MULTITUDES

MULTITUDES

Relato inspirado en el cuadro 'Multitudes' de Elsa Alonso.

 

Les prometieron un lugar donde no solo salvarían sus almas. También serían aceptados sin importar lo motivos por los que habían llegado hasta allí. No habría preguntas, ni porqués. El precio del billete garantizaba la confidencialidad; la decisión de adentrarse en esa experiencia, respeto. Los juicios quedarían en la tierra de los intransigentes y los déspotas, mientras que en aquel barco solo vivirían personas hartas de sentirse inadaptadas, por culpa de los clichés y una sociedad cada vez más desconsiderada.

 

Le llamaron “El sueño del fin del mundo”.

 

Únicamente fueron admitidos quienes demostraron ser dignos de una vida anónima hasta ese momento. Sin el deseo de cumplir un capricho, o la necesidad de gastar fortunas que dejaran clara una alta posición social. Es más, los ganadores del derecho a viajar en ese transporte pagaron cantidades distintas, acorde con su situación personal y el objetivo final de su viaje. Porque a pesar de todo, no se trataba de una travesía cualquiera, debido a su única condición innegociable: el billete solo sería de ida.

 

Algunos de los rechazados denunciaron ser víctimas de discriminación. Otros se burlaron, calificándolo de una actividad lúdica organizada por una secta que ansiaba enriquecerse a costa de personas desgraciadas, nada pagadas de sí mismas, y con el amor propio disfrutando de unas largas e indefinidas vacaciones.

 

Todos se equivocaban en realidad. Incluso los que viajaron en el barco, porque desconocían el gran secreto que había impulsado ese trayecto y otros similares por el mundo. Algo iba a suceder muy pronto, y nadie podría salvarse. La diferencia sería que al menos los tripulantes tendrían un final mucho más especial que el de los desdichados seres vivos restantes. Tras una vida siendo excluidos por los demás, aquella vía les permitiría ser ellos mismos sin tapujos, sin sentirse señalados.

 

 

Darío llevaba enamorado de Marta desde que vio cómo entraba por la puerta de la oficina, y ella también sintió algo muy especial. Comenzaron una historia de amor que acabó demasiado pronto, debido a las inseguridades de la mujer y el exceso de devoción de él. Siguieron caminos separados, a pesar de compartir lugar de trabajo, pero el hombre jamás dejó de demostrar sus sentimientos hacia ella. Hasta que un día Marta escuchó una llamada de su corazón y no pudo evitar aceptar de nuevo el cariño incondicional de Darío. Ambos huyeron en el barco, de las miradas y reproches de sus compañeros.

 

Jorge y Mario se conocieron en una exposición de arte en la que ninguno de los dos jamás supo cómo llegaron a encontrar. Lo cierto es que fue una estrategia improvisada para cubrir con un manto la incomprensión de un entorno demasiado crítico e irracional respecto al amor entre personas del mismo sexo. Tuvieron que mantenerse unidos entre sombras, cohibidos por el rechazo de sus familias y amistades. Solo sentían que eran ellos mismos cuando se abrazaban en la soledad de su hogar. Ambos huyeron en el barco, de su miedo a mostrarse en público y de una sociedad que consideraban hipócrita.

 

Luisa conoció a Jorge en su tercer año de instituto, al incorporarse este como nuevo alumno en el mismo centro escolar. Las espinillas, las hormonas y la ignorancia les impedían ir más allá de las notitas por debajo de la mesa, las cartas de amor escondidas entre las hojas de un libro de texto y las miradas cómplices a la hora del patio. Tan solo habían podido sentir un primer beso durante la fiesta de navidad del pasado año, en la clandestinidad del cuarto de la limpieza. Él pertenecía a una familia de alto poder adquisitivo, demasiado juicioso con las personas de menores posibilidades económicas, como era el caso de la chica. Ambos huyeron en el barco, de la incomprensión y la ambigüedad.

