¿Quién soy? (Parte Uno)

¿Quién soy? (Parte Uno)

Soy el resultado de mis miedos, emociones, de mis errores y decisiones equivocadas.

 

Soy quien nunca quise ser, el resultado de mis fracasos, pero sobre todo de aquellos sueños que nunca se llegaron a cumplir.

 

Cuando era un niño siempre me preguntaban que quería ser de mayor, nunca lo supe, quizás en mi interior pensaba como John Lennon, "yo de mayor quiero ser feliz". Nunca lo he conseguido, siempre hubo y hay algo que me impide hacerlo.

 

Siempre fui un niño atormentado por complejos y miedos infundados, unos kilos de más y unas gafas que me hacían ser algo retraído, complejos que lejos de mitigar en casa, me los recordaban continuamente, sobre todo mi madre, una mujer autoritaria a la vez que sutil, de un modo u otro siempre tenía la palabra correcta para resaltar mis defectos y complejos, para recordarme que no era como los demás, nunca lo fui, nunca quise serlo.

 

Siempre estuve a la sombra de una hermana, menor que yo, pero que representaba y sigue representando a la hija ideal, un tanto tímida en su infancia que escondía un carácter fuerte que fue desarrollando con el tiempo.

 

Reconozco que siempre he sido algo desastre, que nunca supe ni sé exteriorizar sentimientos, tal vez nunca me enseñaron a hacerlo, tal vez por miedo, tal vez por vergüenza, pero sobre todo por un sentido del ridícula que me sigue acompañando a mis cincuenta años de edad, me siento inseguro y eso me hace vulnerable.

 

Tal vez por eso me he perdido grandes momentos, incluso he llegado a perder grandes oportunidades de amar, una inseguridad que al final me llevaron a volverme demasiado conformista.

 

Nunca quise ser un mediocre, pero con el tiempo me he convertido en eso, en alguien que puede pasar desapercibido y que seguramente nadie echaría de menos si algún desapareciera, me he convertido en todo aquello que nunca quise ser.

 

Los miedos o tal vez el qué dirán siempre me han condicionado y a quedarme en un segundo plano, un lugar discreto, por si me equivoco que no se note demasiado.

 

Me asusta el protagonismo, me asusta todo aquello que es o pueda ser nuevo, todo aquello que no puedo controlar, los cambios bruscos o más bien los cambios en general, prefiero las rutinas, todo lo que pueda tener al alcance de mi mano, lo demás me produce una ansiedad incontrolada que me lleva a estados de melancolía y de pánico insospechados.

 

Con el tiempo lejos de superar miedos, he ido adquiriendo algunos nuevos, que me llevan a imaginar situaciones que tal vez nunca sucedan, pero el hecho de vivirlas en mi cabeza me dan tanto pavor que me llevan a llantos difíciles de controlar, es ahí cuando toco fondo.

 

Hace tiempo que no sonrío, no me sale y apenas hablo con nadie, no porque no tenga nada que decir, sino por qué no creo que haya nadie para escucharme, no creo que todo aquello que pasa por mi mente sea de un interés tan especial como para que alguien se pare a escucharme.

 

No sé si hay alguien que quiera o pueda ayudarme, no he pedido ayuda, no sé cómo se hace, he estado tan ocupado salvando a otros y complaciendo sus necesidades que me olvidé de mí.

 

Yo, que siempre he tendido manos, ahora no tengo ninguna a la que agarrarme.

 

Me mantengo en pie a duras penas, me tambaleo hacia un lado, hacia otro como esos juguetes infantiles, pero no encuentro la dirección correcta, solo no puedo hacerlo.

 

Hoy no he tenido miedo, mientras veía como ese camión venía hacia mí, sin poder hacer nada por esquivarlo, no he cerrado los ojos, hoy me he enfrentado a la realidad, he visto como mi vida terminaba en el preciso momento que ese gigante me deslumbraba con sus luces.

 

"No te duermas, no cierres los ojos, ¿puedes oírme?, ¿cómo te llamas? Háblame, te vamos a sacar de aquí te lo prometo, pero no te duermas, aguanta unos minutos más y te sacaremos de aquí."

 

Escucho esa voz una y otra vez, pero no me salen las palabras, no tengo fuerzas para responder, quiero decirle que me llamo Fernando y que tengo frío, mientras en mi cabeza resuenan sirenas y ruido, mucho ruido, no sé qué ha pasado, ni dónde estoy.
Obedezco y hago todo lo posible por no cerrar los ojos, lo conseguiré, si ellos me lo piden lo haré, estoy acostumbrado a obedecer. Hay más voces que no lo logro entender entre tanto ruido, pero la que retumba en mi cabeza es la de alguien pidiendo que no me duerma.

