Mi primera cámara de fotos

16/01/2016

Mi primera cámara de fotos
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Mi primera cámara de fotos

Compré mi primera cámara de fotos el día que mi novia me dijo que estaba embarazada. En ese momento empezó a crecer en mí una necesidad de querer almacenar todos los momentos posibles a partir de aquella noticia. Hasta ese día tenía una cámara que me había regalado mi tío y de vez en cuando iba haciendo alguna que otra foto sin darle mucha importancia. Las revelaba, sacaba algunas copias y las que más me gustaban las ponía en un álbum. No tengo muchos, de hecho, mis treinta y tres años de vida se resumieron en tres carpetas de cartón, color verde, con fotos colocadas debajo de un plástico en cada página y acompañadas de un título escrito a mano.

 

Para aquel entonces las tiendas seguían vendiendo ambos sistemas de cámaras. Parecía que el analógico moría poco a poco y el digital entraba por la alfombra roja seduciendo a todos y cada uno de los compradores que veían los resultados que aportaba.

 

Entré por la puerta de la tienda Agfa de mi barrio. Allí estaba Alberto, el encargado de toda la vida, peleando con una máquina registradora nueva que acababa de adquirir para modernizar el negocio. Aproveché el tiempo que esperaba a ser atendido para revisar las estanterías rebosantes de cámaras nuevas, digitales, de super alta resolución. Las más caras presumían de poder realizar una imagen a cinco megapixels, había algunas más baratas (más domésticas) y quedaban algunas con un cartel de oferta que se ajustaban a mis necesidades; o por lo menos a las de mi bolsillo.

 

Fui directo a las del cartel, el señor me advirtió que eran analógicas y que estaban de oferta porque –“lamentablemente están a punto de extinguirse, como los dinosaurios”, dijo sonriendo con la boca cerrada y sacando a pasear sus patas de gallo.

 

Me llevé una porque parecía muy robusta y el precio me aseguraba que era mejor que la que tenía en casa.

 

Pasaron los años y yo la llevaba a todos lados. Fotografiaba con cuidado porque el revelado costaba dinero pero aún así el resultado me gustaba más que las fotos que me enseñaban mis amigos. Fernando y Diego venían con cientos de imágenes de sus viajes; los pases de las diapositivas digitales ya no se hacían en el salón de la casa de uno de ellos, entre palomitas y cervezas, creaban álbumes interminables en todas sus redes sociales y esperaban que las viéramos y comentáramos una por una. No hacerlo ofendía.

 

Seguí el crecimiento de mis hijos con instantáneas muy variadas. Fotografiaba momentos muy felices, muchos de los cuales remueven nuestros estómagos de nostalgia, e incluso me atreví a inmortalizar algunos días tristes, caras feas y retratos que causaban carcajadas cuando los repasábamos con mi mujer al cabo de los años.

 

Así, entre mis favoritas, hay una de una tarta de cumpleaños a medio comer en una mesa vacía y desordenada; una de mi mujer bailando en el jardín a oscuras el día que la cambiaron de trabajo; un retrato de mis padres posando en el salón de su casa con una luz de atardecer que acentuaba lo acogedor que era aquel sitio; una de las amigas de mi mujer junto a ella intentando disimular la embriaguez en una cena de navidad; una de una cuna vacía junto a la ventana, en una tarde de verano, días antes del primer parto; una de mi hijo en un rincón castigado por rayar el coche del vecino con su monopatín; una de mi hija con la cabeza cortada y la mano frente a la cámara porque se avergonzaba de salir con su vestido de baile; una de mi hijo graduándose y mirando de reojo a María, su futura mujer; una del jarrón que rompió mi hijo el primer día que volvió borracho a casa; un autorretrato en el espejo con mi mujer al lado sacando la lengua; un paisaje de montaña del refugio al que íbamos cada año después de nochevieja; una de la sala de espera con mi hijo superando los nervios de padre primerizo; una de dos tazas de té que sacaban humo en el porche donde nos sentábamos a leer; una de mi mujer llorando al teléfono hablando con nuestra hija que llamaba desde Londres; una de un atardecer gris con un árbol en primer plano como recuerdo de un funeral al que no me gustó ir; una de nuestros perros saltando juntos al mar; una de la fachada de la casa en la que decidimos envejecer; y una de mi mujer a contraluz con sol de febrero.

 

Envejecemos y yo ya soy un experto en edición de álbumes de familia. Me convertí en un abuelo que lleva siempre la cámara encima y dispara pocas fotos en momentos inesperados. Mi nieto siempre me dice que debería comprar una cámara que me permita hacer millones de fotos sin gastar dinero en revelados, sin embargo, se queda embobado cada vez que abrimos uno de esos cuadernos llenos de fotografías en papel y le cuento las historias que rodean las imágenes. No importa cuanta verdad hay en ellas porque no hay suficientes imágenes para contrastar cada uno de los momentos, lo que sí importa es la ilusión que provoca la ficción que adorna las fotografías individualmente.

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Pato Conde

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