 

Lorena vivía coartada desde que en su juventud sintió que no pertenecía al cuerpo de varón en el que había nacido. Sus padres apartaron de su vida a un hijo que nunca fue tal, ya que en realidad residía en él una hija que reclamaba su lugar en el mundo. Lorenzo era un periodista que amaba a las personas por encima de los portes ofrecidos de cara al exterior. Prefería ver caminar a una persona cabizbaja con sentimientos, que a una máquina estereotipada con algodón sobre sus hombros. Salvó a Lorena de un linchamiento, a costa de perder su trabajo y algún diente, y así comenzó un precioso romance. Ambos huyeron en el barco, de las etiquetas y de los falsos manuales que indican a quién y cómo hay que amar.

 

Beatriz subió sola en aquel extraño transporte marino, igual que le sucedió a David. Odiaba la soledad, pero esta abstracta amiga no sentía lo mismo por ella, igual que le sucedía a David. Juntos encontraron la manera de dar rienda suelta a su deseo de compartir y amar, al mismo tiempo que emparejaban a sus soledades con sus compañías. Ambos huyeron en el barco, de sí mismos y de la timidez, injusta con las personas que solo desean abrirse paso en el mundo.

 

Tras una semana de viaje, el capitán citó a todos los ocupantes de la nave en el salón de actos, para anunciar y explicar algo que hasta ahora había quedado en el olvido: el destino de aquel billete sin retorno.

 

—Queridos pasajeros, ha llegado el momento de contarles a todos hacia dónde nos dirigimos y por qué. Los altos cargos y autoridades del mundo, hace escasos instantes, han hecho oficial un comunicado hasta ahora restringido, para evitar el caos y un final antes de tiempo: nuestro planeta se parte en dos. Literalmente, amigos míos. Ningún geólogo ni científico ha sabido dar con una explicación, aunque de poco habría servido entenderlo, porque nada evitará un final ya escrito. Nuestro destino actual nos lleva directos hacia el lugar donde el mundo se dividirá en dos, y seremos testigos de ello –el hombre hizo una pausa, dado que esperaba una respuesta airada, pero se vio sorprendido por unas personas que permanecían inmutables, de la mano, abrazados, y con la misma sonrisa en sus caras que antes de comenzar su explicación-. ¿Seguro que me han entendido? No termino de comprender su excesiva… naturalidad.

 

Darío se levantó de su silla, sin soltar la mano de Marta, y pidió la palabra, alzando la mano izquierda. El capitán asintió.

 

—Disculpe, señor. Creo que hablo en nombre de todos al afirmar que nada de lo dicho nos ha sorprendido. Cuando tomamos la decisión de subir a su barco y, sobre todo, cuando aceptamos, sabíamos que todo ocurría por alguna razón importante. Hasta ahora hemos disfrutado de una dulce ignorancia, porque por fin hemos encontrado nuestro lugar en la vida, y a personas con quienes disfrutarlo. Puedo asegurar, o al menos en lo que a mí respecta, que de haber sabido la verdad antes, la decisión habría sido la misma y estaría igualmente aquí, con estas personas, en este barco y en este momento.

 

Los presentes hicieron gestos de aprobación, y se levantaron de sus sillas, dando por concluido el discurso del capitán. Querían proseguir con aquella experiencia, para ellos la más maravillosa y feliz de toda su existencia. Era la plenitud que otorgaban las bellas palabras, los abrazos, los besos, o las caricias. Junto a miradas colmadas de libros, escritos con la tinta que emana de los sentimientos.

 

Esa misma tarde, “El sueño del fin del mundo” comenzó a vibrar con violencia, sobrepasando olas gigantes, virando hacia babor y estribor, pero sin perder la dirección ni el equilibrio por completo. Todas las personas del barco se reunieron en la proa para contemplar aquellos últimos instantes del mundo desde la primera fila. Unieron sus manos, mientras el horizonte mostraba una línea que se resquebrajaba, similar a la de las leyendas de los marineros ancestrales ya casi olvidados. Y entonces, esta vez de verdad, una tangente imaginaria marcó dónde terminaba aquella mitad del planeta, mostrando a continuación un vacío casi infinito.

 

Miles de años después, civilizaciones de otras galaxias contaron a sus hijos esta historia, tratando de dar explicación a un esbelto objeto, radiante, con forma de barco, que deambulaba por el espacio. En un manto de estrellas donde tiempo atrás vivían seres que poseían un arma casi indestructible. Algo llamado corazón.