 

"Lo estás haciendo muy bien, sigue así, ya queda poco, en cuanto hagamos un par de cortes más te sacaremos y te llevaremos al hospital."

 

Escucho motores, mientras sigo con los ojos en blanco, pero abiertos, no veo nada, solo luces intermitentes, creo que me voy a desmayar, no aguanto más, de repente he sentido que mis piernas se liberaban, ya no pesaban tanto, me han cogido a cogido la voz de "tres" y me han tumbado en algún sitio, sitio, tal vez el suelo, tal vez una camilla, no lo sé, pero es algo duro que me da sensación de alivio, me siento un poco más cómodo y menos asustado, pero sigo teniendo frío, mucho frío.

 

"Deprisa, debemos parar esa hemorragia o se nos va, no hemos llegado, hasta aquí para perderlo, lo estabilizamos y lo subimos a la ambulancia."

 

 

Ojalá me digan que puedo cerrar los ojos, estoy cansado, ellos corren, tiene prisa, pero no sé por qué, mientras tanto yo pienso en ella, en Luisa, esta mañana le he pedido el divorcio mientras desayunábamos, ya no la quiero, nunca la he querido.
Supongo que alguien la llamará para contarle lo sucedido, no creo que acuda en mi ayuda, estaba tan dolida, no irá a donde quiera que me lleven, me abandonara a mi suerte, al fin y al cabo yo siempre la abandoné a la suya, tal vez si muero ni si quiera acuda a darme el último adiós.

 

Hemos debido llegar al hospital, la ambulancia se ha parado y ya no suenan las sirenas.

 

Escucho de nuevo la voz que me hablaba antes de subir de ella, " muy bien, los has hecho muy bien, ya hemos llegado, te dije que te sacaríamos de allí y te pondríamos a salvo, lo hemos conseguido, eres fuerte, saldrás de esta. Hemos llegado al hospital."

 

Es lo último que he escuchado antes de dormir, me han dejado hacerlo tras sentir un leve pinchazo en mi brazo, no he podido aguantar mis ganas de cerrar los ojos, esta vez nadie me ha dicho lo contrario, así que me he entregado a los suaves brazos de Morfeo.

 

Ya saben cómo me llamo, una voz tranquilizadora me ha deseado dulces sueños, tras decir mi nombre.
Mis ojos están cerrados, creo que duermo, pero mi cabeza sigue despierta, piensa, es como si mi cerebro funcionara al margen del resto del cuerpo, ya no tengo frío y me siento bien, estoy tranquilo y sigo pensando.

 

Alguien entra en la habitación, me toma la temperatura y el pulso y se asegura que estoy estable, quiero decirle que estoy bien pero una vez más no encuentro las fuerzas suficientes para poder hablar.

 

"Está estable y tranquilo, consiguieron estabilizarlo, antes de traerlo al hospital, temieron por su vida, pero creo que saldrá adelante, es fuerte y valiente, le hemos inducido al coma, las próximas cuarenta y ocho horas son cruciales, pasado ese tiempo le despertaremos y comprobaremos que el daño cerebral no ha tenido mayores consecuencias, te mantendremos informada, las piernas hemos conseguido salvarlas, por momentos temimos que tal vez tuviéramos que amputarlas.

 

Te hemos llamado porque no dejó de balbucear tu nombre antes de dormirse y eras su última llamada en el teléfono móvil, aún no sé cómo tenía fuerzas para llamarte, ha perdido mucha sangre.

 

Ni siquiera sé quién eres Silvia, pero puedo asegurarte que debes ser alguien muy importante para él."

 

Silvia, Silvia, Silvia..., ella es Silvia, mi mejor amiga, mi confidente, hablaba con ella por teléfono cuando esas luces y aquel ruido ensordecedor venían de frente a mi coche.

 

Iba hacia su casa para contarle todo lo sucedido con Luisa por la mañana y mi intención de comenzar una nueva vida, la que siempre quise tener, la que siempre he tenido escondida.

 

 

SILVIA

 

Todos los primeros días en algo son difíciles, tal vez por el miedo que nos invade a lo desconocido o por el miedo a perder nuestra zona de confort.

 

Siempre he sido algo miedosa, una chica de pueblo, que hoy por primera vez sale a la ciudad para estudiar una carrera y cumplir un sueño, ser abogada.

 

Estoy tan asustada que me tiembla todo el cuerpo, me sudan las manos, por lo que he mojado el puñado de folios en blanco que llevaba preparados por si tenía que tomar apuntes en este primer día de universidad, pero a la vez estoy tan emocionada que no quiero perderme ni un solo detalle de todo lo que voy a vivir a partir de ahora.

