Riders on the Storm (Killer on the Road)

Riders on the Storm (Killer on the Road)

Texto en negrita y cursiva: ‘Riders on the Storm’, por Jim Morrison (The Doors) en 1971.

 

 

Cierto, el final solo fue el principio...

 

De nuevo la música, mientras baja del autobús, retumba en su interior. El viaje hacia el oeste le ha llevado hasta un lugar donde jamás pensó llegar, pero la lluvia, el asfalto expulsando vapor y los milenarios bosques del lugar donde nació, han acabado por sentenciar.

 

Las manos aún huelen a sangre, a vísceras, a odio, rencor, al ensañamiento de su venganza. Este trayecto sería el final de su vida, pero decidió darle otro rumbo; se creía merecedor de una nueva oportunidad. Pero no la merecía. Había matado. Era un asesino, un sicópata, casi sin darse cuenta.

 

No entiende por qué, de todos los destinos posibles elegidos al azar, este ha acabado siendo el suyo. Está de nuevo en su casa, donde nació. Donde perdió la virginidad pero, también –ahora recordaba- donde destrozó a alguien por primera vez. A alguien con sus propias manos. Con ese poder del que se creía poseedor, por obra y gracia de algún dios efímero borracho de lascivia y crueldad. Pero aquella vez ese desgraciado quedó con vida. Podría haber acabado lo que empezó, pero los amigos de este lo impidieron.

 

Se siente nervioso, con ansiedad, pero aquella evocación del pasado le relaja. Sus puños amoratados, manchados de sangre, con algún diente clavado en los nudillos, muchos años atrás, consiguen extraerle una leve mueca de satisfacción.

 

El destino es sabio, piensa. Solo debe dejarse guiar por sus pasos y su instinto, como hasta ahora, para encontrar lo que ha venido a buscar. Ajustar cuentas. Acabar lo que empezó en su otra vida, en ese lugar, ahora que la muerte había contratado sus servicios. La señora de la guadaña justiciera le había elegido, y eso no era azar. Era una bendición. Para él lo era.

 

 

“Riders on the storm

 

Into this house we're born, 

 

Into this world we're thrown. 

 

Like a dog without a bone, 

 

An actor out alone, 

 

Riders on the storm”.

 

 

Las calles han cambiado, están sucias, desgastadas, pero la lluvia las sanea. En sus ojos son océanos de sangre lo que cae del cielo, mientras las tormentas braman su nombre y a continuación la palabra “venganza”. De nuevo esa palabra, como unos días antes, cuando mató a la serpiente. Gira la vista, y un hombre, con barba, le mira fijamente, casi sin expresión en su rostro, pero con cierta sorpresa, que torna en un brillo de ojos rojo infernal tan propio del odio. Es probable que todo empiece antes de lo esperado.

 

El hombre barbudo escupe al suelo, levantándose. Tiene un ojo más cerrado que el otro, ojo de un tuerto, adornado con una pavorosa marca negra, coagulada, junto al lagrimal. Se han reconocido. Dos fantasmas del pasado. Solo uno verá la luz blanca del final de la vida en ese atardecer gris.

 

Suelta su mochila en el suelo, ajustando los guantes negros, que ha vuelto a colocar en sus manos. Ahora son parte de su pecado, sus compañeros y sus principales testigos. Por su cabeza recuerda el filo desmedido que guarda en el bolsillo interior de su abrigo, pero si todo empezó solo con las manos, con ellas acabará por igual. El tuerto ha comenzado a expulsar aire para hablar, aunque la palma de una mano cubierta con una funda negra de cuero le hace añicos la nariz. Su cerebro se ha movido de sitio por el golpe, haciéndole perder todo conocimiento de por qué está ahí, cómo las piernas consiguen soportar el cuerpo, y se desploma en el suelo.

 

La lluvia comienza a ser del rojo que había imaginado.

 

Arrastra el cuerpo hacia una calle lateral, en un callejón, para poder mirar con precisión al barbudo. Es él. Las marcas de su rostro le delatan. Pero ya nadie podrá reconocerle nunca, se dice a sí mismo. Sujeta la barba con fuerza, levanta al hombre, y con la otra mano le golpea una y otra vez. De nuevo con saña, como días atrás. Qué sensación tan vital. Irónico, algo que arranca la vida de raíz, llena de esta al otro.

 

El ojo tuerto comienza a caer de su cuenca, mientras que el otro es ya una mota en el rostro. La nariz baila, los dientes caen, y la sangre es un jugo dulce que da color al coctel que se forma junto a las gotas de agua de las nubes. Ya vuelve a dejar de ser él. Se ha transformado por completo. Sujetando ahora la cara de su oponente con ambas manos, estrella su nuca contra la pared más cercana, escuchando los crujidos del cráneo, como si fuera una sandía triturada con un mazo que, golpe a golpe, se resquebraja hasta abrirse dividida en decenas de trozos. Casi no queda cabeza en sus manos, pero sigue lanzándola contra el muro. Qué bellos chorros granates emanan desde cada grieta ahora al aire. Hermosas e improvisadas fuentes. Otra tarea concluida.

