Pinocho del Siglo XXI: el detalle y el Hada Madrina

Pinocho del Siglo XXI: el detalle y el Hada Madrina

Poco queda ya de aquel niño de madera que ansiaba ser de carne y hueso. A veces, cuando los sueños se cumplen, la realidad y el presente no se adaptan del todo entre sí.

 

Por eso Pinocho no es un hombre feliz en pleno Siglo XXI, pero tampoco lo fue durante muchos de los años de su infancia. Perdió a su padre siendo él muy niño, dado que el Señor Geppetto le construyó con sus herramientas siendo ya muy mayor. El paso del tiempo, además del estrés que supone estar encerrado durante meses en el estómago de una ballena gigante, hicieron mella en el carpintero italiano, que al menos pasó sus últimos días con un hijo que no esperaba, sus relojes estridentes, y el serrín de su taller.

 

Pinocho acabó en un hogar de acogida, tras unos iniciales años de orfanato en orfanato. Era un niño inadaptado, del cual todos se reían, dada su inocencia y falta de picardía. Relataba a sus compañeros de clase sus aventuras mientras buscaba a su padre por el mundo. Les hablaba de ballenas gigantes, islas mágicas solo para niños, que luego acababan convertidos en burros, y hadas madrinas.

 

Le acabaron instalando en una clase para niños especiales, a pesar de ser un niño bastante inteligente, pero claro, esas fábulas hacían gracia al principio. Pero cuando son muy recurrentes, la gente comienza a mirar mal. Si además, vas contando por ahí que antes eras de madera, y trabajaste de feriante con un señor que te manejaba con hilos al principio… La cosa no puede ir bien.

 

Finalmente, cuando la familia Monseñor le adoptó, su vida mejoró un poco, porque al menos tuvo algo similar al cariño que recibía de su padre y creador, Geppetto.  Germán y Rosa Monseñor eran un matrimonio de más de cincuenta años, que no pudieron tener hijos por culpa de los daños internos que sufrieron durante una orgía con amigos. La cosa se salió de madre, entre productos, objetos, juguetes, y flujos de dudosa sanidad, por lo que ambos contrajeron varias enfermedades que produjo en ellos una infertilidad irreversible.

 

Pinocho recibió una educación forjada en valores y conocimiento, cultivando la mente a base de la búsqueda de uno mismo. Cuando el joven descubrió que la mariguana con la que se medicaban sus padres comenzaba a afectarles demasiado, decidió estudiar dentro de la rama de la informática, concretamente diseñando páginas webs, y cosas similares. Su padre era un creador desde la nada, y él quería hacer lo mismo, pero adaptado a las nuevas posibilidades y tecnología.

 

Así, cuando finalizó sus estudios y marchó de casa de sus padres adoptivos, los Monseñor, comenzó a trabajar en una empresa de citas por internet, para la cual él creó y coordinó todo lo referente al funcionamiento de la web principal, sus algoritmos de búsqueda, y otros trucos que manipulaban las mentes de las personas sensibles que creían encontrar en flordeloto66 a una maravillosa mujer de pelo castaño, cuerpo atractivo y sensible, cuando al otro lado se encontraba la vecina del cuarto, viuda, que ya no sabía cómo quitarse las telarañas de dentro de su sexo.

 

Pinocho se sentía muy solo, por lo que utilizó su propia creación para encontrar a una mujer con la que pudiera ser él mismo, y recibir un tipo de amor desconocido por él hasta ese momento.

 

De eso modo, conoció a Luna.

 

Primero hablaron por chats eternos vía internet, luego por redes sociales, hasta acabar haciéndolo por teléfono. Cuando el cuerpo les pidió más, comenzaron a verse y la chispa saltó en seguida entre ellos. Fue un cuento de hadas, de nuevo para Pinocho, solo que esta vez guardaba un trasfondo muy distinto. Algo que quedó patente cuando los cuerpos demandaron contacto más allá del beso y las caricias.

—Cariño, llevo esperando este momento desde el día en que te vi por primera vez. No imaginas lo mucho que te deseo.

 

—A mí me pasa lo mismo, amor. Pero hay algo que necesito contarte. Podría ser algo que te haga cambiar de opinión respecto a estar conmigo. Algo importante, pero que podemos convertirlo en algo productivo.

 

—No me digas que eres de otro planeta y que allí el sexo se hace con la mente, como en esa película de Silvester Stallone –dijo ella riéndose a carcajadas, mientras Pinocho parecía ponerse amarillo.

 

—Quizás no te haga tanta gracia cuando te lo enseñe.

 

— ¿Me enseñes el qué?

 

Pinocho se desabrochó el pantalón, bajándoselo después lentamente.

 

—Oh, toro mío. Me encanta que vayas al grano.

 

Una vez los pantalones quedaron en el piso, se dio la vuelta, para deshacerse de sus calzoncillos de espaldas a Luna. Cuando se giró se pudo ver a un hombre de cuerpo esbelto, músculos definidos, apenas vello, pero sin nada entre las piernas. Nada. Un vacío.

