Marta

Marta

Marta tiene nueve años. Hace más de tres que tiene nueve años.

 

Marta fue una de las primeras. Enfermó un trece de junio, recuerdo que hacía mucho calor, más tarde supimos por qué. Ella entró como cada domingo en nuestra habitación y saltó sobre la cama; quería que su Mami le preparase el desayuno especial, el desayuno de los domingos mientras Papi se vestía para acompañarla al parque. Hasta ese día nuestra vida era una puta postal.

 

Ahora Marta está muerta, pero camina; no habla, pero casi, tampoco corre, pero casi, ya no me quiere, no al menos como antes, pero continua siendo mi hija y eso no cambia, no para una madre. Le corto las uñas casi a diario para que no me arañe y me convierta en un devorador; cuando lo hago su boca permanece oculta tras el bozal y sus ojos violáceos me miran con ayuno.

 

Papi la llevó al parque como cada domingo. Cuando volvió la traía en brazos, un niño la había mordido...y entonces todo terminó; el parque, los desayunos, los domingos, los lunes, los martes; todos los días eran una copia más defectuosa y deprimente que la anterior. El mundo ya no seguiría por los cauces y las rutinas que habíamos conocido; el pago de la hipoteca ya no era un problema, las goteras de tu vecino que se filtran por tu techo tampoco; los partidos de fútbol, las noches de sexo con Marta en casa de mi hermana, la luz de la pantalla de cine iluminando tus sueños; todo desapareció en cuestión de semanas. Mi familia duró algo más.

 

Papi se fue sin decir nada, y cuando digo nada me refiero a la más absoluta carencia de explicación. Habían pasado tres meses desde el incidente en el parque y aún hacia más calor. No sé si se sentía culpable (yo no recuerdo haberle recriminado, ni acusarlo sobre lo ocurrido ese día), pero el caso es que cogió algo de comida, dinero, no sé muy bien para qué porque era otra de esas cosas que de nada sirven ya y se marchó con el coche. No le escuché y eso que tengo el sueño ligero y más ahora que hay devoradores por todas partes. Me imagino que empujó el coche hasta bajar la ladera y ahí lo puso en marcha; pero no es más que una suposición, como el motivo de su marcha. Montó en cólera un par de veces, me gritaba que estaba loca y no entendía mi obstinación en mantener a Marta con nosotros; acostarla cada noche en su cama con las ventanas tapiadas y las puertas atrancadas como el resto de la casa, cambiar y lavar su ropa, intentar que comiera otra cosa que no fuese carne muerta, mesar su cabello lacio y besar su frente que se había vuelto rugosa de tanto abrir y cerrar la mandíbula...pero el obstinado era él. Aceptar la derrota es el primer paso para la derrota. Una vez intentó quitarle la vida a Marta ahogándola en la bañera-como si eso fuese a funcionar-no se mata a un devorador por los cauces normales, eso lo averigüé algo más tarde y algo más tarde os lo contaré. Cuando entré en el cuarto de baño, le golpeé tan fuerte en la rodilla con el atizador de la chimenea que aún le duraba la cojera dos días antes de irse.

 

“Marta no se toca”, le dije. Y levanté el atizador de nuevo, ahora entiendo por qué lo llaman así. Una semana después Marta y yo nos quedamos solas.

 

Marta era hermosa. Su pelo aún no se había decidido por el castaño claro de su madre o el dorado de su padre. De sonrisa fácil y sana, mirada curiosa, vamos lo normal en una niña de su edad. Algo delgada a pesar de los copiosos desayunos, pero es que era tan inquieta como bella.

 

 

Pero Marta ya no es hermosa. Es como ver marchitarse a una niña de nueve años con la continua apariencia de una niña de nueve años; no crece y cada día que pasa yo me hago más vieja, me parte el pecho verla así, pero sería peor no tenerla cerca. A veces la llevo conmigo en busca de comida; comida de lata para mí y algo de carne muerta para ella. Le quito la gorra para que le de el sol, pero su piel no abandona el color cenicienta. Sé que abre y cierra la mandíbula tras el bozal y me duele verla así, pero todo comienzo tiene un final. Todo trae consigo un proceso. Si nace una enfermedad, tarde o temprano surge la cura...o la desaparición total de la especie. Yo confío en lo primero.

 

Para mí Papi está más muerto que ella.

 

A veces Marta me sorprende. Hoy estoy de enhorabuena porque lo ha hecho por dos veces. Esta tarde, antes de la caída del alba, cuando es hora de volver a casa, estiró la mano y agarró la mía. No es la primera vez que lo hace, pero si la primera que no se lleva mi mano al bozal, a la altura de la boca. Cuando salimos le enfundo unos gruesos guantes y le ato el extremo de una cuerda a la cintura y el otro extremo rodea la mía para tenerla siempre cerca; si se extraviara o escapara, perdería lo que me queda de ella, perdería lo que queda de mí.

