Miguel - 07/02/2016

Oh Acab!!

 

 

 

Yo hoy, el cachalote varado en la desierta y fina arena de esta mi playa. Mientras exhalo el aire caluroso del Sol del Infierno de mi playa, mi piel desgarrándose, quebrándose, miro hacia atrás. Yo y mi grupo, cuando todos los mares y océanos eran mi ilusión, el conocimiento de las corrientes, de las fosas abisales, allá donde nos reuníamos para compartir hazañas, donde conocer hembras, embriagarse; charlas eternas de los gigantescos calamares de las cimas ocultas, en lo profundo hallé, donde papá y mamá cuidaban tu sueño, donde viste el brillo del Sol, el verde y gris de la bella isla, bahía mía, de mi infancia y pubertad, allí en la ignorancia y el conocimiento perturbador de la locura, me hablan de mi Acab. 

Vestido de blanco divino, con un arpón de sueños, el Acab malvado; yo y otros cachalotes, lo idolatramos, lo inmortalizamos, cada vez que su dulce y delirante arpón nos cegaba y nos placía, ¡oh Acab!, yo te seguiré hasta el fin del inmenso océano. Uno tras otro iban agonizando en solitarias playas, despojados por las aves del cielo marino, agrietados por el cegador disco solar.

¡Oh Acab!

vestido de blanco almirante, por ti tanta destrucción. Nos cegó tu dulce y amargo arpón, denigrándonos, maldad, dolor. Todo lo hacíamos por tu púa sacrálmente envenenada, dulce veneno, veneno encantador.

Cobarde cachalote que no quiso forzarse, derrotado antes de empezar, sueño roto.

Tú, cachalote, que apuñalado tienes todo el cuerpo por el temor a quedarte fuera del grupo de locos cachalotes, que desgarran lo que sea por el blanco Acab, para que te clave su arpón indomable.

Y hoy aquí en la distancia de la agonía leprosa de mi vida, veo los viejos rostros delirando; amigos, amores, todos deseando que Acab, a lomos del caballo marino nos clave su púa de muerte y destrucción.

Y en el último momento de lucidez, añoro a los que me amaron, a los que me enseñaron el camino hacia la bella isla. Hoy, ya tarde para este cachalote varado en la solitaria playa de su agonía.

Y veo a Acab de blanco, con su arpón plateado y plastificado con el océano, loco, encerrado en el vidrio y aún así, el moribundo, le grita ¡Acab, Acab, clávame tu dulce y amargo puñal, que necesito alejarme de esta locura de agonía, a la agonía de tu muerte en vida!.

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