Ficciones Princesa de barrio: una escena

Princesa de barrio: una escena

En su casa suenan de fondo los gritos que la tele no deja de repetir, un incendio provocado, la arribada de mil inmigrantes, el narcotráfico en la costa gallega… no escucha nada de lo que dicen, no le importa una mierda el país, ni su gente -no sabe de qué va eso del procés, ni le interesa-, coge una última patata pringles y la moja con kechup, lamiéndose los dedos uno por uno, con esa parsimonia que siempre tuvo desde pequeña (recuerdas cuando tu padre te compró esa bicicleta rosa con cambios, y todas en el barrio te envidiaron hasta que la zorra, Yoli, trajo esa bmx fosforecente y ya nadie te acompañó a la plaza de la Alameda porque todas estaban en su casa lamiéndole el culo?) y que ponía nerviosos hasta a sus padres, que después de currar mil horas lo menos que esperaban era que se comiera la puta cajita feliz y ella, mil vueltas después, terminaba no sin antes limpiarse con la servilleta de papel como si fuera una princesa [...].

 

No miraba la tele, la tele le acompañaba mientras ella chateaba. Hablaba con mil personas a la vez: La Mari, el Toni, el Rufus, la Yolanda, los hermanos del club, su mejor amiga Carla, el “capo”, la “pija” Mercedes, Carlitos Tévez… todos le mandaban 200 mensajes que se entrecruzaban a la vez, saltando de un lado a otro, ping, ping, foto, ping, un audio con música, una dirección del Sidecar, un link con la Zowie, ping, “tia t lo hs follado o k?”, ping, ping, tira los platos sucios a la pica y mientras se acomoda la chancla va al lavabo. Mea dejando la puerta abierta, total, nadie vendrá hasta las once de la noche, cuando sus padres terminen de depositar las cajas del mercadona en el último garage, ese que ella visitó sólo una vez porque le da asco cuando las ratas asoman la cabeza por entre las botellas, chuches y aceites de oliva, y ella, para cuando ellos lleguen, ya habrá meado mil veces y comido mil patatas pringles y se habrá ido a la plaza, su segundo hogar, o el primero si la apuran, donde la pija Mercedes le estará coqueteando a su novio, hija de puta, siempre mostrando las tetas, más grandes que las de ella, que aunque no le parezca sabe llevar, y allí, mientras él esté como un gilipollas mirándoselas, aparezca ella para cortarles el rollo de amantes y embocarle un beso con lengua y todo. “Siente esto, pedazo de capullo”, pensará ella mientras le arrima su cuerpo de quinceañera excitada de más pero aún tímida de quedar como una “sucia”, como dicen en su barrio, a pesar de que algunas cosas tuvo, como todos, como esa tarde con la María de Jaén, en la que se comieron la boca y se tocaron por abajo del pantalón y ella no podía creer lo excitada que estaba, “ni él me pone tan cachonda, so perra”, le dijo, y las dos se morían de la risa pensando que hubiesen dicho sus padres si se enteraban [...].

 

Sin tirar la cadena se encerró en su habitación mientras la tele seguía hablando de sirios y el paro, y se tiró en la cama sin dejar de mirar el móvil. Uno que le gustaba acababa de enviarle una foto de su pecho en ropa interior. La borró enseguida, no quería problemas con ese chico que ahora le iba detrás pero que durante meses ni la miró. “Ahora que tengo churri el gilipollas pechito sin pelos me quiere follar, que se joda”, pensó, y se armó un cigarro de tabaco. Pasó horas tirada en la cama, todas las horas que podía haber pasado en clase, o en lo de su nana, rompiendo el trato que había hecho con su madre: si se falta a la escuela, visitar a la abuela. Era el contrato para hacer algo legal frente a lo ilegal, se suponía, aunque la nana ya no escuchaba nada y sólo hablaba de Franco, y a ella le importaba muy poco Franco, y su abuela, y el trato con su madre, quería saber qué iba a hacer ese finde con las chicas, si iban a ir a perrear con los “nuevos de la privada” o se iban a quedar toda la noche en la plaza haciendo botellón, total, siempre algo cae o se “arma” con las chicas. Pasaron las horas y finalmente se quedó dormida. Cuando despertó, su móvil tenía 92 mensajes sin leer. Miró por donde comenzar, hasta que se topó con el de él. Le decía que se había enamorado de la pija Mercedes, que lo lamentaba pero que debían dejarlo, que “se habían alejado demasiado”. Ella lo miró y lo miró, sin pensar ni decir nada. No le respondió. Sólo quería hacerse un cigarro y mear. Cuando volvía del lavabo, se acordó de la tele, que ahora mostraba imágenes de Irak. La apagó sin mirar, y se fue a su habitación. Se tiró en la cama con el cigarro aún en la boca, y como aún le quedaba horas hasta que sus padres volviesen, se tocó pensando en la María de Jaén.

 

Ilustración portada por Pato Conde