no iba a necesitar de Kate para despertar del olvido lo que nunca tuvo que morir. Por supuesto Kate estaba escuchando relajada. Repleta de sabiduría y especializada en detectar faroles del sexo contrario. Enzo le cedería el terreno de juego con disimulo, para construir una mazmorra con barrotes de oro para ella. Kate se sintió atraída por su debilidad de inmediato. Los ojos suplicantes de Enzo merecían un premio. Su mirada extraviada, el inmenso interrogante que dibujaban sus manos. Kate contemplaba la escena con ternura. Picó el anzuelo en el último minuto. Aquel miedo dubitativo en los ojos de Enzo, fue la clave para el éxito. Estuvo genial y lo sabía. La yesca se encendió y corría directa hacía la pólvora. La detonación causaría que su instinto maternal se mezclara insidiosamente hacia una necesidad carnal. Kate cabalgaba como una valquiria servidora de Odín bajo el mando de Freyja. Su propósito, elegir a los más heroicos caídos en la batalla para llevarlos a Valhalla y convertirlos en einherjer. Enzo recibió la sentencia favorable y absolutoria. Touche al destino. Una verdadera obra maestra repleta de suerte.

 

Conocía aquella mirada. Lánguida, melosa, de complicidad sostenida en el tiempo y espacio. Solo estaba reservada para los que lograban acceder a su interior. Era campo yermo, todo para Enzo. Sus tropas avanzaban sin la menor resistencia hacia el corazón. Su mano de felpa buscó la suya. Apretó sin fuerza. Enzo ocultaba la alegría primaria del depredador como un caballero. Eran tiempos difíciles para la lírica del heroísmo. Ser amante ocasional, era ser el principal actor del guión escrito de su puño y letra. Pero Enzo era un viejo soldado curtido en mil batallas. El ángel exterminador que amenazaba fracaso, desapareció vagando por el purgatorio en busca de nuevas víctimas. Las sombras se convirtieron en versos de amor. Tras unos largos segundos mirándose fijamente, ella le sugirió subir al cielo sin peajes.

 

 

Jordi   Manau Trullas
Jordi Manau Trullas

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