Los jóvenes ganaderos apuestan por la tecno-ecología

Los jóvenes ganaderos apuestan por la tecno-ecología

La grandeza acantonada de los hombres y mujeres del campo no se merma con una simple niebla que te cala los huesos. Los pies se aderezan en las curtidas botas de plástico que se mimetizan con la hierba y dejan las pisadas más grandes que sus propias sonrisas cuando se acerca un ternero que ha de aprender a comer el cereal que dispersan.

 

Las extensas jornadas de sol a sol se acomodan en un regazo de mantel y de camilla con lascas de madera encendidas al brío de los caldos y las marmitas. Un ruido de fogones que crepita, que atiende al fragor de las bellas ornadas de vasijas repletas de carnaza y sabrosos manjares, que a penas un urbanita podría probar en sus bares de tapas. Aquí la mayor hazaña es respirar el aire puro y apropiarse del ruido del mundo en una sola segada.

 

 

Alejandro Jiménez (Cáceres, 1982) ingeniero de obras públicas y ganadero por vocación, es el adalid de esta nueva aventura en su explotación agropecuaria. Junto a la empresa TAREX de Villagonzalo (Badajoz), han diseñado una máquina que facilita por sus características, el reparto de comida en extensivo para las 100 vacas y 2500 ovejas que habitan en sus prados. La idea surge de la necesidad de facilitar el trabajo con el tractor y asegurarse que todas las reses se alimentan adecuadamente, ya que como indica Alejandro, puede ocurrir que al colocar comederos o silos sin desmenuzar, las vacas más fuertes no dejen comer al resto. Inspirado en otras máquinas similares que ya existen en otros países como Nueva Zelanda, se lanzó a la aventura de crear desde cero este ingenio. Aunque recuerda lo complicado que fue que funcionara el invento por la complicación que encontraron con la hidráulica, así que tuvieron que pegar muchos palos de ciego.

 

Alejandro no posa. Se agarra fuerte y seguro al volante del tractor, yendo directo a la zona en la que dará volumen con su contenido fibroso de veza, trébol y raygrass. Los silos son esos mamotretos plastificados que vemos a los lados de las carreteras después de que se haya segado el campo. Pesan alrededor de 800 kilos y los brazos mecánicos de la máquina se encargan de alzarlos hacia el plato en donde serán desmenuzadas sus proteínas. No veo a ninguna oveja quejarse mientras avanzamos cláxon que te cláxon para que se aparten del camino terroso, ese que se modifica con la presencia de un bache insólito o una lluvia mal nacida. De la niebla babosa se abren paso los pitones de las comensales, razas Limousin y Salers. Ni se inmutan con mi presencia de casi 2 metros, barba espesa y aparatejo en mano para captar esos momentos de pura poesía, tractor y cuernos, marrón, frío que te meas y algunas caladas. Es un lugar en el que te irías del mundo. 

 

 

Las principales tareas que realiza son las de alimentar a los animales, atender partos y problemas sanitarios, además de la agricultura ecológica, que le permite surtirse de insumos de cereal y forraje. Me fascina que un joven que no puede ejercer su trabajo en España, un ingeniero, se aferre a este oficio, que aunque le venga de cuna, parece que se nos escape a los flipados de turno. No tengamos miedo de seguir la tradición, ni de coger una saco de cemento y subir 10 pisos. Somos unos malcriados. Viva tú, Alejandro y ole tus huevos.

 

 

 

 

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