 

Ayer llegué a mi nuevo lugar de residencia, una ciudad pequeña, pero lo suficientemente grande para alguien que no ha salido nunca de un pueblecito en medio de la sierra, que en invierno se queda aislado por la nieve.

 

Mis padres me ayudaron a buscar un lugar donde vivir estos años de universidad, un colegio mayor, el simple hecho de tener que compartir habitación con alguien desconocido me asusta, pero soy adulta y tengo que empezar a superar miedos.

 

Superado los primeros días, comienzo a hacer mis primeras amistades, sé que estás serán importantes en estos años universitarios y tal vez el resto de mi vida.

 

Ya no tengo tanto miedo y no me siento tan sola, en especial cuando estoy con Fernando un complejo de facultad que se ha prestado desde el primer día a ser mi guía por la cuidad y a ayudarme en todo lo que necesite, me siento protegida y menos vulnerable cuando estoy con él.

 

Una complicidad que nos lleva a miradas un tanto extrañas y sentimientos desconocidos, al menos para mí, nunca había sentido cosquillas en el estómago y ni había pensado tanto en mi aspecto cuando quedamos para salir o para estudiar.

 

No quiero que me distraiga de mis estudios, quiero terminar mi carrera y cumplir el sueño que me persigue desde que soy una niña, ser abogada.

 

Mi padre siempre me dijo que los sueños se cumplen, pero hay que trabajarlos.

 

Fernando quiere ser abogado, bueno sus padres quieren que sea abogado, para seguir la tradición familiar, Fernando en realidad quiere ser aventurero, vivir libre y ser feliz, pero será abogado para no defraudar, ni decepcionar a su familia, otro que tiene miedo, pero tampoco lo dice.

 

Somos dos miedosos en medio de un mundo lleno de valientes, que en realidad son cobardes anónimos, siempre he pensado que todos los somos y qué es el miedo quien realmente, un día u otro nos llena de valentía.

 

Mi primera experiencia sexual fue con él, con Fernando, fue una noche preparando los exámenes finales del último curso en la universidad, años más tarde supe que también fue la suya.

 

Los últimos meses de ese curso los pase en su casa, apenas iba al colegio mayor, tenía todos mis apuntes y casi toda mi ropa en aquella casa, que Fernando compartía con Nacho, un amigo estudiante de periodismo, pero se había marchado para hacer las prácticas en un periódico local, así que poco a poco fue invadiendo aquel espacio que él había dejado vacío.

 

Con la excusa de no perder demasiado tiempo en ir y volver, pero en el fondo tenía una necesidad imperiosa por compartir mi vida con Fernando, no me conformaba solo con unas horas de estudio, quería más y él en silencio también, pero teníamos tanto miedo a perder lo que teníamos que lo habíamos frenado.

 

Pero aquella noche el cansancio por las horas de estudio acumuladas, nos podían así que me tumbé en aquel sofá algo descuidado y me puse cómoda para descansar un rato, recuerdo que ya era finales de junio y hacia algo de calor, por lo que me quité el pantalón que llevaba para quedarme con una camiseta y una bragas que seguro había comprado en algún mercadillo, me recogí el pelo en un moño y cerré los ojos.

 

Al poco rato note como algo comenzaba a rozar mis muslos, lejos de abrir los ojos y ver que era, deje que siguiera subiendo al darme cuenta que eran las manos de Fernando acercándose a mis partes más íntimas.

 

"No te muevas Silvia, solo dime si quieres que siga."

 

Asentí con la cabeza y me deje llevar sin saber muy bien qué hacer, sólo sabía que me gustaba todo lo que estaba sintiendo, seguía con los ojos cerrados, mientras Fernando me subía la camiseta y comenzaba a besarme en el cuello y mis pechos, respondí a sus besos abriendo mi boca para que me besara en ella, no tuve que esperar demasiado para que lo hiciera, mientras con sus manos acariciaba mis pechos duros. Quise hacer lo mismo con los suyos, pero me pidió que no lo hiciera. Seguí dejándome llevar por su voz, sus caricias y sus besos.

 

Me quitó la camiseta, deshizo mi moño y bajó aquellas braguitas baratas hasta los tobillos, mientras recorría con su boca y su lengua cada centímetro de mi cuerpo y este respondía con escalofríos de placer.

 

Poco a poco se fue acercando a mi sexo, me tocaba los muslos, me abría las piernas y los rozaba con sus manos, para hacerme sentir un placer hasta entonces desconocido para mí, mi instinto me hacía abrir las piernas más aún y mi cuerpo le pedía que no parara de hacerlo.