 

 

“There's a killer on the road, 

 

His brain is squirming like a toad. 

 

Take a long holiday, 

 

Let your children play. 

 

If you give this man a ride 

 

Sweet family will die 

 

Killer on the road, yeah”.

 

 

Ahora controla mejor la respiración. Ya es la segunda vez. Pero quiere seguir pateando y golpeando a ese maldito ser. Otro ser vivo que le arrebató a alguien que quería, como el primero. Como el reptil escamado. Antes de marchar de ahí, observa a una rata acercarse al lugar donde antes había recuerdos y lecciones aprendidas. Ha venido a por su alimento. Esto también es el ciclo de la vida, sentencia en su cabeza. Sino, ese roedor moriría de hambre, al igual que sus hermanas. Por ahí vienen todas.

 

La primera fue la serpiente; la segunda, la rata.

 

Con el agua de la lluvia limpia sus guantes negros, toda la ropa, al tiempo que regresa a por sus pertenencias, todavía en el suelo de la calle. Observa la puerta que antes brillaba tras su segunda víctima cuando sus ojos se cruzaron. Es un local de ocio. Podrá refrescarse la garganta, entrar al baño y relajarse un poco. Necesita saber cuál será su próximo paso.

 

Odia esos sitios llenos de risas desproporcionadas, tintineos de hielo contra el cristal, golpes exagerados contra las mesas, la barra e incluso el suelo. La gente se transforma en estos sitios; deja de ser ella misma. ¿O quizás sea al contrario? ¿Son realidad ellos mismos dentro de ese ambiente porque en el transcurso de sus vidas normales no son más que marionetas de una sociedad atestada de falsa humildad y codicia? Les mira a todos. Les odia. Mentirosos, piensa. Falsos.

 

 

Tras pedir un refresco –repudia el alcohol, porque atrofia su mente, además de evocarle recuerdos sobre su padre, ese borracho que ahora no era más que polvo en guaridas de gusanos-, limpiarse en el cuarto de baño y orinar, se sienta en una mesa del fondo de aquel escenario digno de las mayores bacanales de la antigüedad. Qué sorpresa. Reconoce los rostros. Son ellos. Los que impidieron en primera instancia cumplir su primer impulso de matar a ese paria que ahora estaba siendo devorado por las enfermas ratas. Ellos tenían la culpa de haber sufrido todos estos años. Reprimieron su deseo; su sed de venganza. Él le arrebató a su primer amor y ellos impidieron una merecida venganza.

 

Respira hondo. Abre su mochila, extrae la barra de acero que guardó aquel día en que salió de su casa de la gran ciudad, pero que nunca llegó a usar, porque sus manos bastaron para acometer su labor. Pero esta nueva requeriría un mayor sacrificio y esfuerzo, ya que eran muchos. Sería todo o nada. Debía acabar con todos ellos. Los que frustraron el nacimiento del asesino interior que siempre había permanecido en su alma atormentada. Abre el interior de su abrigo, agarra el machete.

 

Son quince personas en total. Todas morirán esa noche. No descarta ser la número dieciséis, aunque el diablo y la muerte están con él para impedirlo.

 

“Justicia, justicia, justicia”.

 

 

Rebana el cuello de una mujer que sujeta el paquete del hombre al que besa con pasión, y su sangre ciega por un momento a este, lo que aprovecha para con la otra mano hacer explotar su masculino rostro, descargando la barra de acero contra él. Ambos se desploman. Los otros todavía no se han dado cuenta de lo que se avecina. El factor sorpresa siempre ha sido un gran aliado en todas las batallas y, ahora, no podía ser distinto.

 

Dos hombres hablan a gritos, emitiendo exageradas risas al unísono, pero son acallados en seguida. Con la mano del machete atraviesa la cabeza de uno, mientras con la otra hace lo propio pero con el acero. Las puntas de ambos objetos colisionan, al encontrarse, tras haber cruzado las cabezas de dos nuevas víctimas. Ahora sí ha comenzado el baile de verdad, porque el resto de los presentes han reparado en el horror que sucede a su alrededor. La primera en intentar reaccionar es la camarera, pero encuentra su final tras un rápido movimiento del asesino, que ha sacado la barra de la sien en la cual acababa de trazar un desfiladero, para crear otro en la mujer, dejando su cabeza encallada en la barra del bar, donde antes servía copas de ambrosía.