 

 

Hemos ido hasta los grandes almacenes evitando la puerta principal y la planta baja (los devoradores no suben escaleras, tropiezan se caen y dejan de intentarlo) y le he comprado ropa; o robado, o sustraído, o regalado; como ya os dije el dinero no importa, pero me divierte pasar la tarjeta de crédito por ese tosco y feo datafono. Oigo un bip y me sorprendo ya que hace tres años que no tenemos electricidad. Esa fue la segunda vez que la sorpresa me invadió; miro a Marta, que con los brazos en alto vuelve a repetir el gesto del datafono. Sonrío y me acerco para quitarle el bozal. Al hacerlo lanza su cabeza hacia delante en busca de una dentellada... no lo consigue de milagro, caigo de culo y me siento estúpida y no solo por la caída. Me levanto más rápido que ella se abalanza sobre mí y la agarro con ambos brazos. Al no tener una mente lúcida, sus reflejos tampoco lo son. Me coloco detrás y vuelvo a colocarle el bozal que cuelga de su cuello.

 

De noche y ya en casa reflexiono sobre lo acaecido en el centro comercial. Dijo Bip, y de eso estoy segura. Solo comprendo dos opciones para que lo dijera: si lo hizo porque un recuerdo espontáneo asaltó su mente, aún hay esperanza; si lo hizo para que le quitara el bozal y tenderme una trampa eso significa que es capaz de razonar y si es capaz de razonar, aún hay esperanza.

 

Al día siguiente no salimos, toca jornada de video y fotos. Recuperar la memoria, atisbos de días mejores, recordar tiempos pasados, para construir un futuro mejor ¿o sería más acertado decir reconstruir?

 

No sé por donde entró el devorador. Este invierno ha llovido mucho, puede que alguna madera quebrara. La cuestión es que cuando lo tengo delante me resulta familiar y eso me descentra; el tipo me persigue intentando darme caza, le oigo gruñir tras de mí mientras intento llegar a la escalera que lleva al primer piso y no puedo dejar de pensar: “de qué coño lo conozco”. Cuando alcanzo el rellano me doy la vuelta para observarle con mayor detenimiento, las ventanas tapiadas me dificultan la labor, pero el devorador intenta sin éxito escalar la escalera y la luz de la claraboya del techo le da de lleno en el rostro. Tiene varios mordiscos en la cabeza que han arrancado pelo y carne y la mitad de la cara desfigurada incluida la carencia de un ojo convertido en un orificio cóncavo y vacío. Sigo sin recordarlo, básicamente porque ahora mi interés se ha desviado hacia Marta. La había dejado sentada en el sofá intentando que mirara las fotografías de un álbum que descansaba sobre su regazo cuando el devorador me sorprendió y me pregunto si aún seguirá ahí.

 

 

No tengo que esperar mucho para que mi duda se aclare. Marta se acerca despacio hasta el devorador y éste, para mi sorpresa, se olvida rápidamente de mí; ladea la cabeza hacia un lado y emite un gruñido al verla, casi juraría que es un jadeo de alegría y es al tenerlos juntos cuando por fin recuerdo quién es.

 

Es él, Papi ha vuelto... Suena como un mal reggaeton... como si los hubiera buenos.

 

Apoyo la mano en la barandilla para no caer y me siento en el escalón. Los dos me miran ahora como si la que no encajara en todo esto fuese yo, como si yo fuese la muerta. Las lágrimas brotan de mis ojos y recorren mi cara, me nublan la vista y me las aparto con la palma de la mano. Se marchó con el rabo entre las piernas siendo hombre y es estando muerto cuando siente la necesidad de volver a casa, con su hija y su esposa. ¿Será después de todo la infección una cura de humildad? ¿Nos devolverá a un estado tan primitivo como inocente? Sí, son violentos diréis, te atacan, te devoran, te comen, pero ¿no hacemos nosotros eso con la mayoría de animales y de personas? Los devoradores no se muerden entre ellos, en eso son más civilizados que nosotros.

 

Me levanto decidida y bajo la mitad de los escalones. Alargo el brazo y Papi me lo agarra con celeridad, le aparto de una patada y dejo que sea Marta quien haga los honores. Muerde ferozmente mi muñeca. Me aireo con energía, casi con violencia y la obligo a que me suelte, sé que con un pequeño mordisco es suficiente. Vuelvo a subir hasta el rellano y me siento a esperar. Papi y Marta me aguardan abajo. Marta se pasa la lengua por los labios relamiendo mi sangre. Papi se acerca a ella y toma también de ella. En otras circunstancias resultaría repugnante y obsceno. En esta ocasión, solo repugnante. Noto como se me hinchan los ganglios y el pulso se acelera. Quema tanto que creo que el corazón me va a estallar, supongo que se trata de eso, de que deje de latir para alcanzar la muerte. Vuelvo a mirar abajo y me entra vértigo. Cuando termine de infectarme sé que tendré que bajar las escaleras, tropezaré y caeré, solo espero no romperme ningún hueso o dislocarme un hombro, o peor aún, romperme el cuello porque tendré que vivir (sé que no es el término correcto, pero no se me ocurre otro) con la cabeza fofa hasta que alguien me queme o me atraviesen el cerebro. Podría bajar ahora, pero desecho la idea enseguida al ver el hilillo de baba que cuelga por la comisura del labio de mi marido, sería peor el remedio que la enfermedad.

 

Sé que os tenía que contar cómo maté a un devorador, pero me temo que va a ser una de tantas cosas que dejé de hacer en vida.

 

Os pido disculpas. Supongo que lo entendéis, mi familia me espera.