 

Se acercó a su mochila, la abrió, y sacó de ella un pene de esos que se aferran en la cintura, de material específico para la práctica sexual sin dañar, erecto, y de un tamaño algo exagerado.

 

—Te presento a mi polla.

 

Luna despertó a las dos horas, tras un desmayo, una bajada de tensión, dos migrañas, y un susto enorme.

 

—Cariño, despierta, por favor. Sé lo que parece, pero te aseguro que el sexo así es mucho más placentero. Además, una cosa es segura: jamás quedarás embarazada por mí, y podremos follar lo que queramos y mucho más.

 

—Dime que estoy soñando, Pinocho. Dime que no he visto lo que he visto, por favor –ella se incorporó de repente, y le asestó una bofetada a su pareja-. ¿Por qué cojones no me dijiste que eras transexual, o cómo se llame eso? ¿Te cambias de sexo para seguir teniendo relaciones con mujeres? Joder, no, no, no, esto no puede estar pasando. No puedo tener tanta mala suerte.

 

—Cariño…

 

— ¡No me llames cariño, hostias!

 

—Luna, no me he cambiado de sexo. Nací así. ¿Recuerdas eso que te he contado siempre de que nací siendo de madera y que un hada me convirtió en niño de verdad? Pues es cierto, aunque no te lo creas.

 

—Me tomas por estúpida ¿verdad? ¿A cuántas te has follado así, con ese manubrio de guerrero de tribu africana?

 

—Jamás he tenido sexo con nadie. De hecho, tú eres la primera mujer con la que me beso e intimo… O como se le llame a esto.

 

—Ay, ay, ay –Luna se echó las manos a la cabeza, ocultándola posteriormente entre sus rodillas. A los pocos segundos, se incorporó-. Vale, supongamos por un momento que te creo. Eras de madera, y al puto carpintero que te hizo se le olvidó construirte un pene. Luego, esa que llamas hada madrina te dio cuerpo de humano, pero no prestó atención a los detalles. ¿Eres consciente de que ahora mismo se está descojonando de nosotros? ¿Puedes por un momento ponerte al otro lado del telón e imaginarte a un tío con abdominales marcados desde el inicio del pecho, y hasta donde empiezan las piernas? ¿Puedes imaginarte con ese puto aparato en la mano, intentando convencerme de que me lo vas a meter dentro, por un momento?

 

—Luna, siento mucho todo esto. Por eso no he podido tener relaciones hasta ahora. Siempre supe que podría pasar esto, y no quería tener que vivir peor de lo que ya vivo?

 

—Espera, espera… ¿Cómo se supone que meas y cagas? Porque te he visto comer. Por algún sitio tienes que expulsarlo.

 

—Mis padres adoptivos me llevaron de pequeño a un curandero que me abrió un conducto, por el cual suelto todo.

 

Luna salió corriendo hacia el baño a vomitar. A los cinco minutos volvió a entrar en la sala.

 

—Vale, disculpa. Voy a intentar ser racional. Una cosa ¿no has pensado alguna vez en volver a hablar con esa hada para que te ponga un pene en condiciones?

 

—Sí, pero no ha funcionado. Lo he intentado del mismo modo en que mi padre invocó al hada para resucitarme, cuando morí tras el ataque de la ballena asesina…

 

—Mira, Pinocho, te vas a reír de tu puta madre y del carpintero que se la ventiló… Me voy.

 

—No, no, no, Luna, por favor. Pensemos juntos en una solución. Te aseguro que todo lo que te he contado es cierto.

 

—Joder, la habitación del hotel ha sido cara, y no quiero pensar que he malgastado el dinero. Voy a hacerme la gilipollas, y creer por un momento que todo es tal y como lo cuentas. Vamos a ver. Lo más obvio: ¿el ritual de llamada a esa hija de puta con varita lo has repetido del mismo modo?

 

— ¿A qué te refieres?

 

—A ver, siempre he creído un poco en la astrología, la magia blanca, y cosas así. Y si algo he aprendido con todo ello es que los hechizos deben de hacerse siempre con exactitud. En el momento en que cambies algo, no hay magia.

 

—Bueno, ahora que pienso… Lo único que no ha sido igual durante todos mis intentos ha sido el lugar.

 

—El lugar. Te refieres al sitio donde fue conjurada la graciosilla ¿no?

 

—Sí. El ritual se realizó en el taller de mi padre.

 

— ¿Y ese taller sigue existiendo?

 

—Sí. De hecho sigue siendo un taller. Aunque uno que lleva un colega. Un taller de motos.

 

—Vale, pues esa es la única opción que te doy para creerte. Si no sucede nada, te meto la polla inhumana esa por tu conducto, y luego subo las fotos a Facebook.

 

—No tengo nada que perder. Me parece bien.