 

Siente un golpe en la espalda, pero es una cosquilla, gracias a la adrenalina que colma de energía su cuerpo. Gira con rapidez, todavía con el cuchillo clavado en la cabeza de una de sus víctimas, se lanza con el cuerpo de esta sobre el individuo que acaba de agredirle, y con el filo saliente del cerebro muerto impide más latidos en el corazón del desgraciado. Libera el filo, y traza un nuevo surco en dos gargantas que intentaban gritar de rabia y sorpresa.

 

Ahora su cabeza sí siente dolor. Algo similar a una madera ha colisionado contra su cabeza, y cae al suelo. Comienza a sentir patadas en su cuerpo. Puede que sea el final, acierta a pensar. Pero cada impacto es una descarga de fuerza. Lo siente. No es su momento. Sus armas siguen en sus manos, y las clava en dos de las piernas que pretendían dejarle sin aliento. Gritos de dolor. Se incorpora, lanza la barra con todo su poder contra la cara de alguien que se acerca corriendo, fulminándolo al instante. Pisotea las cabezas de los dos hombres que antes descargaban sus patas de oso contra él. Una y otra vez, golpea, golpea, disfrutando de nuevo del delicioso sonido que provocan los huesos al quebrarse. Especialmente los del cráneo.

 

El demonio ha llegado. Ahora se siente poseído por completo. Rebana los cuellos que quedan todavía con vida, mientras con su mano libre golpea sin cesar a todo lo que se mueve e intenta acercarse a él. Sangre. De nuevo todo es sangre; cobrizo con granate esta vez. Hermosa mezcla de colores, expresa en voz alta, casi sin darse cuenta.

 

Catorce ya no sabrán lo que sucederá mañana. Solo queda una persona. Una mujer. No puede ser. Es ella.

 

'First Love' de Modern Arts Prints. 

 

“Girl you got to love your man, 

 

Take him by the hand, 

 

Make him understand. 

 

The world on you depends 

 

Our life will never end 

 

Got to love your man, yeah”.

 

 

Su primer amor, acongojada y asustada, se intenta resguardar en la esquina más cercana a la puerta del local. Siente su muerte cerca, llora, se ha orinado encima, e intenta rezar en sus adentros, rogando por su alma. Pero le reconoce. Es él. El chico a quien traicionó muchos años antes. Ella no era más que una niña, con las hormonas recién nacidas en su cuerpo, sin ser consciente del impacto que provocaría en el varón con quien había experimentado su primer beso. Para ambos lo había sido.

 

“Piensa, piensa. Quizás sea esta alguna nueva señal. Una nueva oportunidad de recuperar lo que una vez fue tuyo”.

 

El asesino comienza a dudar. Una sensación de amor y odio golpea su cabeza más duro aún que las patadas recibidas segundos antes en su cuerpo. Se agacha a escasos centímetros de ella. Todavía parece esa joven de la que se enamoró. No ha cambiado mucho. Ella levanta muy despacio su mano derecha, aproximándola al rostro sangriento del hombre. Le acaricia. Él cierra los ojos, evocando esos primeros besos, el roce de sus dedos contra esa piel pueril y tersa, llena de inocencia. Pero también de maldad y crueldad. Ahora lo recuerda todo. Las risas ante sus lágrimas. Las de ella y las de los que habían muerto unos instantes atrás. Las del ser sin cabeza devorado por los roedores de ojos inyectados en sangre.

 

No hay perdón posible. Solo cabe la venganza. Aprieta la mano de la mujer con su izquierda, destroza sus finos dedos, mientras clava las uñas en la palma de la mano. La fémina grita desconsolada y se retuerce. Por un momento piensa en violarla, pero no cree que merezca tener nada suyo dentro de ella. Rompe de una patada la pata de una mesa que yacía bocabajo, la levanta y sonríe maliciosamente mientras observa el pavor de la dama, con su rímel creando ríos negros bajo sus ojos, que ahora se mezclarán con el rojo de su sangre. Clava la cabeza de la mujer en el suelo, con un fuerte impulso de la extremidad de la mesa contra este. Los trozos de cerebro salpican su ropa, y la sangre colorea su rostro por completo su cara. Ya no queda nada de él en ese sitio. Su pasado acaba de morir.

 

Serpientes, ratas, alimañas, hienas... La lista de animales que eran sus víctimas, comenzaba a parecer un zoológico.

 

'Loneliness!' por Rudolf Brink

 

“Riders on the storm 

 

Into this house we're born 

 

Into this world we're thrown 

 

Like a dog without a bone 

 

An actor out alone 

 

Riders on the storm”.

 

 

De nuevo en el autobús, con ropa limpia, y las puntas de los dedos todavía algo manchadas del negro en el que se convierte la sangre al secarse, vuelve a platearse qué sentido tiene ahora su vida. No sabe qué venganzas le faltan por cumplir. Quizás el destino ansíe un clamor por las de otros sin agallas para ejecutarlas. “¿Y si estoy aquí para impartir justicia? La mía ya ha sido cumplida. Quizás sea el momento de dictar más sentencias”.