 

Llegó hasta mi clítoris con su lengua lo lamia una y otra vez, más rápido, más lento y yo solo quería gritar de placer, pero gritar.

 

"No abras los ojos Silvia, solo dime que te gusta, que quieres que siga."

 

Le cogí del pelo mientras seguía dándome placer y de repente sentí como nuestros cuerpos se unían, Fernando estaba dentro de mí, se movía y me hacía moverme siguiendo su ritmo, mientras deseaba que aquello no acabará nunca.

 

Fernando gemía y yo gemía, hasta que los dos quedamos exhaustos después de habernos entregado el uno al otro.

 

Nos quedamos dormidos en aquel sofá desnudos, abrazados el uno al otro y sin apenas decirnos nada.

 

Me desperté sin saber que a partir de entonces estaría unida a Fernando para siempre, una relación de amor y odio que nos uniría de por vida.

 

Después de aquella primera noche se repetirían muchas más, nos compenetrábamos a la perfección y juntos éramos realmente buenos.

 

Aquel curso terminó y nuestras vidas de estudiantes se separaron, pero no nuestra vida sexual, Fernando además quería algo más, pero yo no estaba dispuesta a entregarle mi vida ni sacrificar mis sueños.

 

A día de hoy y veinte años después de aquella primera noche, seguimos manteniendo nuestros encuentros, sin compromisos, sin dramas, sin pedirnos nada a cambio y sin decirnos un solo te quiero en todo este tiempo.

 

Hoy detrás de esta cristalera, viendo cómo se debate entre la vida y la muerte, siento una necesidad imperiosa por decirle que le quiero, que siempre le he querido y que no quiero perderle.

 

Quiero decirle que se divorcie de Luisa, si, que lo haga que en todos estos años es lo único que he deseado, compartir toda una vida a su lado, que es lo único que quiero desde que deje mis primeros vaqueros y mi primera camisa en aquel piso de estudiantes, con la excusa de no perder tiempo para estudiar.

 

Quiero decirlo que desde aquel día lo único que quería era verlo despertar y acariciarle el pelo hasta que se quedara dormido, pero que el miedo, ese que siempre me acompañaba entonces y me acompaña ahora me impedía decirle que le quería, aunque estaba enamorada de él desde el primer día de clase y que solo que tenía que haber insistido un poco más el día que me dijo que quería ser algo más que un compañero, pero no lo hizo.

 

"¿Por qué no lo hiciste Fernando, tú también tenías miedo?".

 

Tal vez no debí permitir que se casara con Luisa, haber interrumpido aquella boda, diciendo que yo sí tenía algo que objetar y que no podía celebrarse, sin embargo le empujé hasta sus brazos.

 

Recuerdo aquel día como si fuera hoy, mientras le daba el sí quiero a ella, a quien había elegido como compañera de vida, no dejó de buscarme con la mirada, quizás esperando que le dijera "no lo hagas, huye Fernando, huye conmigo."

 

Pero seguí siendo la cobarde que había sido siempre, esquivé sus ojos una y otra vez para no encontrarme con ellos y con una verdad que solo nosotros conocíamos. Le dio el sí quiero a ella, a quien le ofrecía un amor sin demasiadas preguntas y ninguna respuesta.

 

Se entregó a ella en cuerpo, mientras a mí me entregaba el corazón y el alma en cada mirada, en cada roce a escondidas y en aquellas llamadas a media noche pidiéndome dormir a mi lado.

 

¿Era aquello amor? Le pregunté la noche antes de casarse, después de hacer el amor.

 

No, aquello era un intercambio de intereses, de comodidades, de compañía, es el resultado de decisiones precipitadas.

 

Amor eres tú, somos nosotros cuando estamos juntos, amor es pensarte, desearte y sentirte cerca, aun cuando estas lejos.

 

Amor es sufrirte, es echarte de menos y añorarte. Amor es esperarte cada día, cada noche y el resto de mi vida.

 

Nuestras miradas se cruzaron después de prometerle amor eterno a Luisa, aun sabiendo que no lo cumpliría, fue en aquel encuentro donde le prometí en silencio que le querría siempre. Aquel día le hice saber, que el amor para mí, era él.

 

Mientras le miro tras esa cristalera, tan débil, tan indefenso, le hago llegar todos esos te quiero que durante años me he estado callando, con el deseo de que de un modo u otro le lleguen, "te quiero Fernando, siempre te he querido, no puedes dejarme sola, no lo hagas, te necesito a mi lado, dime que me quieres, que tú también lo haces".