 

Luna y Pinocho pasaron la noche en el hotel que habían pagado para, en teoría, disfrutar de su primera noche de sexo, aunque ella durmió en la cama, mientras que él tuvo que hacerlo en la bañera, porque su novia no se fiaba y no quería tenerle cerca.

 

Pinocho se acercó a casa de su amigo a por las llaves del taller de motos. Tras eso, se citó con Luna en la puerta del local, donde entraron en seguida.

 

Todo había cambiado mucho desde que el milagro de la vida de Pinocho se hizo real, desde que el hada devolvió al mundo de los vivos a Geppetto, y desde que el niño de madera se convirtió en uno de verdad. Él solo pidió una cosa a su amigo cuando aceptó venderle el local: que mantuviera intacto, dentro de lo posible, el lugar de recogida de su padre, donde él tenía su cama, y aquella ventana por la que entró aquella señora de ropa ligera, a la que se le transparentaban los pezones y el vello púbico a través del vestido azul cielo.

 

—Hala, todo tuyo, majete. Empiezo a grabar –dijo Luna, enfocando la cámara de su móvil hacia la cama que había en la estancia.

 

Pinocho se arrodilló a los pies, en un lateral, juntó y cruzó sus manos, arrimó su cabeza hacia ellas, y comenzó a hablar mediante susurros.

 

Durante un minuto nada sucedió, y Luna ya estaba entrando en Facebook y sacando de la mochila de Pinocho el enorme pene de mentira de este. Pero tras ese tiempo, la habitación se iluminó, y por la pequeña ventana lateral comenzó a proyectarse un chorro de luz azul.

 

Y de la nada, apareció el hada madrina.

 

—Joder, tiene más pinta de zorra en persona de lo que me había imaginado.

 

—Pi-no-cho, querido. Me has vuelto a llamar, muchos años después. ¿Qué es lo que requieres de mí en esta ocasión?

 

—Oh, mi dulce dama. En el camino hacia la felicidad que se inició el día en que me concediste la vida, y después, la posibilidad de ser de carne y hueso, olvidé pedirte un detalle: no me otorgaste ni pene ni ano. De lo segundo podría prescindir, porque ya tengo hecho un apaño, pero de lo primero…

 

—Vaya, mi pobrecillo. Tienes razón. Fue un detalle que tanto nuestro querido Geppetto como yo olvidamos. Muy bien, puedo ayudarte.

 

— ¿De verdad? ¿Lo ves, Luna, todo es real y posible?

 

—El espectáculo de luces ha sido la leche, pero hasta que no lo vea no lo creeré. Y la cámara sigue grabando –apuntó la chica, dando unos pequeños golpecitos en el aparato, arrimando la cabeza hacia su novio y la mujer del vestido azul, elevando las cejas, y apretando las comisuras de los labios.

 

—Vaya con la mojigata –dijo el hada madrina.

 

— ¿Perdona, zorra de cabaret?

 

—Nada, nada, pensaba en voz alta. Discúlpame. Muy bien, debo de hacerte una pregunta, querido mío ¿de qué tamaño quieres que sea tu pene?

 

—Pues la verdad, no lo había pensado. Me bastaba con tener uno.

 

— ¡Veintitrés, por favor, que sean veintitrés! –exclamó con cierto brillo de ojos Luna, casi relamiéndose.

 

—Hum, al final no voy a ser tan zorra ¿no? -dijo el hada, sonriendo con picardía, al tiempo que se giaraba hacia el antaño niño de madera-.¿Estás de acuerdo, Pinocho mío?

 

—Sí, sí, por mí está genial así.

 

El hada madrina cerró los ojos, se concentró, y apuntó su varita hacia la entrepierna del chico. Salió despedido un haz de luz azul, blanquecino, que al llegar al lugar de destino del cuerpo de Pinocho, produjo unas pequeñas chispas. Cuando todos recuperaron la visión que habían perdido momentáneamente, debido al destello, pudieron ver que pantalón del chico pedía a gritos una o dos tallas más: un bulto enorme se agolpaba ahora donde antes no había más que una tabla rasa, llena de abdominales imposibles.

 

— ¡Hija de puta! ¡Lo has conseguido!

 

—Sí, querida. Nunca debiste dudar.  Y por ello este hechizo también ha tenido consecuencias para ti.

 

— ¿De qué coño habla?

 

—Pálpate ahí abajo, cielo.

 

Luna metió su mano por dentro del pantalón, y comprobó que donde antes había una vagina, ahora solo se podía ver una piel sin fisuras. Como era antes esa zona en la figura de su novio. La chica se desmayó.

 

—Pero, mi señora, ¿por qué ha hecho eso?

 

—No te preocupes, cariño, ha sido una pequeña bromita. Recuperará lo que es suyo en un par de horas.

 

— ¿Un par de horas?

 

—Sí, el tiempo que vamos a tardar en estrenar esa obra de arte, campeón –dijo el hada madrina, dejando caer su vestido y posando su mano en el paquete del asombrado chico.