[CRÍTICA] ‘Life (Vida)’: distinto alien, más de lo mismo

[CRÍTICA] ‘Life (Vida)’: distinto alien, más de lo mismo

Desde que la humanidad comenzó a estudiar las estrellas, prácticamente cuando todavía el hombre era más mono que cualquier otro ser evolucionado, siempre se ha fantaseado con la llegada de seres procedentes de otros planetas o galaxias. Mundos sumamente inteligentes, muy superiores al hombre en casi todos los ámbitos (probablemente nadie nos supere en crueldad y poder de autodestrucción), que llegaban con la intención de relacionarse con nosotros, conocernos o, tal vez, conquistarnos y extinguir a la especie dominante del planeta Tierra.

 

La excéntrica teoría de que las pirámides egipcias fueron conceptos entregados por extraterrestres, que cedieron su saber a nuestros ancestros, todavía genera quebraderos de cabeza a muchos expertos en la materia, biólogos, arquitectos, científicos e incluso astrónomos.

 

 

El mundo del cine nunca ha desperdiciado la ocasión de explotar al máximo la posibilidad de ser invadidos por una nueva raza foránea. Llegada desde otro planeta, como meros turistas o atacantes, desde los inicios del celuloide, pasando por el cine mudo, el “klaatu barada nikto” de ‘Ultimátum a la Tierra’ (1951, Robert Wise), la saga y serie ‘Star Trek’, ‘Alien, el octavo pasajero’ (1979, Ridley Scott) o ‘La Cosa’ (1982, John Carpenter).

 

Con la cinta de Ridley Scott se llegó más lejos que nunca, tanto en distancia como en la forma de transmitir el miedo a lo desconocido llegado de otro planeta. En este caso, como polizón corpóreo, baboso con sangre ácida altamente corrosiva. Se ha explorado ese universo hasta crear una saga que ha dado luz a, quizás, demasiadas secuelas, precuelas, crossovers (con Predator) y, vaya usted a saber qué más en el futuro. De hecho en este 2017 llegará una nueva película, de nuevo con el maestro Scott tras las cámaras, con ‘Alien: Covenant’.

 

 

Por ese motivo, el estreno de una película como ‘Life (Vida)’ era una apuesta arriesgada que corría peligro de ahogarse en la orilla. Y, por desgracia, lo hace estrepitosamente. No deja de ser una copia de lo visto en la franquicia ‘Alien’, solo que en esta ocasión todo sucede a poca distancia de nuestro planeta, pero los planos, la atmósfera, e incluso algunos guiños son demasiado escandalosamente calcados a lo que ya se conoce.

 

De hecho no solo bebe de la historia del extraterrestre más letal que hayamos conocido en la gran pantalla, sino que tanto al inicio como al final da la impresión de que aparecerán en cualquier momento Sandra Bullock y George Clooney como ya pudimos verles en ‘Gravity’ (2013, Alfonso Cuarón).

 

 

Eso sí, no desmerece nada la realización del sueco de ascendencia chilena Daniel Espinosa, que cumple muy bien con tomas estupendas, nada sencillas, desde el interior de la nave principal, o en el espacio exterior. Apenas se aprecian detalles de CGI, lo que es gran mérito de la dirección de Espinosa, junto a una muy trabajada fotografía.

 

 

Las actuaciones del reparto son muy justas, a medio camino entre el cumplimiento y el tedio absoluto. Ryan Reynolds comienza a correr el peligro de convertirse en un eterno “graciosillo” de Hollywood con tanto chiste barato e ironía ñoña, que encaja en su Deadpool, pero no en todos sus papeles. Aunque según avanza la historia mejora notablemente y da un buen empujón a su personaje. El verdadero peso de la película recae en Jake Gyllenhaal y Rebecca Ferguson, la también sueca que encandiló a todos robando mucho protagonismo a Tom Cruise en ‘Misión Imposible: Nación Secreta’ (2015, Christopher McQuarrie). Pero ninguno de los dos parece disfrutar con sus respectivos roles: el de Gyllenhaal podría suicidarse en cualquier momento, o eso parece; y el de Ferguson pasa tanto tiempo llorando y con cara de asombro que uno no consigue averiguar si es la actriz a quien se ve o bien lo que pide un personaje que ya hemos visto mil veces en el cine. Muy decepcionantes ambos.

 

 

 

Se salvan de la quema el inglés de sangre nigeriana Ariyon Debo Bakare, con un muy convincente e intenso exobiólogo que acaba siendo responsable de todos los males que suceden en la historia, y Hiroyuki Sanada, veterano actor japonés curtido en mil batallas, literalmente, que parece ser el único humano como tal dentro de la nave.

 

 

Y luego está el alien, del que no diremos nada para no desvelar las pocas ¿sorpresas? que presenta esta película, pero si los personajes que intervienen apenas transmiten un mínimo de simpatía (salvo un par de excepciones, como se dijo antes) o emoción, el extraterrestre no deja de ser un bicho ya visto anteriormente en ‘Buscando a Dory’ (2016,  Andrew Stanton & Angus MacLane). Y sino, lo hablamos cuando lo vean…

 

 

Hace un par de décadas, o incluso menos, habría sido un producto interesante, pero ahora, llegando a la tercera década del siglo XXI, lejos de la época dorada de las historias originales cinematográficas del anterior centenario, no aporta nada al cine. Lo sabían los actores, y se nota en el resultado final, al igual que Daniel Espinosa, director que ha hecho un trabajo fino donde no se podía mucho más que esperar encontrar neumáticos roídos en el fondo del mar. El guion que Rhett Reese y Paul Wernick escribieron en una tarde de parque con sus hijos (o eso parece) no da para mucho (o nada), porque pretende venderse como un nuevo miedo en el espacio exterior que solo tiene de novedoso su ubicación y el nombre, para acabar vendiendo humo porque más miedo da un telediario cualquiera de verano que el mayor susto (por decir algo) de la película. No parecen los mismo escritores que alegraron la vida de tantas personas con ‘Deadpool’ (2016, Tim Miller) y ‘Zombieland’ (2009, Ruben Fleischer).

 

 

Por desgracia, lo bueno y lo malo de este despropósito se resumen con la frase final de David Jordan (Jake Gyllenhaal), algo así como “qué se me ha perdido a mí con esos 8.000 millones de cabrones”. ¿A quién le interesa ver una película que ya hemos visto 8.000 millones de veces?

 

CALIFICACIÓN: 3.5 / 10