Pedí un deseo y me trajeron un friki

Pedí un deseo y me trajeron un friki

Ciertos rasgos del carácter de los humanos son hereditarios, así como los evidentes parecidos físicos que se transmiten de madres/padres a hijos. Lo más común es escuchar varias veces al año aquello de “tiene la mala leche de su (…), y la pachorra de su (…)”. O también eso de “está claro a quién ha salido”. Ambos conceptos son ciertos, porque es inevitable adoptar aquellas señas de identidad de nuestros progenitores.

 

 

Pero si hay algo que no se transmite a través de los genes son los gustos o preferencias. Es muy probable que al policía le salga un hijo fumador de porros, al cirujano un abogado, o al señor diputado un sindicalista transgresor. Aunque siempre hay excepciones, en la mayoría de los casos, especialmente cuando los conocimientos a otorgar son de un tipo de cultura sin límites, sana adicción, llamada vulgarmente cultura friki.

 

En ocasiones el friki acaba convertido en un enfermo del coleccionismo, de los eventos populares, de los estrenos tanto televisivos como cinematográficos, llegando a acabar encerrado en su mundo de ficción donde, salvo que encuentre a un/una igual, difícilmente podrá tener tiempo para formar una familia o tener una relación más o menos seria. Esto no es un problema, en realidad, porque el objetivo por el cual venimos al mundo es ser felices, y si así alguien es feliz, viva la vida.

 

 

Pero la especie friki más abundante del planeta es aquella que maneja (no siempre) con moderación, todo lo que rodea su mente en lo referente a cómics, juegos, películas, series, o cualquier cosa que rezume “frikismo” por cualquiera de sus costados, generalmente con una reprimible contención por miedo al rechazo.

 

Como ciertos matrimonios, esto es bonito especialmente en la época inicial de enamoramiento, cuando todo es inocencia, sorpresa y, sobre todo, joven. Una vez llegados a una determinada edad madura, los frikis pueden acabar siendo una legión marginada, solo capaz de moverse en sus propios círculos, salvo que la pérdida de la vergüenza en alguna batalla de rol haga arramplar con todo, dejando los miramientos y los complejos en el cajón de las cosas a olvidar.

 

 

Uno de los más maravillosos momentos del friki-tipo llega cuando su estirpe crece, con la llegada de lindos vástagos, es decir, inocentes mentes manipulables al propio antojo con el objetivo de crear una legión propia, a imagen y semejanza del ilusionado progenitor/ora. Al principio los descendientes se ilusionan con todo aquello que llega a sus ojos (que no a sus manos, al menos de momento), disfrutando en los brazos de su adulto de compañía, gracias a tipos vestidos con ropas de colores llamativos, armaduras, calzoncillos por encima de la ropa, o absurdos objetos que son seña de identidad inconfundible. Por no hablar de los soldaditos blancos, con fusil láser que no conseguirían acertar a liquidar a una vaca ni aunque esta se espatarrara frente a ellos, o los monjes con espada de colores poseídos por el fanatismo desmedido de una religión absurda, poblada de frases hechas y contradicciones.

 

 

Pero ¿realmente importa? No, para nada. Los frikis son gente inteligente, y saben discernir lo que es bueno o malo, real o irreal (en principio, aunque hay casos aislados dignos de estudio), pero son amantes de mantener el espíritu de ese Peter Pan imaginario que no desea morir jamás. Por eso transmiten sus aficiones a sus hijos: por la magia que genera el volver a ver o sentir como alguien se ilusiona con ese mundo.

 

El friki adulto se muere de ganas por ver la cara de sus hijos cuando Darth Vader aparece por primera vez en la pantalla, o hace la mayor revelación de la historia del cine al joven Luke Skywalker. Adora ver cómo golpean sin cesar a sus muñecos favoritos en un intento vano por conseguir que respondan, se quejen o emitan un chillido, como los personajes de ‘Toy Story’; y sueña con escuchar preguntas de los pequeños respecto al origen de determinados hechos leídos en un cómic o tebeo.

 

 

Es muy probable que los hijos acaben convertidos, en menor o mayor medida,  en añadidos miembros de la familia friki, pero también podría darse el caso de que todo lo que apasiona a unos, cubra de “ni-fu-ni-fa” a otros. Ese puede ser uno de los mayores fracasos/desastres para el orgulloso friki, para el que no existe preparación anterior, ni curso avanzado por YouTube que permita digerir la temida frase “no, no quiero ir. Vete tú solo”. Antes, en el siglo XX, cuando los hijos traían materias suspensas a casa al finalizar una evaluación trimestral del colegio, era muy recurrente la pregunta “¿en qué hemos fallado?”. En el universo familiar friki se plantea muchas veces la misma incógnita, siempre en silencio, con los dibujos animados de Spider-Man de fondo, cuando los vástagos reniegan de los productos que tanto apasionan a sus adultos.

 

 

No hay peor rechazo para un friki, por encima del romántico, que escuchar a un hijo decir que no solo no llevará su espada láser al estreno de la próxima película de ‘Star Wars’, sino que esta te la puedes meter por donde te quepa porque juega el Real Madrid a la misma hora para la que has sacado las entradas y, por lo tanto, tendrás que invitar a un compañero de trabajo con el que nunca hablas de algo más allá que si hace frío o calor una mañana cualquiera entre semana. Aunque peor sería (damos fe, porque lo hemos vivido) ver como el hijo se duerme pasada la primera hora de ‘El despertar de la Fuerza’. O escuchar a una pareja pedir que le pasemos la mostaza tras decirle, emocionados, que ha sido anunciada una nueva trilogía de Harry Potter. Todo eso deja una herida difícil de curar, con cicatrices que nunca podrán ser tapadas ni con la mejor de las cirugías.

 

 

 

Esto es aplicable tanto en los hijos como en las parejas, amigos íntimos, conocidos, compañeros, no así en follamigos. Porque si algo busca el friki es no solo la comprensión y aceptación social, sino la complicidad al sentir en los seres queridos ese escalofrío que produce un nuevo póster, una avance, un tráiler, o una imagen de un actor conocido dejando guiños y señales en la misma.

 

En resumen: pon frikis en tu vida. Acompáñales a esos eventos tan “magníficos” que les quitan el sueño; mírales a los ojos cuando te cuenten la última novedad de su mundo; y salúdales cuando les veas haciendo la “V” con los dedos de la mano, imitando al Señor Spock.  Haciéndolo, habrás ganado adoración y fidelidad eterna hasta el fin de los tiempos. Garantizado. Además, en caso de apocalipsis zombie siempre sabrán qué hacer.

 

LARGA VIDA Y PROSPERIDAD